Una de las apuestas expositivas del IAACC para las Navidades y el primer trimestre de 2021 es esta muestra de fotografías de Alberto García-Alix que lleva por título Un horizonte falso. Ya fue presentada en la Maison Européene de la Photographie de París entre octubre de 2014 y enero de 2015 y en las salas de Tabacalera Madrid en 2016. El artista realizó actualizaciones a partir de la muestra original para Madrid y también las ha hecho para Zaragoza, exponiendo en esta ocasión 80 fotografías y un ejemplar de videoarte.
A través de esta exposición el IAACC demuestra su apuesta por la fotografía contemporánea española, en este caso de la mano de un autor de reconocido prestigio. García-Alix no solo fue uno de los referentes culturales de la Movida madrileña —por más que él se niegue a ser etiquetado como el fotógrafo de la Movida—, retratista de personalidades como Pedro Almodóvar o Rossy de Palma, sino que además las instituciones españolas han reconocido su aportación a la historia de la fotografía, galardonándole con el Premio Nacional de Fotografía en 1999 o con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2019. Ha expuesto en galerías, especialmente en Juana de Aizpuru —en donde ya presentó en 2012 una muestra titulada El horizonte falso—, y en algunas de las instituciones museísticas más punteras de España, como sucede con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, donde expuso De donde no se vuelve, entre 2008 y 2009, una exposición en la que ya utilizó el recurso de emplear su propia voz a través del videoarte, para acompañar el discurso fotográfico con el monólogo del artista.
El horizonte falso que García-Alix plantea en la exposición del Pablo Serrano equivale a su visión artística de la existencia, al menos a la manera en la que el fotógrafo percibe el mundo que le rodea. En un tiempo en el que cuesta aceptar la cruda realidad, las imágenes de Alberto García-Alix nos hacen sentirnos cómplices de su dureza, de lo abrupto y lo silencioso de su dolor. Porque, partiendo de ese mundo oscuro, el fotógrafo no aparece como mero testigo, sino como un agente activo en la reelaboración de ese entorno, forzando imágenes que parten de una realidad en principio inteligible y objetiva, hasta alcanzar un grado de irrealidad y ensoñación en la que cobra sentido ese horizonte falso. Se ve claramente en sus imágenes de San Carlos, “ciudad de luces y sombras”, cuyos edificios compuestos a partir de formas artificiales nos transportan al silencio nocturno de nuestras ciudades pandémicas, pero también remiten directamente a los decorados del cine expresionista alemán, con las visiones distópicas de Metrópolis (1927).
Además de esta ciudad onírica, pueden detectarse varias constantes temáticas en las fotografías que forman parte de la muestra. Aunque se trata de imágenes de reciente creación —muchas de ellas ejecutadas en la última década—, es posible entrever ciertos elementos procedentes del imaginario de los 80. Las motos han estado presentes en sus fotografías desde entonces, dando lugar a fotolibros como Moto. En Un horizonte falso, la moto se convierte en un objeto de experimentación, a través de sus superficies brillantes, sus reflejos deformados de la realidad y de la proyección de sus sombras. En los títulos de las fotografías se aprecian referentes míticos y legendarios: el caballo de Atila, Babieca, un Rocinante moderno, etc. El fotógrafo se siente unido a la moto, artista y objeto tienen una conexión especial, “compartimos secretos de centauro”, reza la voz en off de García-Alix que llega a todos los rincones de la exposición.
Otra de las constantes temáticas de la muestra es la muerte. Se hace explícita en alguna de las imágenes, como en la que la frase “Ya queda menos para tu muerte” se superpone al autorretrato del artista. Cansancio, miedo, dolor, son sensaciones capturadas por el objetivo del artista, quien utiliza ciertos referentes extraídos de la iconografía cristiana, como la Crucifixión. Así, vemos la parte inferior del cuerpo de un Crucifijo junto al que pasa una lagartija o un pájaro muerto cuyas alas son abiertas por una mano humana de uñas pintadas, recreando la postura de Cristo en la cruz.
También aparecen en varias ocasiones autorretratos del creador, como el que inaugura la muestra. En él adivinamos la silueta del cuerpo desnudo de García-Alix vista a través de una cortina o esterilla, elemento que tamiza la luz crepuscular. De nuevo es un ejemplo de ese horizonte falso, desde el que la realidad se confunde y se hace borrosa. El juego también está presente en otro autorretrato, en el que se representa a sí mismo bajo la forma lúgubre y triste de un maniquí anatómico con el cráneo seccionado por la mitad.
Como he señalado, el visitante escucha continuamente la voz en off de Alberto García-Alix gracias a la presencia de una pieza audiovisual al final de la sala, en la que pueden verse animadas y puestas en conversación muchas de las fotografías que forman parte de la muestra. En la oscuridad de esta última sala, tras el muro negro, el espectador se siente directamente apelado por ese horizonte falso, confundiendo la visión del artista con la suya propia. En palabras del fotógrafo:
“¿Ves? Ese eres tú… Pareces un perro tras su dueño. Como si me arrojase un palo, persigo espectros por las esquinas de mi conciencia. Ojos sobre un collage de intenciones. La mistificación de un delirio”.