Buenas prácticas edu-comunicativas en las casas museo españolas.

No es fácil hacer de una casa un museo: muchos pensarán que basta con abrirla a los visitantes conservándola fielmente como testimonio histórico; pero esa descripción corresponde a una categoría más amplia, que más bien se identifica con mansiones y monumentos históricos, como los palacios regios o nobiliarios y en general lo que en francés se conoce como demeures historiques, que en el ICOM se encuadran dentro del comité internacional DEMHIST. En cambio, son los museos del Comité Internacional para Museos Literarios y de Compositores (ICLCM, por sus siglas en inglés) los habituales ejemplos de la tipología museística definida por una escala doméstica muy personal, a la que Soledad Pérez Mateo dedicó su tesis doctoral, en la Universidad que ahora le publica este libro. ¿Qué es una casa museo? La respuesta no es fácil, pero nadie mejor para abordarla que quien, como funcionaria del cuerpo de conservadores de museos, ha trabajado en varias y, por su entusiasta interés en el tema, ha estudiado y visitado todas las de España, como demuestra a lo largo de este volumen, que se cierra con un listado completísimo. El quid de la cuestión está no solo en el contenedor arquitectónico sino en algo tan inefable como su alma, es decir, la dimensión humana y social. Hay casos singularmente icónicos que se han convertido en reclamos identitarios colectivos, mientras otras casas museo se vinculan a una persona o familia menos famosa, pero también a su respectivo contexto y vecindario.  En unas u otras el foco de la labor museística no son los interiores históricos, sino las estrategias de vinculación con el público: de ahí el subtítulo del libro, pues todos sus capítulos se estructuran en torno a diversos procesos de comunicación. Podría haber sido un rosario de lamentos, pues, evidentemente, ni es fácil la accesibilidad pública a pasillos, vestidores, fumoirs u otros pequeños ámbitos hogareños, ni conviene llenarlos de cartelas o paneles de sala porque se desvanecería la ilusión de inmersión histórica en un ámbito doméstico; pero la autora nos revela abundantes soluciones, que son buenas prácticas concretas dignas de emulación general. La mediación oral, con visitas guiadas o con audioguías, los códigos QR, las tecnologías digitales y las redes sociales o Internet son ya habituales instrumentos edu-comunicativos por doquier (aunque todavía son pocas las casas museo incluidas en CERES). Los procesos participativos también empiezan a estar a la orden del día, apelando a una natural “autoridad compartida” porque todos sabemos, o creemos saber, sobre la intimidad hogareña (p. 131), si bien conviene combinarlos con estrategias de educación patrimonial para desengañar a la gente de falsas ideas, pues “la percepción de que todo es auténtico es un error” (p. 256) así que es importante revelar los remodelamientos o los procesos de recreación y sus fuentes, como hacen en la casa museo de Lope de Vega. Ese museo es además ejemplar en cómo proyecta también su labor curatorial al entorno, pues invita a conocer el madrileño Barrio de las Letras. Por su parte, el Madrid del Romanticismo se puede recorrer en una ruta turística por cinco museos que llega hasta la casa museo Sorolla. Del mismo modo, la Casa Alegre es el epicentro de la ruta modernista de Tarrasa y en Sitges lo es el Cau Ferrat, donde una asociación de mujeres locales coloca por turno flores frescas ante un cuadro de Santiago Rusiñol. Es uno de mis ejemplos favoritos, además de la casa museo del escultor Fenosa en El Vendrell, donde cada verano asisto a las soirées de limonada con los vecinos para contemplar los trabajos de los artistas en residencia. Pero quizá el artista que mejor ha logrado hacer realidad la unión de identidad personal y territorial ha sido César Manrique, pues sus museos y casas-museo en Lanzarote son su emblema cultural. Soledad Pérez Mateo habla de ellas con devoción contagiosa porque las conoce personalmente, como tantas otras por toda la geografía española.