Carlos Pardos. Buñuel Code

La sintonía de los artistas con el lugar en el que habitan suele traducirse en una relación de complicidad de la que ambos salen beneficiados. El lugar se convierte en una fuente de inspiración para el artista quien, a la larga, contribuye a estetizarlo y enriquecer su genius loci. Durante muchos años, la Laguna de Gallocanta -en el límite de las provincias de Teruel y Zaragoza- constituyó el epicentro del trabajo plástico de Carlos Pardos (Gallocanta, 1962). La importancia de esta reserva ornitológica fue creciendo en paralelo a la atención que Pardos dedicaba en sus obras a la dureza de este paisaje endorreico, a sus atardeceres y a sus principales moradores: las grullas, hasta el punto de que el pintor pasó a formar parte de su ecosistema.

Tal vez el carácter nómada de estas grandes aves ha empujado a Carlos Pardos a tomar la decisión de abandonar Gallocanta buscando nuevos horizontes. Una ruptura presente en las obras de esta nueva etapa en la que ha elegido al genio de Buñuel como compañero de viaje. Lejos de la concepción romántica de la naturaleza, latente en las obras de Caspar Fiedrich, Carlos Pardos indaga sin ambages en las turbulencias de la naturaleza humana: ante la introspección cósmica del Monje frente al mar del artista alemán, el aragonés antepone el éxtasis y el tormento de los monjes de Zurbarán y El Greco o el erotismo de Viridiana. Frente a la diáfana luminosidad de los acantilados del Mar Báltico, Pardos se sumerge en el componente trágico de la España profunda, presente en el documental buñueliano de Las Urdes o en el aciago crimen de Puerto Hurraco.

En su exposición en el Espacio Luvitien de Teruel, Carlos Pardos hace alarde de la maestría técnica que le confieren sus años de formación en la Barcelona de los 80, como pintor en la Facultad de Bellas Artes y diseñador en la Escuela Massana. En esta muestra, el artista de Gallocanta despliega todos sus recursos compositivos en una serie de óleos sobre tabla de pequeño formato por los que desfila el complejo universo de El león de Calanda. Los tambores, los insectos, el boxeo, la oscura imaginería del Toledo de su juventud transmutada en ácida iconoclasia, los inquietantes personajes marginales de la tradición popular: pícaros, truhanes, ciegos, lazarillos… un repertorio del que Pardos se sirve para hacer un viaje a su interior, quién sabe si con cierto ánimo catártico.

Pardos enriquece este rico catálogo iconográfico con su particular imaginario visual, deudor explícito, en algunos casos, de sus propios referentes literarios, como Edgar Alan Poe, o pictóricos, como Brueghel y Cranach el Viejo. Un torbellino de imágenes que relega a un segundo plano a la naturaleza, antigua protagonista de su producción pictórica, reducida en esta nueva etapa a figurante ocasional en su nuevo discurso plástico. Un cambio de registro, alejado del lirismo, que tal vez a algunos de los seguidores de Carlos Pardos les parezca duro, pero nadie dijo que los cambios fueran fáciles. Y menos en el arte.