Merece la pena continuar la experiencia del Festival Asalto a través de un breve recorrido por el legado de esta su duodécima edición. Es también un modo de conocer el entramado urbano y su historia, mientras nos acercamos a tendencias e influencias que marcan la actualidad del arte urbano. Doce ediciones de festival internacional que lo convierten en referencia europea y en una de las señas de la identidad artística y cultural de la ciudad de Zaragoza

Asalto 2017 parte de los patios y muros del antiguo reformatorio El Buen Pastor, en el barrio de Valdefierro, imponente muestra de la arquitectura aragonesa de los años sesenta y de su artífice, Regino Borobio junto a su hermano José, pero edificio sometido a un evidente deterioro. Desde los inicios del festival, en 2005, se pretende recuperar mediante el arte urbano espacios sacrificados por la ciudad. El cierre del centro pareció una oportunidad para asociaciones vecinales de conquistar un espacio para el encuentro. Celebrar en sus patios muchas de las actividades paralelas del festival es al mismo tiempo una muestra de su potencial.

Abandono, reivindicación ciudadana y posibilidad creativa lo convierten en perfecto epicentro donde desarrollar el programa más participativo. El festival no se centra únicamente en lo evidente, en lo más sugestivo, y en lo que más huella deja en los seguidores del Asalto, muros y medianeras: obras de gran formato. Durante diez días (del 8 al 17 de septiembre) han sido muchas las actividades que han implicado a vecinos del barrio, resto de la ciudad, visitantes y fieles del festival, con artistas y profesionales de la cultura urbana: charlas, debates, talleres, actuaciones en directo, feria de arte y visitas guiadas para conocer lo que se está convirtiendo, pese la aspirada condición efímera del arte urbano, en nuevo patrimonio artístico.

El muro posterior del reformatorio, de cara al barrio, nos recibía implacable hasta la intervención de Antonyo Marest, artista de anhelo mediterráneo. Influido por la arquitectura, una de sus grandes pasiones y consagrado a la geometría, las líneas, los patrones y al trabajo metódico. Ha creado un extenso mural inspirado en el Art Deco y en colectivos más recientes como el Memphis Group americano o los bolidistas italianos, todos devotos del arte decorativo más sugerente. El paso del huracán Andrew por Miami hace 25 años se llevó de sus playas una de sus imágenes icónicas, las torres salvavidas. Como símbolo de recuperación se proyectaron unas nuevas, que más allá de su función se han convertido en emblemas del litoral asumiendo la identidad y cultura de la zona: colores, formas, optimismo futurista del Art Deco y fauna característica del sur de Florida. Todo esto combinado en la mente de Antonyo Marest y trasladado a quinientos metros cuadrados de color para que el muro hoy invite a acercarse. Durante una semana y no sin ayuda ha esbozado y desarrollado una atractivo collage de colores planos y figuras geométricas combinadas con dos elegantes flamencos que presiden/vigilan la puerta. Para él, el flamenco es un animal que está siempre alerta, no en vano duerme de pie sobre una pata. Ese estado despierto se identifica perfectamente con el arte urbano actual, siempre dispuesto a absorber tendencias.

A partir de ahí, las intervenciones nos incitan a recorrer el barrio y conocer mejor su historia y su gente, presente en la mayoría de las intervenciones. Nos encontraremos durante el recorrido con Cere, que desde el graffiti, el diseño grafico y la publicidad ha decidido utilizar el espacio urbano para mostrar su personal propuesta. Diseños inspirados en los llamativos letreros publicitarios estadounidenses que combinan la tipografía con la estética de la publicidad de los grandes letreros de neón en fachadas y azoteas. Sus anuncios, breves frases, nos hablan de la actitud de la calle y de cómo el arte urbano comenzó como vía de escape a la frustración de quienes no encontraron mejor manera de hacerse ver en un entorno que los devoraba. Actitud real para Cere, hoy es considerado arte, pero durante mucho tiempo era vandalismo. Octavi Serra opta por una propuesta más particular, perfeccionamiento personal de su formación en Bellas Artes. Crea figuras en afligida posición gracias a moldes de si mismo que nos llevan a reflexionar sobre las condiciones más míseras del ser humano. Crítico activista, obtuvo gran repercusión gracias a una serie de manos amenazantes, pesimistas, desesperadas… que alertaban a los barceloneses allá por 2012 de los problemas sociales derivados de la crisis. Ahora son figuras completas, descolgado inerte por un balcón, trepando por una columna, sosteniendo la cabeza sobre si cuerpo o esperando inmóvil con unas flores marchitas a su espalda frente a un muro de hormigón. Su fragilidad y quizá la incomprensión han hecho que sufrieran más que ninguna otra intervención la condición efímera. Pero aún podemos ver dos de ellas en el nuevo jardín de Valdefierro, junto a los muros del Buen Pastor. Octavi forma parte de un colectivo, Cúmul, que a su vez ha participado renovando los muros de hormigón del parque de Valdefierro. Como si de un gran museo al aire libre se tratase, sus enormes y fríos bloques dan una visibilidad que las salas no consiguen y sirven de lienzo para revitalizar el escenario. El cúmulo, la repetición, es parte de su filosofía, pero basada en una contradicción, más es menos. Vacían de contenido un objeto, muchos objetos, para jugar con formas geométricas y diferentes perspectivas que dan libertad interpretativa a quien las observa, y que no han defraudado a nadie por su sencilla y sugerente plasticidad.


