Anna-Eva Bergman. De norte a sur, ritmos

Dicen que el cielo de Madrid enamora y es cierto que sin darte cuenta, hay días que los colores más inalcanzables por el pincel se desvelan a los ojos y te hacen detenerte en seco durante tu camino frenético al trabajo. 

No sé si el pincel de Anna-Eva Bergman proyectó esos colores que ella contempló en sus queridos fiordos noruegos, en la provincia de Finnmark o en Carboneras. Porque a pesar de las fotos que tomaba para volver a recrear lo contemplado, conservadas en la Fondation Hartung-Bergman (Antibes, Alpes Marítimos, Francia) y que atestiguan claramente su inspiración, pienso que su mirada y su perspectiva cromática iban mucho más allá de lo que el ojo cotidiano puede ver. 

Y, usted se preguntará, ¿no se estará pasando la que escribe en elogio? Lo cierto es que fundamento mi opinión en dos elementos: el primero, en el uso de la técnica de vinilo y láminas de metal sobre tela al que recurre la artista; el segundo, en lo que siento cuando estoy sola ante sus obras en el Palacio de Velázquez. 

Anna-Eva Bergman en realidad era de origen sueco pero se crió en Noruega. En seguida desarrolló talento para el lápiz y, precisamente, viendo sus primeros dibujos, una entiende mejor el dominio de la tinta china y el papel que alcanza en sus obras de los años 70, como la serie Piedras de Castilla o la colección de elementos iconográficos que conforman su universo pictórico: montañas, astros, árboles o nunatak. 

Nunatak, una palabra del inuktitut que significa pico solitario, nunatak, un significante de por sí tan sonoro y que expresa al mismo tiempo una suerte de fortaleza que pudiera ser identificable con Anna-Eva Bergman, a quien el significado pico solitario también le es aplicable si se conoce la siguiente parte de su biografía. Anna-Eva fue criada mayoritariamente por su abuela y su madre; la Bergman quería ser artista y marchó a París a finales de los años 20 del siglo pasado, que era donde todo potencial artístico debía estar y donde todo parecía posible. Allí conoció a su primer marido (que no voy a nombrar, porque ya vale de mencionarle tanto, nos es irrelevante para esta historia) y juntos viajaron por primera vez a España en 1933, donde vivieron en las Islas Baleares durante un tiempo. Fascinada por la luz, fascinada por la tierra y la materia tan distintas a las de su origen, la Guerra Civil les obligó a dejar su hogar y mudarse de nuevo a Francia, marchando ella poco después a Noruega. Es en ese retorno, no quizás al origen, pero sí un retorno a sí misma, donde se da cuenta de que si quiere ser artista tiene que dejar a su marido, porque como le escribe en una carta, ella se tiene que dedicar a sí misma y no a fregar los platos de otro. 1937. Brutal. 

Es esa fuerza, es esa determinación la que a mí se me aparenta que marca el ritmo en la obra de la Bergman. Para ella la línea ya no determina la forma, ya no determina lo que sucede dentro del marco, sino el ritmo, algo inherente al cuadro que se desvela en el proceso creativo y en la observación final de la obra. Y, sin embargo, parece haber en esta afirmación una contradicción con su iconografía más obsesiva: el horizonte. ¿Lo horizontal tiene ritmo? Sí. 

Los colores gélidos y de pupila dilatada, junto con la línea del horizonte, se unen de forma prodigiosa al brillo de las hojas de metal que tan bien sabe usar la artista (sorpresa: conocía la técnica del dorado que se usa en Restauración); la abstracción de repente es una realidad que se expande por los muros blancos de la sala, estamos en Carboneras, estamos en Finnmark, estamos en un pico solitario contemplando la magnificencia de la Naturaleza.

Mientras los colores del amanecer del cielo de Madrid se disipan y los primeros rayos de sol entre los árboles del Retiro calientan las manos, una entra en el universo de la Bergman en el Palacio de Velázquez y piensa que, ahora mismo, no hay mejor lugar en el mundo donde serenarse y evadirse.

No miren las fotografías, no hacen justicia a la verdad: ¡vayan! Cuando las fronteras se abran, ¡vayan! Vayan y enamórense. 

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Palacio de Velázquez, Madrid

Número 53

diciembre 2020
Andrea PÉREZ ENVID
Conservadora de museos. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza.
Fecha de recepción: 1/12/20
Fecha de aceptación: 2/12/20
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