Desde el siglo XVIII, desde Fragonard, no se han exhibido tonos más brillantes con más audacia espiritual. Philippe Burty sobre Berthe Morisot, 1880.
Tradicionalmente estudiamos la historia del Impresionismo como la de una ruptura. Este movimiento es caracterizado en los discursos todavía vigentes de la historia del arte como un abrupto corte con la tradición, como el fruto de una invención genial desarrollada por un grupo de artistas deseosos de alejarse de las directrices que marcaba el rígido sistema académico parisino. Afortunadamente, desde las últimas décadas se ha prestado una mayor atención a las figuras femeninas vinculadas al grupo —fue el caso de Eva Gonzales, Berthe Morisott o Mary Cassatt— y a otros movimientos afines constituidos por artistas que, aunque no mostrasen sus cuadros en las exposiciones impresionistas, sus exploraciones estéticas eran afines a las de los adalides del movimiento francés —con ello me refiero a los macchiaioli italianos, a los luministas escandinavos o, en el caso español, a pintores como Fortuny o, posteriormente, Sorolla—. Los discursos del Impresionismo deben ser estudiados con una amplitud de miras, como demuestran publicaciones ya canónicas como la célebre edición sobre este movimiento por Ingo F. Walter en 1996.Ahora, el Musée Marmottan Monet ofrece, bajo el comisariado de las historiadoras del arte Marianne Mathieu y Dominique d’Arnoult, una nueva lectura sobre la deuda que la pintura de Berthe Morisot mantiene con el arte del siglo XVIII. La exposición demuestra cómo, sin negar las innovaciones técnicas y estilísticas de la pintura de esta creadora, es posible establecer una lectura coherente que demuestra el parentesco de sus obras con el arte del siglo XVIII.
Podemos preguntarnos cómo se explica la pasión de una pintora tan innovadora, rodeada de los artistas más modernos del París de la segunda mitad del siglo XIX, manifestaba esta pasión tan marcada por el arte del Antiguo Régimen. La exposición no ofrece de manera explícita una respuesta a esta pregunta, pero sí nos dota de las herramientas suficientes como para poder extraer conclusiones. El arte de Berthe Morisot, como sucede con otros miembros del grupo impresionista, es el reflejo de una cultura burguesa cosmopolita construida a través de la imitación de ciertos usos del Antiguo Régimen. La pintora se unió en matrimonio con Eugène Manet, hermano de célebre pintor Édouard Manet, con quien Berthe mantenía una relación de intensa amistad y enriquecimiento artístico mutuo. Los Manet procedían de una adinerada familia de diplomáticos y juristas franceses. Morisot descendía de altos funcionarios y tesoreros de la administración y coleccionó piezas dieciochescas, algunas de ellas presentes en esta muestra. Es el caso de un delicado abanico de marfil, decorado al gouache sobre papel con una escena galante. Dicho complemento fue utilizado en su pintura Au bal (1875) que sirve de imagen principal de la exposición.
Además del coleccionismo de obras del siglo XVIII, Morisot hizo un estudio profundo del arte de los grandes maestros de aquel periodo, volviendo la mirada a Boucher, Fragonnard, Watteau y Perronneau. Para ello fue fundamental la mirada que los museos franceses de la segunda mitad del siglo XIX dirigieron hacia estos artistas. Con un cierto sentido nacionalista, el arte del siglo XVIII fue interpretado como sinónimo de buen gusto y refinamiento estético. Del siglo precedente interesaba fundamentalmente la cultura hedonista y libertina que reflejan obras emblemáticas de la literatura francesa como Les liaisons dangereuses de Choderlos de Laclos. Así, del mismo modo que literatos decimonónicos como los hermanos Goncourt o Verlaine volvieron la mirada a las fiestas galantes, Berthe Morisot estudió con detenimiento las técnicas artísticas y los asuntos de moda en el siglo XVIII. Así, la exposición nos descubre la maestría de la artista en sus pasteles, en los que utiliza un carácter inacabado muy acorde a la estética del siglo XVIII. Morisot copió en varias ocasiones las obras mitológicas de Boucher y La leçon de musique de Fragonnard (1769), un óleo sobre lienzo de asunto eminentemente galante, presente en la exposición. Curiosamente, los críticos de arte de su tiempo señalaron una filiación entre Fragonnard y Morisot que iba más allá de lo artístico: en diferentes ocasiones repitieron que la artista descendía del pintor de Grasse, cuestión que ha podido ser desmentida gracias a los estudios genealógicos realizados por el equipo científico de la exposición.
La muestra arroja luz además sobre otras figuras artísticas relacionadas con Morisot, véase su hija Julie Manet o su amiga la duquesa de Castiglione-Colonna, pintora y escultura que representó a Morisot en un brillante retrato realizado al óleo, que ha sido prestado por un museo suizo a la exposición.
Finalmente, me parece importante destacar el trabajo de la escenógrafa que ha estado detrás del diseño expositivo de una muestra en la que la estética cobra tanto protagonismo. Se trata de Anne Gratadour, quien desde 2013 trabaja en las exposiciones del Musée Marmottan Monet y, al mismo tiempo, diseña muestras para centros como la Fondation Louis Vuitton o el Grimaldi Forum de Mónaco.