Jofre Oliveras

Mantra

Jofre Oliveras también se ha inspirado en los muros del barrio y en los nombres de algunas de sus calles, astronómica revelación de quien dotara de nombre a las calles en sus inicios durante los años sesenta y setenta. Diversas constelaciones, por su importancia o significado han servido de modelo para sus bandadas de palomas, excesivamente realistas para alguno de los vecinos. Encontrarlas por el barrio es también encontrar a su autor pues ha pretendido representar esta especie urbana tan denostada en las constelaciones que mejor puedan captar su esencia: la importancia de determinadas estrellas para la navegación, la orientación, o su significación en la mitología antigua. Los jardines de la Estrella Polar, por cierto la más luminosa de la Osa Menor, una de las calles en las que ha intervenido Jofre, también han servido de galería, de Galería Urbana en concreto. Gracias a este proyecto determinados espacios urbanos se encuentran disponibles para que quien lo desee pueda ver su obra expuesta sobre muro. El procedimiento es sencillo, consiste en inscribirse en su página web y superar ciertos filtros. Para dar más visibilidad al propósito, este año se ha integrado en el festival, y han sido cuatro artistas, en femenino, quienes han plasmado sus inquietudes en estos muros. Lorena Cosba y Susana Blasco, fotógrafas, y Rebeca Zarza y Coco Escribano, ilustradoras. Las primeras han creado particulares composiciones a partir de fotografías de “personalidades” reales del barrio y de imágenes antiguas mostrando un tipo de evolución-conexión entre la gente y su tiempo. Las segundas han reflejado su lenguaje propio de la ilustración con personajes oníricos, dulces, ambiguos… Otra artista que ha participado decorando jardines del barrio ha sido Marta Boza, diseñadora e ilustradora que junto a Acción Contra el Hambre ha participado en un taller fabricando piezas con maderas superpuestas y coloreadas que combinan la forma con el mensaje. Mensajes imaginativos, palabras inventadas que llaman la atención sobre el hambre en el mundo.Volviendo a la fauna urbana en peligro de extinción llegamos a los muros de Mantra, conspicuo artista francés muy vinculado con Latinoamérica. La jungla y su fauna le han servido de inspiración para unas espectaculares mariposas que parecen querer salir de un marco que ya no las retiene. Siempre que vuelve a la ciudad echa en falta lo que le ata a la naturaleza. Son seres, imágenes, que para él representan la belleza, como ha hecho también otras veces representando rostros femeninos. Intenta relacionarse con el entorno, conocer el espacio, no en vano estas mariposas son especies autóctonas zaragozanas y aragonesas, algunas de ellas en peligro de extinción, así que, sirven también de llamada de atención. Su actitud y dedicación al trabajo ha conseguido captar a los vecinos y por eso podemos contemplar su obra por partida doble. En dos fachadas orientadas al este, en la calle Urano con Osa Menor y en la calle Tulipán llegando a la Vía Láctea. Orientación clave, pues la luz solar parece jugar con las sombras dibujadas dando vida a las mariposas. Es una obra que se puede ver por lo tanto a diferentes horas del día.

