Asalto en Épila Las Mascarutas: ser o no ser

Bajo el argumento de Las Mascarutas, una forma muy particular de celebrar el carnaval en el municipio de Épila (Zaragoza), la organización de Asalto aterriza por segundo año consecutivo en esta localidad aragonesa. El Festival Asalto (evento de arte urbano de carácter internacional) nació en el año 2005 y desde entonces, ha crecido exponencialmente adentrándose además en otras áreas fuera de la capital maña.

Aunque este evento es reconocido principalmente por sus murales (en los que han participado artistas y colectivos como: Boa Mistura, Mina Hamada, Rosh333, Above, Chikita, Berni Puig, Okuda o Seher, entre otros muchos), desde sus inicios ha prestado atención también a otras disciplinas artísticas entre las que se mueven los artistas invitados a través de: exposiciones, talleres o intervenciones.

En el caso epilense, este año la propuesta ha estado protagonizada por: Franco Fasoli (Buenos Aires, 1981), Dani Hache (Las Palmas de Gran Canaria, 1984), Emma Gomara (Zaragoza, 1976) e Isabel Flores (Badajoz, 1989) en exteriores, diferentes muros del municipio. Y, en el interior, de nuevo ésta última, además de: Nacho Bueno (Zaragoza, 1971), Daniel Vera (Barbastro, 1995), Charo Costa (Zaragoza, 1964) y Nuria Román (Madrid, 1966). Si el leitmotiv de este año era reflejar sus tradiciones y en concreto el carnaval, Fasoli (Matadero Municipal) y Hache (Calle Entremuros, 17) han resuelto este asunto plasmando una visión propia de esta fiesta popular pero, incluyendo los relatos de Épila y, sobre todo, sus características ‘Mascarutas’ (personajes que cubren su rostro con un “taleguillo”, un trozo de tela con pequeñas aberturas que durante el día de carnaval permite ocultar el rostro de sus portadores, quienes tratan de adoptar otra personalidad). Por otro lado, Gomara (Calle del Barrio Nuevo) durante estos días ha capturado a los viandantes que luego ha modificado; disponiéndolos siempre de espaldas para omitir la identidad de los personajes al espectador, de igual manera que ocurre el día de carnaval cuando éstos cubren su rostro y modifican su atuendo. Al mismo tiempo, el muro elegido otorga un carácter singular, ya que se funde con los retratados y aporta esa sensación onírica tan común en los trabajos de Gomara.

Flores, por su parte, pintó el muro de una vivienda en la calle Cortes de Aragón, 11 y, a su vez, dispuso una instalación en el interior del Palacio del Conde de Aranda (Salón Principal). Ambos trabajos están ligados a una tesis doctoral que la extremeña está desarrollando en la Universidad de Pontevedra en torno al ornamento: su uso a lo largo de la historia, su desprestigio, su recuperación y puesta en valor. Por ello, pone el foco en el ornamento del Salón Principal y otras estancias del palacio y lo enfatiza en su obra; una pintura mural (en la casa particular) y una instalación (en el palacio) ofrecen una reflexión en torno a este tipo de trabajos considerados a lo largo del tiempo como “artes decorativas” o “de segundo grado”, cuando, como apunta Flores, han sido un medio que se ha expandido por multitud de superficies y, por lo tanto, tiene un carácter desjerarquizante. 

Las propuestas interiores se despliegan por las diferentes estancias del Palacio del Conde de Aranda (Calle Bajo Palacio, 7), un edificio de carácter civil encargado por los Ximénez de Urrea a finales del siglo XV, momento en que se les concedió el título de condes de Aranda (casa nobiliaria). Los diferentes propietarios que lo habitaron hicieron reformas y modificaciones a lo largo de los siglos y, finalmente en 1998, coincidiendo con el doscientos aniversario de la muerte del último Conde de Aranda, la Duquesa de Alba, heredera del palacio, lo cedió al Ayuntamiento de Épila. Podría decirse que, eventos como este y de otro tipo, como son las visitas guiadas que ofrece la oficina de turismo local, permiten dar continuidad a este Bien de Interés Cultural con su apertura, acondicionamiento y vida, con el acceso de sus actuales propietarios, el pueblo.Así pues, una serie de fotografías y una videoproyección de los últimos carnavales del municipio realizados por Bueno nos dan la bienvenida. Y es que entrar en un espacio de este tipo ha llevado consigo una puesta en escena muy similar al evento de los disfraces, ¿quienes accedieron al palacio en el pasado? ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué máscara o actitud tomaron? Su atuendo, su maquillaje o sus títulos les hicieron mostrar una identidad que en ocasiones no acompañaba a la realidad. Ese juego, engaño o trampantojo es el punto de partida de otro de los artistas invitados Vera. El montisonense ha llevado a cabo una instalación en la que el anamorfismo, esa deformación óptica ocupa la sala. A través de diferentes tejidos crea un paisaje ficticio que se modula con la geometría y los volúmenes de la estancia. A su vez, un ente circular capta nuestra atención, un símbolo con carácter cuasi divino que se difumina en el pasado, la parte más alejada, mientras que los colores tierra del pueblo hoy son los que preceden y deciden. Tras esta obra, en el Salón Principal, como hemos indicado, se encuentra la instalación de Flores: una serie de telas impresas a modo de tapices que hacen descender el ornamento del alfarje y, donde sus formas han sido ligeramente modificadas para infiltrar la frase “No es delito”. Esta sentencia se opone al ensayo Ornamento y Delito de 1908 del austriaco Adolf Loos, en el que se enjuiciaba a estos elementos decorativos como “una carga para la sociedad”. Finalmente, estas líneas caligráficas fusionadas con otros motivos se balancean al son de nuestra presencia, de la misma manera que tiempo atrás lo harían sus invitados en los bailes celebrados en este espacio y nos guían hacia la última estancia, el Despacho. Costa y Román se han unido esta vez para realizar una instalación en este lugar íntimo y de recepción del Conde. Una lámpara de cañizos y flores, material obtenido del campo (y en el caso de las flores, de los comerciantes del pueblo) cae desde el techo emulando las valiosas lámparas de araña de cristal de roca que tenían sus estancias. Una pieza que recuerda también al amor truncado (ramo de novia volteado) que se percibe desde la ventana, ya que se ve un teatro a medio construir que el propietario encargó para su amada, pero como su historia de amor no terminó como se esperaba. Junto a esta pieza una tela (red de protección de cultivo) cuelga de una de las paredes a modo de tapiz e intervenida con el color de la remolacha, un recuerdo a la industria azucarera del municipio y al trabajo de las mujeres. Lujos, mobiliario y decoración que no hubieran sido posible sin el esfuerzo del exterior, el pueblo, por ello Costa y Román otorgan el protagonismo a estos materiales que a su vez escapan por sus balcones para volver a su origen. La necesidad de jorear el palacio, desenmascarar y alertar sobre el tremendo expolio que sufrió antes de su donación.

No podemos olvidar a Ruth Villagrasa (Zaragoza, 1988) quien durante estos días trabajó en las estancias del palacio junto a aquellos que se implicaron en el taller de la A a la Z. Este consistió en hacer hincapié en aquellas letras que representaban al pueblo como A de Azucarera o C de Carnaval, para luego realizar un collage en el cual se reflejaban las vivencias de cada asunto. Estas colaboraciones dieron lugar a unas piezas que titularon “Álbum familiar de un pueblo” y se expusieron en los exteriores del municipio.

Ser o no ser, las primeras palabras del soliloquio de Hamlet de William Shakespeare resumirían la cuestión de este año, fidelizando a un público ávido del próximo Asalto.