Para el aragonés Antonio Saura (Huesca, 1930-Cuenca, 1998), la pintura fue el centro de su vida. Pertenece a esa estirpe de creadores surgidos del sufrimiento y la soledad de una enfermedad. Lo descubrió pronto, cuando siendo adolescente pasó cinco años recluido en casa, por una tuberculosis ósea. Este largo periodo, acompañado por la radio y algunos libros, le permitió descubrir el sentido sanador de la creación. En su caso, le permitió explorar unas habilidades que nadie conocía, y que nadie esperaba, pues no había antecedentes familiares ni clases preparatorias. Aquella soledad, le llevó a la galería Libros de Zaragoza, donde en 1950 expuso por primera vez sus obras realizadas durante los dos años anteriores, que pertenecen a las series Constelaciones y Paisajes.
El artista, surgía en una España gris y asfixiante. Con el paso del tiempo, Antonio Saura va esculpiendo su propio concepto creador, buscando nuevas corrientes y propuestas, pero sin abandonar su espíritu combativo. El surrealismo, un universo onírico, inspira sus primeras experiencias pictóricas, misteriosas y mágicas, y sus primeros escritos.
Contemplar la obra de Antonio Saura es una experiencia que no deja indiferente a nadie. La fuerza y la intensidad de sus trazos atrapan al espectador al tiempo que despiertan en él una curiosidad apasionada por adentrarse en su universo creativo. Ese impacto emocional es el resultado de una personalidad artística y humana única y singular, que ha situado al artista como un referente principal del arte de la segunda mitad del siglo XX.
Gracias a la colaboración del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de cuyos fondos artísticos procede la mayoría de las obras, a excepción de un gran número de obras inéditas, la Fundación Bancaja, en su sede central en Valencia, pone por primera vez al alcance del público una de las retrospectivas más completas realizada hasta la fecha sobre el artista oscense. Comisariada por Fernando Castro Flórez y Lola Durán, esta exposición, titulada Antonio Saura. Esencial, repasa los cincuenta años de su producción artística a través de óleos, dibujos y obra gráfica. Un conjunto único de obras que profundizan en el compromiso del artista ante la realidad, así como sobre la identidad y la condición humana.
Entre la palabra y la visión
En la primera sección de la exposición, encontramos composiciones simples, esquemáticas, limpias, austeras, con pocos elementos, incluso ascéticas; por otro lado, se observa una expresión acumulativa y expansiva, un barroquismo que retoma en sus Multitudes (1959-1993) y otros géneros asociados.
Poco a poco, la obra de Saura se aleja de la representación del paisaje subconsciente y evoluciona hacia el automatismo. En 1953, Antonio Saura se marcha a París, escapando de un clima cultural y político irrespirable donde conocerá a Breton y será acogido en el grupo surrealista. Durante su breve pero intensa estancia en París (1954-1955), crea sus Fenómenos y Grattages, unas obras experimentales, de estilo gestual y realización rápida. En ese momento, y en otros muy posteriores, la obra de Saura se resiste a abandonar el barroquismo y la sencillez.
El artista participará en la fundación de «El Paso», tras su regreso de París, que se presentó públicamente en 1957 a través de una declaración de principios y un boletín, siendo sus fundadores Antonio Saura, Manolo Millares, Manuel Rivera, Pablo Serrano, Rafael Canogar, Luis Feito, Juana Francés y Antonio Suárez, con la colaboración de los críticos Manuel Conde y José Ayllón. Los planteamientos de «El Paso» y, en general, del informalismo español tuvieron una imponente legitimación gracias a la exposición del MoMA de 1960 titulada New Spanish Painting and Sculpture, comisariada por Frank O´Hara.
El imaginario colectivo en torno a Saura
El segundo conjunto de obras seleccionadas para esta exposición, nos conduce a otro tiempo, en el que Saura se desencanta del surrealismo, no se conforma con esa eterna mirada al pasado que practican sus integrantes. Busca innovar y, respetando las enseñanzas de la historia, prefiere explorar. El pintor, desarrolla una iconografía a partir de la figura humana, que organiza en géneros, en todos los casos supeditados al uso estructural de la imagen femenina: Dama, (1959, acrílico, cera sobre cartulina color hueso), Dama en su habitación (1960, técnica mixta sobre papel), o Las Tres Gracias (1997, óleo sobre lienzo, colección Fundación Bancaja).
Pero no toda figura humana que aparece en la obra de Saura es tan explícita, de esta manera, en sus Crucifixiones (1960-1986), reflexiona el artista sobre la soledad del hombre en un universo amenazador frente al cual, no tiene cabida la visión de un hombre clavado absurdamente en una cruz.
En los Retratos imaginarios, el artista, mantiene su deseo de personalización de las figuras, aunque con matices. No se trata de un retrato en el sentido estricto de la palabra, sino más bien del encuentro con una imagen ya deseada a través de unos signos que la hacen posible: Rembrandt (1973, serigrafía sobre papel Velin de Guarro), Dora Maar (1983, óleo sobre lienzo), Felipe II (1974, gouache, tinta sobre papel) y el Perro de Goya (1972, serigrafía sobre papel Guarro). Los rostros convulsos de Antonio Saura se convierten en Multitudes (1959-1993), son conjuntos de anti formas, sin una centralidad clara. Las Multitudes aparecen asociadas a otras variaciones que responden a esa misma intención repobladora del vacío: Acumulaciones (1961, técnica mixta sobre papel), Catedrales (1975, serigrafía sobre papel Bristol), Cocktail-party (1975-1982), Montajes (1974, técnica mixta sobre papel/madera), Mutaciones (1960-1991), Repeticiones (1960-1992), o Rompecabezas (1984, litografía, zincografía sobre papel Arches).
De principio a fin, esta exposición, nos permite adentrarnos en el profundo pensamiento de un artista como Saura que, a través de imágenes y escritos, reflexiona sobre el arte y su importancia social.


