El Museo de Bellas Artes de Pau, la capital histórica del Béarn, ha sido hasta finales de agosto una de las cuatro sedes de la exposición Ici commence le chemin des montagnes, una sugestiva muestra temporal en la que se reúne un conjunto ingente de obras de arte desde la Edad Media hasta nuestros días, todas ellas con una temática en común: la presencia de la montaña, factor determinante en la identidad de Pau, una ciudad especialmente frecuentada por su cercanía al Pirineo y por su célebre vista de esta cadena montañosa en el conocido como Boulevard des Pyrénées.
Los Pirineos constituyen un marco paisajístico incomparable en Europa, al ser el punto de encuentro de tres países distintos y al conectar el Mediterráneo con el océano Atlántico. Por este motivo, han sido frecuentados desde la Antigüedad y, sobre todo desde el siglo XIX comenzaron a atraer la atención de los pioneros del montañismo y de la burguesía que visitaba las numerosas estaciones balnearias existentes en sus valles. Ambos fenómenos se dieron de forma coetánea en Francia y en España y por ello resultan necesarias relecturas sobre los mismos que permitan poner en relación estas realidades transfronterizas.
Esta exposición, que a priori podría parecer algo caótica en su discurso y en su museografía —recordando vagamente a los salones decimonónicos con sus cuadros apilados en altos muros— tiene como leitmotiv el paisaje, o, mejor dicho, los paisajes en plural, pues es esta riqueza de motivos y planteamientos lo que mejor resume la muestra. El punto de partida es canónico: la invención de la perspectiva por parte de los pintores del Quattrocento florentino, constatable en la Santa Familia de Andrea Solario aquí expuesta. A partir de esta invención, el paisaje emprendió un proceso de emancipación, cobrando un protagonismo cada vez mayor en la pintura hasta su conversió en género independiente. También la fotografía jugó un rol importante al respecto, surgiendo desde los inicios la fotografía de paisaje. El Pirineo fue objeto de numerosas pinturas de paisaje desde el siglo XIX hasta la actualidad y en la exposición podemos contemplar abundantes vistas, algunas de gran fuerza como la romántica visión de Justin Ouvrié de la estación termal de Eaux-Bonnes o cercanas al hiperrealismo del artista actual Didier Lapène, que en lugar de inmortalizar la célebre vista de la cordillera desde el Boulevard des Pyrénées, representa las fachadas de sus elegantes edificios, evocadores de un tiempo ya perdido en el que Pau era visitada por adinerados turistas ociosos.
Inseparable de cualquier visión del paisaje se encuentra la acción humana sobre el mismo. En la actualidad existen pocos lugares en el planeta no intervenidos por el hombre, y las cadenas montañosas suelen salvaguardar espacios poco frecuentados, todavía no dañados por la mano humana. Así, en otra de las secciones de la exposición se reflexiona sobre el papel de los artistas y escritores que reivindicaron la creación de Horizons palois, el primer sitio francés protegido por su interés paisajístico, o de Lucien Briet y su actividad en pos de la creación del Parque Nacional de Ordesa en 1918, tomando el modelo de los parques norteamericanos.
En otra de las secciones de la exposición se reflexiona sobre los fenómenos atmosféricos y sobre la impresión que la montaña genera en el artista. Uno de los mejores ejemplos expuestos es el Carnet des Pyrénées, obra de Eugène Delacroix durante una estancia en Eaux-Bonnes en 1845. En él, Delacroix no solo captura el paisaje sino también las tormentas, la luminosidad y sus propias emociones ante la inmensidad de las cumbres. En este sentido, sorprenden también las bellas representaciones de Rosa Bonheur del Circo de Gavarnie, con un sentido de la luminosidad y una pincelada basada en la mancha que adelanta en décadas los logros impresionistas.
Por último, un discurso también interesante es el de la intención por parte de artistas, escritores y científicos de conocer mejor el mundo a través de la montaña. En la exposición se afirma como Víctor Hugo consideraba la montaña como el gabinete de curiosidades de la naturaleza, como un auténtico laboratorio. Al respecto, se presenta el orógrafo, un invento de Franz Schrader creado para cartografiar las regiones montañosas. Y también se aprecia un poso científico en las obras de fotógrafos como Eugène Trutat o Maurice Gourdon, fotógrafos de grandes bloques de piedra de la región de Luchon. Por último y subrayando la idea de que las fronteras son una invención humana, la exposición incluye también algunas vistas fotográficas de Lucien Briet de pueblos aragoneses a finales del siglo XIX o algunos aspectos del Parque Nacional de Ordesa, generando visiones que serán reproducidas e imitadas hasta nuestros días por los visitantes.