La fotografía, como testimonio, es una parte de la historia que todos llevamos dentro y sirve de archivo de la memoria. Más allá de que sea considerada arte, la fotografía conserva una poderosa magia que podría perderse en la memoria de nuestros ancestros, cuando pintaban en el interior de las paredes de las cuevas. Esta magia, como decimos, nos hace atesorar ese trozo de papel, o de píxel en las cámaras digitales, porque reaviva la memoria y el recuerdo, y con ello nos hace querer atrapar de nuevo el tiempo. ¿Quién no ha sentido algo al encontrarse con una foto antigua en la que en un pequeño rectángulo de dos dimensiones contemplamos la grandeza de la vida, la transformación de paisajes, ciudades, etc.. o la tristeza que nos embarga cuando somos testigos de seres queridos que un día desaparecieron de nuestras vidas y que ahora nos miran dándonos una segunda oportunidad de disfrutar de lo que ya pasó y que nunca más volverá a suceder?
En los primeros años de la posguerra española, nuestro país sobrevivía al miedo y al asilamiento del resto de Europa. Pueblos de miseria, niños sucios, mujeres enlutadas, y el recuerdo perenne de quienes habían sido los vencedores a lo largo de la guerra civil. Con la apertura de las fronteras el franquismo mostró la cara más amable a la prensa extranjera, a través de folklore y costumbrismo. Pero hubo grandes nombres de la fotografía como Ramón Masats, Català-Roca, Eugene Smith, Henri Cartier-Bresson o Robert Frank que no sólo mostraron una imagen diferente a la oficial que ofrecía el régimen, sino que con esta obra recuperaron el camino hacia la modernidad. Dentro de esa generación de extraordinarios creadores, había un joven Carlos Saura (Huesca, 1932), hoy reconocido cineasta, que empezaba a despuntar en el mundo de la fotografía en blanco y negro, como medio de expresión de su tiempo. Como bien afirma el cineasta: “A comienzos de los años 50 empecé a trabajar como profesional con una Rolleiflex. La primera exposición la hice en el año 1951, a los 19 años, en la Real Sociedad Fotográfica de Madrid. Pensé dedicarme definitivamente a la fotografía, abandonando mis estudios de ingeniería, cuando me nombraron fotógrafo oficial de los Festivales de Música y Danza de Granada y Santander. Aquellos años fueron de una gran intensidad fotográfica, y una de las razones de que esa actividad fue la adquisición de una de las primeras Leicas M3, que me permitió una mayor libertad. Fue entonces cuando en mis andanzas por Castilla y Andalucía, me vino la idea de hacer un libro sobre los pueblos y las personas de la España de aquellos años 50. El proyecto se quedó en eso y la culpa la tuvo el cine”.
A renglón de todo esto, tras ser vista en gran parte de la geografía española, llega al Paraninfo de la Universidad de Zaragoza la exposición Carlos Saura. España 50 años. La muestra reúne 92 fotografías de juventud de regiones como Castilla, Madrid o Andalucía, en época de posguerra. Saura reúne una serie de imágenes significativas que tienen que ver más con el documentalismo neorrealista o el reportaje humanista, que con la creación puramente artística; en dónde se nos presenta un país de una gran riqueza cultural y artística que se encontraba escondida a ojos vista de los propios españoles, en contraposición a un pueblo abatido, privado de libertades, casi medieval, que había sufrido los estragos de la guerra, del que el fotógrafo no se hace eco del espíritu combativo de la época, tampoco parece interesarle demasiado; pero con una mirada limpia y serena, en los rostros de los personajes que se acercan a la mirada del fotógrafo. Revisión de una obra singular y de una gran calidad fotográfica, elevada a la categoría de arte.