El proceso creativo de André Elbaz tiene mucho de artesanal. Toma con cuidado viejos papeles –quizás no “papeles” al fin y al cabo, pero permítame el lector la licencia inicial- y los corta con la mano. Poco a poco. Como un niño, juega con ellos y adquiere control total sobre los mismos. Pero, en vez de formar un collage, los introduce con cuidado en pequeños tarros de cristal. Algunos de forma triangular. La mayoría cilíndricos. En ocasiones, con un pequeño pomo transparente en la parte superior, que recuerda a los tarros de las boticas antiguas.
Dispuestos en largas hileras, parecen recrear todavía más ese efecto. Algunos contienen lápices o instrumentos de dibujo. Colocados en el centro de la sala del Museo ABC, aportan al espectador una sensación estética increíble. De colores cambiantes, más brillantes o mates por los variables reflejos de la luz a lo largo del día, recuerdan –ya puestos a comparar- a los clásicos botecitos que, rellenos con tierras extrañas, pueblan los puestos ambulantes de las playas mediterráneas. La arena se introduce en ellos trabajosamente. Tintada de distintas formas, se agrupa en dibujos de formas abstractas. Parecen servir como refugio a los recuerdos creados en torno al mar. Al sol y a los atardeceres. Cada uno de ellos encierra un recuerdo distinto, precioso y único. Una obra de arte. Porque el artista utiliza como materia la propia obra. Desgarra sus creaciones –compuestas con una base de fibras vegetales que deben crujir, desgarrarse en un quejido, al seccionarse- y las emplea como nuevo material para rellenar sus botecitos -el vídeo que narra el proceso creativo del artista, no puede resultar más ilustrativo y mejor dispuesto por el comisario-. Elbaz explica que esta idea habría surgido a raíz de los atentados del 11-M. La destrucción provocada le habría llevado a cercenar sus propias obras, convirtiéndolas en material para una nueva propuesta, pasando de la superficie bidimensional al 3D.
Mucho se podría decir sobre ello, en referencia a los discursos relativos al “fin del arte” o la creación, a modo de fénix, desde la destrucción. Todas las obras que rodean los tarros centrales redundan todavía más en esa idea: a partir de obras troqueladas, tiras alargadas, forma composiciones abstractas en las que cada fragmento parece desde lejos un estilizado toque de pincel. La idea no es nueva. Ni creo que haya que ir muy lejos, potenciando o reafirmando, un mensaje que el artista ya parece dejar claro. Lo que verdaderamente resulta interesante es la increíble fuerza estética que transmite. La experiencia es singular, poderosa y única. Delicada y sensible. Muy atractiva. A cada persona, estas obras abstractas podrán servir como evocación de algo distinto. Un recuerdo, un mal día sin concentración, un atardecer en el mar.
La exposición forma parte de una estrategia, perfectamente confeccionada, por parte del Instituto Francés para dar a conocer al artista en España. Se completa con una exposición sobre ciudades orientales en Casa Árabe y la muestra “El Quijote”, propuesta en el marco del Hay Festival de Segovia, que se acompañó de una charla con el artista sobre el poder terapéutico del arte. Ese es verdaderamente un objetivo bien conseguido por sus obras. Del mismo modo que los turistas compran los pequeños botes buscando, al adornar con ellos sus mesillas de noche, mejores formas de apreciar la realidad que los rodea, el espectador que se pasea por estas obras puede adentrarse en una intimidad única y sólo conocida por él mismo. Seguramente una de las mejores exposiciones que hemos podido presenciar en Madrid, a nivel, en especial, estético. Una delicia para los sentidos.