Arquitecturas para mirar: la Línea P en la mirada de Iñaki Bergera “Línea P. Los bunkers del Pirineo. Iñaki Bergera”

Algunas arquitecturas se conciben para ser vistas. Otras, en cambio, nacen para permanecer ocultas. Los búnkeres de la llamada Línea P pertenecen a esta segunda categoría. Construidos tras la Guerra Civil española como parte de la Organización Defensiva de los Pirineos, fueron concebidos para desaparecer en el paisaje: enterrados, camuflados, mimetizados con la orografía. Sin embargo, décadas después de su abandono, estas pequeñas arquitecturas de hormigón emergen de nuevo en el territorio como restos silenciosos de una historia apenas recordada. La exposición Línea P. Los búnkeres del Pirineo, del arquitecto y fotógrafo Iñaki Bergera de solida trayectoria en la exploración de la representación arquitectónica, convierte esa aparición tardía en una experiencia visual y reflexiva.

El proyecto se sitúa en la intersección entre arquitectura y paisaje, incorporando además la mirada como instrumento de lectura del territorio. A través de una extensa serie fotográfica, el proyecto documenta un vasto sistema de fortificaciones proyectado por el régimen franquista tras la Guerra Civil para proteger la frontera pirenaica ante una hipotética invasión extranjera.

La paradoja de esta infraestructura es conocida: miles de asentamientos militares fueron proyectados y varios miles llegaron a construirse a lo largo de toda la cordillera pirenaica, pero nunca llegaron a entrar en funcionamiento. Aquella arquitectura levantada para una guerra posible quedó suspendida en el tiempo. Abandonada desde los años setenta, ha ido desapareciendo lentamente bajo la vegetación, el olvido y la erosión del clima.

Esa condición suspendida, entre presencia y desaparición, articula el trabajo de Bergera.

Su proyecto se centra en el Sector 23, correspondiente al valle de Tena, en la comarca del Alto Gállego. Allí localizó y fotografió 185 asentamientos defensivos. El resultado es un archivo visual de más de 400 imágenes construido con paciencia casi arqueológica: un inventario de pequeñas arquitecturas de hormigón que emergen discretamente entre praderas, bosques y pendientes rocosas.

Sin embargo, el proyecto no se limita a documentar objetos.

Las fotografías de Bergera revelan la compleja relación entre estas construcciones y el paisaje en el que se insertan. A primera vista, muchos de los búnkeres apenas son visibles. Su diseño respondía precisamente a esa lógica: camuflarse en el terreno, ocultarse en la topografía, mimetizarse con el entorno.

Hoy ese camuflaje se prolonga en otra forma de invisibilidad. Los búnkeres existen en el paisaje, pero rara vez son vistos. Permanecen en una zona de percepción compartida donde todos saben que algo está ahí, pero nadie termina de mirarlo realmente. La montaña los contiene, los disimula, los normaliza.

Bergera rompe esa opacidad.

Lejos de cualquier dramatización del motivo, su mirada se mantiene contenida, casi clínica. La luz es neutra, los colores desaturados, el encuadre preciso. No hay artificio ni espectacularidad. Tampoco hay presencia humana.

En esta metodología resuena inevitablemente la tradición tipológica inaugurada por Bernd y Hilla Becher en la Kunstakademie de Düsseldorf. Como en las célebres series dedicadas a torres de agua, silos o estructuras industriales, Bergera observa estos búnkeres como miembros de una familia arquitectónica: unidades repetidas, comparables, clasificables. La fotografía se convierte así en herramienta de archivo y de conocimiento, revelando patrones espaciales que el ojo cotidiano apenas percibe.

Cada imagen funciona como una ficha visual dentro de un sistema mayor. Los búnkeres aparecen identificados por su tipología y por sus coordenadas geográficas, como si se tratase de un atlas del territorio.

Pero al mismo tiempo, el trabajo posee una dimensión profundamente sensible.

El interés del proyecto no reside únicamente en la arquitectura exterior de estas piezas, sino también en los espacios que contienen. Algunas de las imágenes más poderosas de la exposición muestran el interior de los búnkeres: corredores estrechos, muros de hormigón marcados por el encofrado, escaleras mínimas que conducen a pequeñas cámaras.

Convertidos en ruinas modernas, los búnkeres evocan una historia que nunca llegó a desarrollarse plenamente. Son monumentos a una amenaza imaginada, restos de una estrategia defensiva que quedó obsoleta incluso antes de completarse. Tal vez por eso la exposición produce una sensación extraña: una mezcla de fascinación estética y reflexión histórica. Las fotografías muestran además paisajes de gran belleza, valles abiertos, montañas nevadas, praderas de alta montaña, atravesados por pequeñas arquitecturas de hormigón. Ese contraste revela la dimensión paradójica de muchas infraestructuras bélicas del siglo XX: arquitecturas construidas con enorme esfuerzo técnico para una guerra que nunca ocurrió.

Quizá el gesto más interesante del proyecto sea devolvernos a la experiencia de mirar desde esos lugares.

Las troneras ya no apuntan a un enemigo. Enmarcan el paisaje.

Sala de exposiciones de la Diputación de Huesca, del 6 de marzo al 10 de mayo de 2026

Número 74

Marzo 2026
Irene RUIZ BAZÁN
Politecnico di Torino. Dipartimento di Architettura e Design
Fecha de recepción: 26/03/2026
Fecha de aceptación: 27/03/2026
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