Por múltiples razones más que justificadas y fáciles de demostrar, siempre hemos admirado a los arquitectos, algo que saben muy bien, por ejemplo, Daniel Olano, José Manuel Pérez Latorre, Carlos Miret, Antonio Tello, Ricardo Marco, Joaquín Sicilia o Fernando Bayo, también pintor. Si encima pintan muy bien el lector puede imaginar nuestro derretimiento. Y aquí entra el arquitecto y pintor Aurelio Vallespín Muniesa, sobre el que publicamos una crítica cuando expuso, en 2013, en la galería Cristina Marín de Zaragoza, la cual se basaba en múltiples celdillas y sobrios colores con extraordinaria creatividad. Súmese sus textos más que positivos y razonados. Pero antes de nuestro comentario cabe señalar algún dato que oriente al lector. Si en 2003 participa en una colectiva, en 2007, con 35 años, expone por primera vez, para seguir sin interrupciones hasta la presente exposición inaugurada en el Torreón Fortea, 2 de octubre al 16 de noviembre, con prólogos que se complementan de Antón Castro y el propio arquitecto y pintor.
Cuadros de gran formato fechados en 2013 y 2014, que representan un radical cambio respecto a lo hecho con antelación, por colorido, forma y aspecto general, lo cual significa una ruptura siempre muy compleja de realizar, ni digamos con coherencia y categoría. Como un parto de resultados imprevistos pero que cuadran en un momento específico, por supuesto tras un proceso cargado de dudas hasta encontrar un nuevo estilo, sobre el que volcará un impecable campo técnico atravesado por la idea dominante emergiendo sin fisuras.
Colores negros, grises, azul prusia y rojizos, por citar ejemplos, contrastan entre sí y se complementan para ofrecer un ámbito dinámico mediante planos irregulares y formas indefinidas cargadas de azar, lo cual posibilita una marejada visual capaz de arrastrarnos entre sugerencias de paisajes, no siempre, muy abstractos. Todo es como una invasión dinámica que nos habla de la vida desde su máximo signo expresionista. Tanto derroche vital se atempera por bandas paralelas a la base que se ajustan con precisión, sin exageraciones, para avalar un hermoso matrimonio entra ambas partes. Siempre la vida.