Sin duda, la exposición que alberga la Lonja de Zaragoza estos días nos plantea una sincera posibilidad de reflexión, no sólo sobre algunos de los temas que más han interesado a los artistas desde el inicio de los tiempos, sino sobre el propio arte como extensión de la comunicación humana y como tentáculo contemporáneo del ser humano.
Los temas que podemos encontrar en el conjunto heterogéneo de estas piezas son variados pero completamente intemporales. Aparece el amor, en diferentes vertientes, tales como el amor filial, en las 300 letters to the mother (1995) de Elena del Rivero, lleno de las contradicciones de un afecto madre-hija en el que está presente la dimensión femenina y social de una relación entre mujeres; el fin de un amor en Consolation Service (1999) de Eija-Liisa Ahtila, donde un matrimonio roto intenta reconstruir a través del diálogo una parte de su historia; por supuesto también está la guerra, imposible olvidar en un momento como el que vivimos, donde han comenzado muchos conflictos, con gran oposición social en diferentes partes del mundo y en el que ninguno de ellos ha concluido. La guerra en pocas palabras: una instalación con una fotografía y cuatro muñecos y un título, Skating Irak, de la serie Democracia (2005), son más que suficientes para EL PERRO para plantear la crueldad de la guerra en un juego visual de objetos (skate o patinete, tan característico del ocio joven y moderno) y unas pocas figuras que repiten una de las escenas más crueles e impactantes de la guerra de Irak.
Otro tema es el de la comunicación-incomunicación. Bill Viola en su vídeo-instalación Hall of Whispers (1995) presenta a un grupo de personas, individualizadas y aisladas, que aparecen amordazadas mientras hablan. La imposibilidad de entender su mensaje, de saber qué intentan explicarnos es la metáfora fiel y real de los problemas de comunicación que sufre nuestra sociedad, donde muchos hablamos pero muy pocos escuchan y donde algunos no pueden hablar, no se les permite expresarse y otros callan esas realidades.
Otro tema sobre el que podemos reflexionar en esta exposición es el paso del tiempo, la temporalidad y envejecimiento del cuerpo y la juventud marchita. Es Tacita Dean en Gellért (1998) quien nos presenta a través de una serie de fotografías y un vídeo la reflexión que inició Lucas Cranach con su Fuente de la juventud (1546) sobre la existencia de una fuente en la que poder bañarse, o de la que beber, y recobrar así el cuerpo joven y fuerte que una vez se tuvo. Durante siglos este tema legendario ha aparecido en pinturas, literatura, cine y fotografías. Algunas de esas propuestas fueron más allá planteándose incluso qué ocurriría si toda una ciudad consiguiera ser joven eternamente.
Como hemos dicho más arriba esta exposición no sólo es un buen lugar para reflexionar acerca de estos y otros temas universales, sino que también lo es para hacerlo sobre el arte contemporáneo en sí mismo, sus técnicas y medios, sus planteamientos plásticos, sus preocupaciones matéricas u objetuales. Y es que es un muy buen resumen de lo que ocurre en la actualidad del arte y del artista. En lo que se refiere a técnicas encontramos una fortísima presencia de la fotografía y el vídeo, con montajes e instalaciones que aúnan lo tridimensional, el movimiento y el sonido. Pero también encontramos lo objetual (bicicleta, Andreas Slominski, Sin título, 1994, o unas cartas), lo escultórico (Eva Lootz, para la mente, 1992) e incluso lo pictórico (Simeón Saiz, Matanza en Racak, 2002)
Sin duda, esta exposición nos enseña, de nuevo, que el arte contemporáneo no es una ruptura con la reflexión y la creación anterior, sino una continuidad más rápida hacia lo social, hacia el interior, un viaje más íntimo, más comprometido y, quizás, más honesto.