Bill Brandt (Hamburgo, 1904 – Londres, 1983), es uno de los fotógrafos británicos más influyentes del siglo XX. Tras su formación inicial en Viena, viajó a París en 1930, donde entró en contacto con los surrealistas y trabajó como ayudante de Man Ray. Las obras de este periodo están marcadas por la influencia del psicoanálisis y el surrealismo. Con una gran carga de misterio, sus obras transitan por los límites difusos entre realidad y ficción, haciendo suya la máxima del poeta Isidore Ducasse (Conde de Lautréamont) al referirse a la belleza surrealista: “Bella como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”.
En 1934 se traslada a Londres y debido a la animadversión hacia la Alemania nazi, borra sus raíces alemanas y se convierte en un ciudadano británico. La década de los 30 es un periodo de lucha obrera por la dignificación de las condiciones sociales y Brandt las recoge en su primer libro: The English at Home. Fábricas, mineros y las duras condiciones de vida en los humildes barrios obreros de una Gran Bretaña de marcadas diferencias de clase quedan registradas en esta publicación.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Brandt inicia una serie fotográfica reflejando las calles vacías de Londres, completamente a oscuras como medida contra los bombardeos alemanes, y el hacinamiento de la población en las estaciones del metro, convertidas en refugio antiaéreo.
En 1943 aborda el género del retrato, con el que persigue, según sus propias palabras, “contar algo del pasado del sujeto y sugerir algo de su futuro”. Un ejemplo de ello es el retrato de Francis Bacon, tal vez su foto más reproducida, o la inquietante serie de “ojos de artistas” en la que encuadra solamente la mirada de sus retratados, como la de George Braque, Henry Moore, Picasso o Antoni Tàpies.
En esta misma década comienza su serie de paisajes, un género inevitable en la fotografía, con el que persigue completar su repertorio temático. Lejos de limitarse a reflejar objetivamente la realidad que la naturaleza le muestra, Brandt dota de una atmósfera especial a sus instantáneas, convirtiéndolas en desconcertantes y, hasta en ocasiones, inquietantes escenarios.
No deja de lado el desnudo, el género clásico de la pintura, al que Brandt le insufla un aire marcadamente surrealista como queda patente en la serie de desnudos en las playas pedregosas del Canal de la Mancha. Para ello, elige encuadres parciales de la modelo, que se confunden con las piedras sobra las que posa, jugando con el oxímoron poético del contraste blando-duro, vivo-inerte o cálido-frío.
Brandt, controló siempre todo el proceso fotográfico, desde la elección del lugar y del motivo hasta el revelado, como él mismo dejó escrito en la introducción a su libro Camera in London (1948): “Considero esencial que el fotógrafo haga sus propias copias y ampliaciones. El efecto final de la imagen depende en gran medida de esas operaciones, y solo el fotógrafo sabe lo que pretende”.
Una generosa selección de instantáneas de todos estos géneros puede visitarse en la Fundación Mapfre de Madrid hasta el 29 de agosto.


