Antropomorfo: colectiva de Juan Carlos Callejas, Cristina Herrera, Eduardo Lozano, José Moñú, Ana Maorad y Javier Riaño

 

Yo relacionaba los cuadros de Javier Riaño con los de Eduardo Lozano –a veces era difícil diferenciar sus expresionistas visiones urbanas– y sabía que ambos eran amigos con una formación común en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca. Ahora he descubierto, gracias a esta exposición, que con ellos empezó a pintar también José Moñú, nuestro máximo exponente actual del expresionismo abstracto germano-aragonés, pues está afincado en Berlín y Zaragoza. También he aprendido que otros lazos generacionales, de formación y de amistad los unen con Juan Carlos Callejas, Cristina Herrera, y Ana Maorad. Un grupo que, quizá a la manera de nuestras vanguardias artísticas del siglo pasado, ha decidido darse a conocer y exponer colectivamente, para tener mejor difusión; aunque haya pocas características estilísticas comunes entre ellos. De hecho, lo primero que destaca en esta exposición es la radical diferencia de personalidades artísticas; aunque es verdad que en la mayoría de las obras –no en todas– hay una evocación de figuras humanas, que se atienen al título común bajo el que acordaron presentarse aquí: Antropomorfo.

Lo mejor es la joven camaradería, la amistad por encima de rivalidades estéticas, que se percibe en la muestra, sin ocultar esos antagonismos: es más, los murales del panel central se encaran en cada caso no con las obras que cada artista tiene colgadas en las paredes de la sala, sino contra las de otros, casi siempre muy diferentes. Pero tanto los grandes “retratos” con los que empieza la exposición, como el broche final con los interesantísimos cuadros de interiores del taller de cada uno de estos amigos, nos evidencian que en tanta diversidad cabe la armonía.

Y de propina, la gran sorpresa, ha sido descubrir cosas nuevas, nada habituales, que se salen de los lenguajes con los que uno identificaba a determinados artistas de este grupo. Moñú no renuncia a sus grandes pinturas empastadas y chillonas; pero nos trae aquí cuatro videograbaciones en las que sus manos o cigarrillo juegan con efectos de espejos y simetría, a la manera de las primeras películas de los pioneros del cine. Y Javier Riaño nos sorprende con unas esculturas de caras deformadas, como caricaturas goyescas, que en algunos casos se aplastan como la cara del Lindow Man del Museo Británico, y otras veces se jibarizan como las cabecitas de momias peruanas. Incluso les ha puesto a algunas ojos, dientes y otros detalles espeluznantes, de los que las fotografías no dan buena idea. Hay que ir a verlas.