Cuesta discernir lo que es de lo que parece ser en esta última exposición del Centro Botín, empezando por el propio sitio. Acostumbrados a una Sala 2 inundada de luz, la cenital y la de los muros cortina de los extremos, nos recibe una sala oscura y completamente opaca, escénica en su caracterización con proyectores y pantallas cinematográficas. Habituados a movernos libremente por su interior diáfano, se hace preciso, antes de dar un paso, reconocer un espacio que no se parece al conocido hasta ahora. El primer placer es ese: tomar conciencia de hasta qué punto la segunda planta puede comportarse como un genuino centro de arte contemporáneo, flexible y mutante a conveniencia; para compartimentaciones en modo museo, la Sala 1, justo debajo.
Una vez recolocados, ya sí, hay que moverse o dejarse mover. Esto, porque las imágenes se desplazan, apareciendo y desapareciendo por los extremos. Aquello, porque esas imágenes en doble movimiento fuerzan al espectador a abandonar los pocos (pero suficientes) bancos disponibles para ver dónde van y de dónde vienen, para ver qué hay detrás. Y lo que descubre son tres capas de pantallas, entre las que puede caminar, medirse ante su escala como nunca pudo hacer en el cine convencional, y dejarse arrastrar o nadar contracorriente. La central es un panel que mide 36 pasos aproximadamente, girando en un extremo para forzar la exploración, aunque se trate de un guiño declarado a las curvas del edificio; las laterales son textiles, traslúcidas, y miden unos 7 y 21 pasos respectivamente. Esta última es la que deja un pasillo que, al ser recorrido, incorpora la sombra del caminante a la pantalla. A partir de ahí, identificaremos sendos juegos de a tres.
Lo que se proyecta son tres pares de vídeos con la ejecución de tres piezas: If and Only If (Elegía para viola, de Igor Stravinsky), Ravel Ravel (Concierto de piano para la mano izquierda, de Maurice Ravel) y Take Over (La Marsellesa y La Internacional). En la primera, el tempo lo condiciona el recorrido de un caracol a lo largo del arco. En las otras dos, el piano es el medio, con dos manos izquierdas por momentos superpuestas en un caso, con la superposición de notas mecánicas y notas manuales en el otro. Al público le corresponde desenredar lo enredado (ravelled), mientras las parejas avanzan y se cruzan, cada cual a su ritmo. Solo en las pausas de transición entre una y otra pieza llegan a detenerse o casi: una mano inerte, un salón con solo el pianista.
En un momento determinado, nos daremos cuenta de que todo lo proyectado conforma una obra unitaria (AS YOU GO) y que forma parte, a su vez, de otro juego mayor, de a tres movimientos. Y es que restan otras dos obras, estas de base escultórica, una a cada extremo, tras los oportunos accesos acodados, cortinas y paneles de aislamiento acústico. En el extremo sur, mirando a la bahía, No Window No Cry, en cuya cartela ya consta que forma parte de la Colección de la Fundación Botín. Se trata de un múltiple a partir de una pieza específica creada inicialmente para una exposición en el Centre Georges Pompidou: reproduce una de sus ventanas pero soplando el vidrio para crear la concavidad que permite mirar al otro lado desde el interior del espejo del matrimonio Arnolfini, pongamos por caso, y donde se aloja una caja de música. Esta interpreta un tema de The Clash (Should I Stay or Should I Go), pero el título evoca con suficiente claridad otro de Bob Marley (No Woman No Cry); otra vez, capa sobre capa. Trasladada a Santander, resulta otro Piano sobre Piano, esta vez con mayúscula, por obra y gracia del arquitecto detrás de los dos edificios superpuestos. Y en el extremo norte, en fin, dando esta vez la espalda a la ciudad (como han hecho siempre los santanderinos frente al hechizo del paisaje acuático), All of a Tremble (Encounter I), probablemente, la pieza más intrincada: tardaremos en averiguar la prelación establecida entre forma y sonido, tal es el maquiavélico ejercicio sinestésico.
