«En ese momento, yo les dije que regresaríamos en un máximo de cinco a siete años. Mis padres y mis tíos fallecieron y nunca los volví a ver. Me quedé no solo cinco años, sino toda la vida». Sayuri Hayashida Valdés (Querétaro) comparte el testimonio de su abuelo, Yoshio Hayashida, uno de los protagonistas reales de la historia que recoge la exposición Archivos del afecto: memorias familiares de la migración japonesa a México, la muestra comunitaria organizada por la Fundación Japón en México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, que pudo visitarse de marzo a agosto de 2026 en la sede del museo en la Ciudad de México.
A la par que la exposición se organizó un ciclo de cine sobre la diáspora japonesa, destacando los cortometrajes Obāchan (Nicolasa Ruiz Mendoza, 2020: 15’); Nisei (segunda generación) (José Miguel Lino, 2023: 23’) y Yonsei (cuarta generación) (Harumi López Higa: 10’); el filme Yūrei (Fantasmas) (Sumie García Hirata: 83’) o las conferencias en línea impartidas por Shinji Hirai y Soichi Sakay Garza.
Organizada en cinco núcleos temáticos — De Japón a las Américas; Revolución Mexicana y Segunda Guerra Mundial; Lazos y conmemoraciones; Objetos de la memoria y El arte: un puente entre México y Japón— la exposición reúne la actividad de treinta participantes de doce estados de la República Mexicana, que aportan textos, objetos, historias y, sobre todo, memoria, tanto individual como colectiva, poniendo de relieve los vínculos que se han tejido entre ambos países a lo largo del tiempo. Estos cinco ejes articulan los casi ciento treinta años de migración japonesa [1] a México, iniciada en 1897 en el Soconusco chiapaneco.
A través de diferentes compañías migratorias y contratos laborales, Japón reguló el desplazamiento de más de un millón de japoneses que se trasladaron al continente americano. La diáspora japonesa en México continúa hoy, aunque en menor medida, y demuestra esa persistencia en las relaciones y comunidades que generación tras generación han ido forjando identidades, recuerdos y vivencias compartidas. Entre las piezas exhibidas hay fotografías, pasaportes y cartas de servicio migratorio, entre ellas la facilitada por Lorena del Carmen Shimabuko Reséndiz sobre su abuelo Teiyei Shimabuku, que llegó a Oaxaca en 1907. Son materiales de archivo que, en este espacio, se transforman en objetos de memoria y reivindicación familiar: piezas que narran una historia que va más allá de lo oficial.
Tzvetan Todorov advierte en Los abusos de la memoria que «nada debe impedir la recuperación de la memoria […] cuando los acontecimientos vividos por el individuo o por el grupo son de naturaleza excepcional o trágica, tal derecho se convierte en un deber: el de acordarse, el de testimoniar» [2]. Precisamente, esta exposición propone al visitante abordar la historia de la migración de Japón a México a través de personas reales, con nombres y apellidos, poniendo rostro y humanizando un proceso cada vez más habitual, el de abandonar el hogar y las raíces propias. Con todo, y pese a que esa es precisamente la apuesta principal de la muestra, puede llegar a echarse en falta algo más de contexto sobre la historia oficial de la migración japonesa a México, que permitiera al visitante comparar y situar mejor las historias particulares que aquí se plantean frente al relato colectivo del que forman parte.
Bajo el título La comunidad japonesa en México en tiempos de guerra el visitante se enfrenta a la Medalla al Mérito Revolucionario (1913-1914) concedida a Luis Kichiro So Hirano (Sonora) como veterano de la Revolución Mexicana; al peine del sastre Soichi Sakai Inoue (Nuevo León), en el que su hijo grabó la fecha 1942, en memoria del tiempo que fue reubicado lejos de su familia; o una fotografía del momento en el que Soichi Sakai logró reunirse con su hermano tras 23 años distanciados.
Uno de los espacios más destacables de la sala es el vinculado con el arte, donde se presenta a la comunidad nikkei como sujeto creador. Sus obras construyen relatos de paisaje y memoria que nunca fueron solo geografía, porque la diáspora no se trata solo del traslado espacial. Ejemplo de ello es De México a Hiroshima de Ryuichi Yahagi. Mil grullas de origami realizadas con periódicos japoneses y mexicanos aluden directamente a la memoria histórica y transmiten un mensaje de paz y de futuro libre de violencia.
Se percibe una yuxtaposición de materiales, elementos y discursos compartidos por una misma comunidad, como muestra el óleo de Virginia Ortega Sosa, Virgen de Juquila, entremezclando ambas culturas; o los kimono, entre ellos el facilitado por Kensei Santiago Ono Ura, que data de 1950 y ha pasado de generación en generación, transmitiendo la historia de la familia. La sala cuenta, además, con una iluminación acertada que permite disfrutar de los detalles de los diferentes materiales —desde el textil al papel fotográfico—, aunque las cartelas, en ocasiones, ofrecen escasa información sobre estos objetos, centrándose más en el dato anecdótico que en el contextual. A esto se suma que, dada la cantidad de información y piezas, la sala puede llegar a quedar algo pequeña para el conjunto de la muestra.
一人で来たの [hitori de kita no] es la pregunta que plantea una de las mujeres fotografiadas en Un país en las memorias, obra de Miho Hagino, japonesa residente en México y Taro Zorrilla, arquitecto mexicano de origen japonés. Esta pieza fotográfica busca reflexionar sobre los orígenes y el sentimiento de identidad de las y los migrantes. La pregunta, traducida al español como ¿Has venido sola/solo? podría servir de cierre de la exposición, puesto que es una cuestión repetida hasta la saciedad en el contexto migratorio. Esa pregunta termina por tejer un sentimiento de comunidad entre las cientos de personas que alguna vez la han escuchado. Así lo atestiguan celebraciones como los matsuri (festivales) entre ellos el 125 aniversario de las migraciones japonesas en México en Chiapas, fotografiado por Dahil Melgar Tísoe en 2023 o la peregrinación anual de la comunidad japonesa a la Basílica de Guadalupe, iniciada en 1949.
Son piezas que narran vivencias colectivas, puentes entre las distintas trayectorias familiares que aquí se entrelazan: los diccionarios español-japonés y viceversa, desde el papel al electrónico llegando al iPhone; o esas palabras escritas a mano sobre un papel arrugado que transmiten la dificultad, el esfuerzo y la superación de los problemas comunicativos al marcharte a un país con una lengua diferente. Un archivo familiar colectivo, mostrado al público durante unos meses y que abarca desde cartas a máquinas de hacer soba, pasando por juguetes tradicionales japoneses, vestimenta y fotografías.
Esta muestra supone una apuesta interesante y necesaria, recordándonos lo complicado que resulta dejar atrás las raíces propias y establecerse en otro lugar y el modo en que esa experiencia se transmite y resignifica generación tras generación. Al salir de la sala volvemos a encontrarnos con el rostro de esas personas que ya no nos resultan extrañas. Ese es el verdadero logro de esta exposición, mostrar a quienes la visitan un pedacito más de la comunidad nikkei en México, de su historia y de sus memorias.
[1]. Los japoneses que migraron al extranjero y desarrollaron sus vidas fuera del archipiélago nipón son conocidos como nikkei. También hace referencia a los descendientes de estos migrantes.
[2]. Todorov, Tzvetan (2008), Los abusos de la memoria, Barcelona: Paidós.


