After Party, exposición de Álvaro Díaz-Palacios en el Torreón Fortea

Esta exposición de Álvaro Díaz-Palacios titulada After Party exhibida en el Torreón Fortea, sala del Ayuntamiento de Zaragoza, me ha sorprendido gratamente. Primero porque la calidad de su factura en todas las técnicas y materiales que utiliza y, segundo por la idea que articula toda la exposición, que es el cuestionamiento del mundillo del arte actual. Plasma en su itinerario y declaración de intenciones  los perversos mecanismos del sistema artístico y de sus efectos secundarios en los propios creadores. La crítica del arte y de si mismo abre la puerta a ese arte alternativo. Acotando una de sus frases: “Mirarme es irritante porque soy un exagerado reflejo de todo lo que apesta de ti mismo”. Nos muestra un escepticismo existencialista sobre el arte y el ser humano. Plantea la posibilidad de poder excluir cualquier vínculo entre forma e imagen, para diferenciar significados, que las imágenes tengan su propia autonomía, para que los prejuicios no nos tapen lo que realmente estamos viendo.
En sus obras presenta un grito de piel plastificada, sobre todo en un tríptico de enormes dimensiones -realmente tres lienzos de una misma serie expuestos conjuntamente- llamados Serie Elephant. Este trío de obras destacan por su gran calidad, sus formas impactantes, siendo una simbiosis entre el expresionismo existencialista de Bacon -por esas caras deformadas por el plástico- y ese realismo carnoso de Lucian Freud. Estas obras se encuentran en la sala final del espacio que normalmente da un aire de santuario a todas las exposiciones porque parece una capilla -en este caso también se podría asemejar así este tríptico al de la crucifixión de Bacon-. He empezado la reseña de la exposición por el final porque realmente es donde el espectador puede quedarse extasiado y porque las primeras obras son fotografías, y el vislumbrar alguna de esas fotoimpresiones previas y después esa calidad de factura -siendo muy reales- impresiona doblemente.
 
La obra inicial es un óleo sin título de una nave vacía, justo al lado tiene tres niños escultóricos de fibra de vidrio, con claras reminiscencias a las que hicieron los Hermanos Chapman (fagocitos) que impresionaron en la Galeria Saachi, pero estas sin penes ni en posturas oscenas -están vestidos-. Siguiendo el itinerario podemos ver dos acrílicos sobre fotografía en aluminio -destaco estos elementos para que el lector perciba la gran variedad de técnicas que utiliza- que hacen un contraste interesante y que representan una pareja sin comunicación, en periodo de crisis acabando su relación (desamor). En la misma salita, coexisten un pequeño lienzo, Scary Lapand, posiblemente un autorretrato, una silla eléctrica pintada en monocromo azul sobre blanco -posiblemente recordando esa que Andy Warhol hizo famosa- y otro lienzo titulado The boys from the school, donde no se atisban esos chicos del colegio y sólo se ve un paisaje de una cancha de baloncesto.
 
La siguiente sala empieza con una instalación pictórica sobre fotoimpresión en lienzo, titulada Home Sweet home, una de las calles zaragozanas en un lienzo que se alarga y se dobla -nunca había visto nada igual- y que siendo una foto real, el autor irrumpe en el escenario dibujando, transformándolo y agregando figuras y frases sueltas, como: "Yo paso del arte después de esto que le den". Ese hastío, esa negación del arte, de si mismo, de no creer en el mundo del arte, pero que al ser artista -cómo decía Nick Nolte en Historias de New Yok- tiene que seguir expresándose, da igual si te dicen que eres bueno o no, eso no importa, quién tiene el valor de poder elegir y desdeñar el valor de la creatividad; porque me pregunto yo ¿Cuánto vale un kilo de creatividad?
 
Enfrente, End of Trasmission, un óleo sobre tabla e impresión digital con un led con forma de flecha, donde se ve uno de los retratos con cara desfigurada por el plástico de cocina para envolver alimentos que se ha puesto el modelo en toda la cabeza, y un fondo de carta de ajuste de la T.V. y con unos subtítulos: “Party is over” y “NOY-O” (no yo).
 
En el otro lateral hay una serie de dibujos enmarcados en plástico azul, con alguna reminiscencia cinematográfica –Los pájaros de Hithcock-, con un estilo del actual diseño gráfico. Al pasar hacia la última sala -la capilla laica- nos encontramos una pequeña pantalla, con un video monocanal titulado Cuánto de ti hay en mi, donde una chica se corta sus queridas rastas de forma lenta y cuidadosa. Justo al lado, otro documento gráfico, esta vez titulado Mythosis, que se estrenará en el 2009, muestra un ambicioso proyecto multidisciplinar de varios artistas, y que en este trailer una niña muy angelical pasa por una fiesta de gente muy cool and trendy -típicos snobs artistas- y al pasar ella todo se paraliza y después se va a otra dimensión -me recuerda a la película Quiero ser John Malcovich-.
 
Ya en la última sala, enfrente nos encontramos con el tríptico ya descrito que están subrayados por frases de led que van pasando en inglés con preguntas irónicas sobre el arte y el amor, a los lados tres cuadros, de buena factura e interés temático, pero que pierden fuerza al estar al lado de las obras maestras de Díaz-Palacios. Termina la exposición con otra video instalación  titulada Monster´s pool, donde se ven tres historias de forma de vida extremas, como vivir en Finlandia, en un barco o ser tripulante de un navio.
 
En definitiva, Álvaro Díaz-Palacios nos hace un compendio de todo el arte contemporáneo en una sola muestra, nos lleva a su mundo para arrastrarnos a su propósito. Y lo consigue.