Benjamin Weil, el comisario, explica el catálogo como el “cuarto movimiento” de la exposición, compuesto por textos e imágenes (muchas, renderizaciones del montaje, con algo de making of) combinados sobre un pentagrama imaginario, a la espera del movimiento que le insufle el lector cuando pase las páginas o lo transporte. Es cierto, y reafirma la idea del extremado control de la maquinaria expositiva a nuestra disposición. Por eso mismo, en esta ocasión más que nunca, resulta contradictorio que no exista ningún ejemplar del volumen a disposición del público para su consulta. El único hay que buscarlo en la tienda, cuya gestión, sí, se halla externalizada.
Añadiría, incluso, que esa interpretación extendida de un proyecto que rebasa los contenidos visibles de puertas para adentro había arrancado ya con la invitación. Reproduce la imagen del cartel: mano izquierda sobre piano, pero con esa textura plástica rayada superpuesta que hace que su posición cambie en función de la dirección en que se mire, como en aquellas imágenes devocionales de antaño que hasta guiñaban un ojo. Consigue, claro está, trasladar al cartón las superposiciones y el movimiento vistos en pantalla. Si quedase alguna duda sobre la cualidad coleccionable de esta serie de documentos, que viene acompañando al Centro Botín desde su inicio, esta debería disiparla.
Por supuesto que caben interpretaciones más profundas y complejas, porque ningún detalle en la exposición está dejado al azar y el juego de conjunciones y disyunciones superpuestas parece no tener fin, pero creo que la lectura inmediata podría ser como va escrita. La descripción tan prolija de lo visible en una dinámica técnicamente muy complicada puede resultar pueril. No (me) importa. Seguiremos encontrando niños hipnotizados frente a la pantalla como si estuvieran tumbados sobre la alfombra del salón de casa en cualquier tarde de domingo (o sobre la moqueta de una famosa Sala de Turbinas). Pocos meses antes, ya fui testigo de cómo hasta el más remilgado intelectual podía aparcar cualquier convención adulta para dejarse envolver por el juego (solo aparentemente naif) de Martin Creed, y jugué como el que más. El artista británico había abierto la veda: pausa a las artes plásticas; paso a las artes músicas.
La exposición de Anri Sala es una ejecución particular de una obra de arte música que ha sido ejecutada antes, con otros matices, en otros escenarios, distintos y, por tanto, doblemente distinta. Mientras se encuentre instalada en el Centro Botín, las cajas de música sonarán igual y las pantallas proyectarán una sesión en bucle. Nunca entraremos a ese cine antes de que haya comenzado la función, antes de que hayan apagado las luces. La próxima vez que lo hagamos (fortuna del pase local), conscientes ya del juego, nos costará menos reubicarnos, pero lo jugaremos como la primera vez, ligando y desligando capas, siempre sobre la marcha, as you go, como quien compra un bocado en un puesto callejero, para el camino.
Todo es lo que es y, como por arte de magia, lo que podría ser. Empeñarse en desentrañar hasta dónde lo uno y hasta dónde lo otro puede resultar tan quimérico, al fin y al cabo, como construir castillos en el aire, chateaux en Espagne, ya que estamos. Ahora, que, una vez intentado, después de haber participado de todas las coreografías desplegadas en sala (milimétricamente cronometradas), a ver quién nos quita lo bailao.
Como regalo de Navidad y hasta de Semana Santa, la exposición no tiene precio. Puestos a buscarle peros, solo se me ocurre uno. La Fundación Botín está trayendo a Santander el tipo de manifestaciones y experiencias artísticas que antes solo encontrábamos fuera. Suenan tan refrescantes aquí, se hacen tan accesibles en su escala, más de cámara que de blockbuster, que temo pueda perder algo del afán viajero. Confío en mantenerlo, no solo para seguir descubriendo sino también, ahora, para ir comparando.