Sobre fauna y emociones nos habla también Dingoperromudo. Muy ligado al entorno natural en el que vive ha creado un alter ego que representa en sus murales, un dingo. En esta ocasión aparece aplacando nuestra conciencia, representada en un lobo ciego, no ve el motivo pero siente una rabia interior que sólo ese dingo, ese otro “nosotros” puede contener. Es esa conciencia callada que todos guardamos y que por algún motivo no exteriorizamos. El entorno nos contemporiza, nos controla, y hace que nos contengamos. Ha realizado también un taller sobre diseño de personajes, y la estética de la animación se ve se en su obra, colorida y muy gráfica. Figuras como esta acaban convirtiéndose involuntariamente en referencias para la gente. El solar es visible desde gran parte de la calle Tulipán, y como ha ocurrido en otras ediciones el espacio acaba conociéndose no por el nombre de la calle, la parada del autobús o el bar de la esquina, sino por el lobo.

 


Octavi Serra
Zest

De otro taller surge el mural colectivo/participativo de Cuco. A lo largo de un papel continuo se fueron añadiendo figuras y formas en varios colores de las que posteriormente el artista extraería un fragmento que plasmar sobre el muro gracias a la colaboración vecinal. La idea sería un perfecto resumen de la evolución del arte, de lo más figurativo, en el que distinguimos perfectamente la figura que se pretende representar, hasta lo más abstracto, cuando la parte elegida es únicamente una forma aleatoria, un color que crea una realidad distinta al natural. Junto a este muro entre las calles Mercurio y Boyero, aprovechó la oportunidad para desarrollar una propuesta más personal, cuya pervivencia dependerá de su aceptación.

Entre la abstracción y el juego se encuentra Ampparito, que ha pretendido rebajar los muros del parque de Valdefierro con azulados tonos que los confundan con el horizonte. Elimina así la distinción entre el fondo y la forma mientras humaniza el espacio y amplia el paisaje. Pretende no solo confundir y jugar, sino también llama la atención sobre como lo aparentemente más sencillo a menudo pasa desapercibido, como lo puede ser el propio fondo azul de nuestra ciudad.

El concepto de abstracción más reconocible, el que identificó a Mondrian o Kandinski lo refleja fiel y espectacularmente Zest, francés de una ciudad, Montpellier, donde parece renacer la pasión urbana por el arte más abstracto. De nuevo en una calle de inspiración celeste, Proción, una construcción de hormigón salva un desnivel al que nadie prestaba mayor atención que la necesaria para alcanzar la cota deseada. La explosión de color, la potencia de las formas y la sintonía en la composición ahora invitan absolutamente a la admiración. Son muchas las perspectivas y los puntos desde los que disfrutar de su contemplación mientras uno se acerca para, por qué no, introducirse en una obra de arte. Y de paso, subir para encontramos con la obra de Helen Bur, británica pero que ha sabido plasmar perfectamente la esencia del barrio en su trabajo. En una de las medianeras que limitan el barrio hacia el este, pero mirando al sur en la calle Azalea, nos representa la historia del lugar y su preocupación por esos millones de personas que todavía hoy no pueden acceder ni al agua potable. Representa una mujer mayor que sujeta un caldero, esos con los que llevaban el agua a las casas del barrio desde las acequias en esos años en los que muchos inmigrantes de Extremadura y Andalucía llegaron cerca de Zaragoza con la perspectiva de un trabajo. Era una zona limitada por el canal imperial de Aragón, la nacional II y las vías del tren, de difícil orografía y carente de servicios. Construyeron sus casas con prisa para que la legalidad de entonces no las mandara demoler, trabajaban en la siderurgia y poco a poco serían ellos mismos los que dotaran al barrio de infraestructuras, incluida esa agua corriente. Del caldero cuelgan otros brazos, sin más cuerpo, que representan a esos desfavorecidos, de ahí el título del mural, Water/Life. Y junto a él jóvenes de rostro apocado como símbolo de los trabajadores anónimos. Superposición de imágenes y narrativa social, retratos que nos llevan a la reflexión más allá de la contemplación.

Asalto ha salido del barrio por segundo año consecutivo con un balance más que positivo para todos y esperando continuar con la experiencia.

Número 40

Septiembre 2017
Roberto Ferrero
Fecha de recepción: 30/9/17
Fecha de aceptación: 30/9/17
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