Artistas exiliados en el paraninfo de la Universidad de Zaragoza.

Aunque sea un lugar común ironizar sobre la forma en que nuestra actualidad cultural está determinada por las efemérides conmemorativas, creo que es de justicia empezar por felicitarnos de la oportuna y generosa forma en que se ha planteado esta gran exposición por parte de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y la Universidad de Zaragoza, en conjunción con otras instituciones donde luego itinerará tan ambiciosa muestra, organizada con ocasión del setenta aniversario del éxodo republicano. Al fin y al cabo, la reivindicación de las aportaciones culturales de los españoles que en 1939 partieron al exilio ha estado siempre marcada por los hitos conmemorativos, muy destacadamente el cincuentenario, que fue ocasión de muchos congresos, publicaciones y exposiciones, entre las cuales cabe señalar la titulada Cincuenta años del exilio español, organizada por la Fundación Pablo Iglesias en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro; en cambio el sesenta aniversario, que también fue un hito celebrado con reuniones científicas a nivel nacional, propició exposiciones artísticas de rango más específico. Y es que, en nuestra España de las autonomías lo habitual es que tanto los estudios como las exposiciones sobre el exilio (como en tantos otros temas) se aborden de forma fragmentada: los catalanes, los vascos, los gallegos, etc.
A ello se añade, en este tema concreto, otra fragmentación geográfica, la de los países de acogida, que es la más habitual en la bibliografía existente: México como refugio de nuestros expatriados republicanos ha sido objeto de incontables monografías, París también ha suscitado no poca atención, mientras que los demás destinos han quedado algo más relegados en el escrutinio de los investigadores y del gran público. Por eso, es preciso reconocer la intrepidez y el acierto por parte de Jaime Brihuega, comisario de esta exposición, al plantearla con mirada eminentemente panorámica. Es cierto que el catálogo y el ciclo de conferencias sí han estado estructurados principalmente por los destinos de acogida, pues colaboran en él varios expertos que han disertado concretamente sobre determinados países. Pero el espacio expositivo simplemente se ha dividido, en dos grandes bloques continentales: América en el amplísimo espacio de la planta sótano, donde únicamente se ha diferenciado por un lado el caso mexicano respecto a todos los demás destinos, y Europa en las salas de la planta baja, sin especificar países, aunque fuese obvio que los artistas que marcharon a Inglaterra, la URSS u otros destinos estaban en las dos salas de la izquierda y en las de la derecha aparecían principalmente los de la Escuela de París … con algunas sorpresas, como un paisaje brasileño de Timoteo Pérez Rubio quien, efectivamente, encontró el destino definitivo de su emigración en el país amazónico. Lo raro es que no haya habido muchos más “fallos de raccord” de este tipo, pues el éxodo de muchísimos exiliados españoles, empujados por las circunstancias bélicas o políticas de los países de acogida, pero también por la típica falta de raíces de tantos expatriados, les fue llevando por muy variadas geografías, de manera que es siempre artificial encasillarlos en determinados lugares del mapamundi. ¿Donde situar, por ejemplo, al pintor Ramón Gaya?
Aún más difícil hubiera sido, como bien explica el propio Brihuega en su excelente texto, una cartografía estilística, pues también en sus adscripciones artísticas pasaron casi todos por grandes derivas y vaivenes: muchos se volvieron realistas durante la guerra, para hacer de su arte un vehículo de combate ideológico, luego coquetearon con el surrealismo, con la abstracción, el neoexpresionismo… A veces, como en el caso de Rodríguez Luna, llegó a haber conversiones repentinas; pero más comúnmente se trató de una lenta evolución personal que les permitió cultivar en paralelo varios estilos. Se nota que a Brihuega este tema le interesa y, tratándose de uno de los mayores especialistas en el arte de vanguardia de nuestra II República, no es de extrañar que haya tenido una especial curiosidad por mostrar en su exposición estas derivas estilísticas no sólo durante el exilio sino incluso en comparación con obras de antes de la guerra civil. El resultado es a veces demoledor, casi cruel en algunos casos de artistas cuyas obras juveniles eran muy modernas y que después de la guerra se tornaron bastante mediocres. A mi juicio ese es un argumento que sólo debiera haber quedado evocado en el catálogo, pero no en la exposición, donde las obras cronológicamente anteriores al exilio probablemente estaban de más, sobre todo teniendo en cuenta que se nos ha escamoteado en cambio más de una década y media de la historia del exilio antifranquista. Me asombra que las reseñas críticas que he leído no hayan reparado en este detalle, pues tal como reza el subtítulo de la exposición, sólo abarca el periodo que va de 1939 a 1960, y no resultan nada convincentes los argumentos con los que se ha intentado justificar esta fecha límite. Sobre todo porque en la bibliografía sobre el exilio está ya bien instituida la clasificación por generaciones: la de los que eran ya artistas maduros y apenas aprehendieron nada del contexto estético donde llegaron, la de los que maduraron en interrelación con la escena artística local, y finalmente la de los niños del exilio que fueron educados como españoles pero con una formación artística integrada en aquellos países.
No sería mala idea que, cuando en 2014 lleguemos al setenta y cinco aniversario del exilio del 39, se estructure en función de estas taxonomías generacionales otra gran exposición conmemorativa. Y digo bien “conmemorativa”, no sólo en el sentido literal de rendir tributo colectivo en memoria de nuestros exiliados, sino incluso también en la acepción de “festejo” y “celebración” que suele conllevar el término. El éxodo republicano se inició trágicamente, pero en muchos casos tuvo final feliz. Quizá va llegando la hora de sustituir el militante tono de himno elegíaco que machaconamente han entonado muchas importantes aportaciones sobre el exilio, incluida esta exposición, por un reconocimiento ponderado de los puntos positivos que también tuvo, como apogeo de un largo proceso de apertura de la cultura española al mundo. Ello sólo será posible en la medida en que seamos capaces de asimilar sus frutos, en lugar de segregarlos de nuestra historia cultural, como una herida nunca cicatrizada. Los estudios literarios ya nos llevan mucha delantera en este sentido, mientras que en el campo histórico-artístico aún queda mucho por hacer, y ojalá algunas piezas formidables de esta exposición (¡qué magníficamente presentados estaban los cuadros de Elvira Gascón!) hayan despertado nuevas vocaciones entre nuestros jóvenes investigadores. Mucho es lo que nos queda por trabajar en el caso particular de los artistas aragoneses (o activos en Aragón, como el paisajista Juan Ángel Gómez Alarcón), y es lástima que ésta haya sido una ocasión perdida para reivindicar algunos nombres nuestros muy meritorios todavía poco valorados en su justa medida, pues la representación aragonesa ha estado circunscrita a algunas archiconocidas esculturas de Honorio García Condoy, unas obras menores de Manuel Viola y algunos cuadros decepcionantes de Ramón Martín Durbán. Al menos no tengo que lamentar, como en mi reseña de la exposición “España 1900”, la ausencia total de artistas de aquí; aunque hubiera sido también una amable cortesía hacia esta tierra que entre la bibliografía citada en el catálogo se mencionaran las publicaciones aragonesas dedicadas a los artistas exiliados; entre otras, un libro publicado por el Instituto de Estudios Turolenses en 2008, que recoge las actas de un seminario internacional sobre los escultores de la Escuela de París y sus museos, celebrado el año anterior con motivo del centenario del escultor Eleuterio Blasco Ferrer.