Si hay algo que el escultor zamorano Baltasar Lobo (1910-1993) buscó una y otra vez, fue la alegría, la felicidad, el instante de dicha que las circunstancias le arrebataron. La familia de Lobo, republicana y anarquista, estuvo involucrada muy en el fondo en el contexto de las represiones trágicas que supusieron el desarrollo de la guerra civil, habiendo de aceptar poco después la perdida y tomar el camino de exilio, donde encontraría la paz y la serenidad que desprende su trabajo. Sería en 1946 en una localidad marinera cerca de Marsella, La Ciotat, donde surgieron las tan características maternidades, eje de esta exposición antológica que podemos disfrutar por primera vez en Zaragoza. Allí pasó horas y horas contemplando a las madres jugando con sus hijos en la arena. El artista solía tomar bocetos a lápiz, apuntes a tinta china y aguadas desde una torre abandonada y cercana. 20 dibujos preparatorios son los que cuenta la muestra, cuyo protagonismo recae en la escultura, bien entendidos como los primeros estudios o bosquejos desde donde ideaba sus composiciones escultóricas, destacando las tituladas Momento de felicidad y Mujer joven peinándose donde se observa esa energía positiva que desprenden sus obras.
En lo que respecta a las esculturas, Lobo en sus piezas, recurre a la relación madre-hijo, gesto que obedece a un deseo de libertad. La relación madre, tierra, mujer, se interrelacionan cuando el escultor moldea las curvas de los cuerpos. Estos cuerpos tienen una relación muy íntima con las diosas prehispánicas relacionadas con la fecundidad y la supervivencia, que conocería el artista en su visita al Museo Arqueológico Nacional de Madrid. A ellas ha recurrido todo artista que desee adentrarse en un recorrido a lo largo de la historia del arte de lo divino y de lo humano, de las preguntas que el hombre se ha hecho siempre, ¿de donde venimos? ¿y hacia donde vamos? . En la estela de Lobo se adentraron pintores como Gustav Klimt, Renoir, Miró, Picasso o Matisse. Artistas que en los años 30 se interesaron seriamente por la escultura, aunque ellos la concebían directamente como disciplina de estudio, pero el trabajo cotidiano pudo dar a Lobo la ocasión de acceder directamente a los ejercicios escultóricos de otros escultores importantes del movimiento moderno del siglo XX, entre los cuales podríamos incluir a los aragoneses Pablo Gargallo u Honorio García Condoy.
La inteligente mirada de Lobo, queda expuesta en la sencillez de sus piezas, que como espectadores sentimos la tentación de tocar, dándonos una lección en los tiempos en que nos encontramos, donde tener más no es sinónimo de ser más, donde el poder del dinero y de los mercados, han hecho de esta, una sociedad totalmente alineada, donde se oculta la sencillez y la felicidad de dar o recibir un abrazo. Es por esto, que el escultor a través de su obra, nos enseña a mirar hacia adentro, a buscar las raíces del arte como camino de elevación
Baltasar Lobo (1910-1993)
Paraninfo Universidad de Zaragoza
18/05-17/07/11