Quienes conocimos en vida a Vicente Pascual Rodrigo y sabíamos con qué ilusión hablaba de esta exposición antológica subtitulada Opusculum, que finalmente no ha podido llegar a ver, no hemos podido evitar cierta melancolía al recorrer las salas del Palacio de Sástago. Su presencia era allí ubicua a través de sus obras, pero precisamente por ello se le echaba tanto de menos a él, siempre tan afable en el trato y dispuesto a explicar con entusiasmo contagioso unas obras que a primera vista pudieran parecer duras geometrías. Él quería que comisariase la exposición su hija Cira, que atesora una gran experiencia internacional en este campo, pero como muchas piezas venían de nuestro entorno ha sido una brillante idea pedir su colaboración a María Luisa Cancela, la directora del Museo Pablo Serrano de Zaragoza. Entre las dos han seleccionado y presentado un conjunto muy representativo de cuadros en las salas de la Diputación Provincial, así como también una valiosa compilación de textos en el catálogo, algunos escritos ahora ex profeso y otros traídos de otros catálogos y publicaciones anteriores.
El resultado ha sido de una gran unidad estética, pues hemos podido corroborar en todas las salas la permanencia a lo largo de los años del toque grumoso, superponiendo cuidadosamente distintas capas, y la perenne fidelidad del artista en estas etapas finales de su carrera al color marrón, en gamas apagadas de ocres, sepias, cenicientos, terrosos. Por otro lado, en esta exposición en general, pero en particular en el montaje en retícula con algunas obras de dimensiones similares que ocupaba toda una pared de la sala anterior al salón de música, ha quedado muy bien delineada la existencia de tres fases: a principios de los años noventa Vicente pintaba paisajes montañosos o panorámicas con arbolados dispersos, luego su contacto con el arte de los indígenas norteamericanos le inspiró geometrías abstractas de intrincada decoración, y finalmente a comienzos del nuevo siglo optó por las simples composiciones geométricas monocromas a base de platónicos círculos, rectángulos o triángulos. A él le gustaba definir esa última etapa como pintura “transfigurativa” con un juego de palabras alusivo a sus ansias de trascendencia, entre la filosofía metafísica, el hermetismo culteranista y el misticismo religioso. Muchos de los textos del catálogo apuntan también a las influencias de Oriente u otras culturas lejanas; pero aunque sus contactos y su carrera fueran tan internacionales, con largas estancias en la India, en Mallorca o en Estados Unidos y exponiendo regularmente fuera de Aragón, no podría entenderse la trayectoria de nuestro artista sin el contexto del que surgió en donde encontró sus más duraderos apoyos: su tierra, sus paisanos, su familia.
No es casual que esta exposición retrospectiva sea un homenaje organizado por la Diputación Provincial de Zaragoza, institución en la cual encontró tantas veces una buena acogida a sus proyectos expositivos, sobre todo porque en buena medida se podría considerar esta antológica como la continuación y complemento de aquella que a finales de 1987 se presentó en el mismo palacio de Sástago bajo el título: La Hermandad Pictórica: Ángel y Vicente Pascual Rodrigo, 1970-1986. Cuatro cuadrienios de evolución atípica.
Como en aquella ocasión ya se pasaba revista a la figuración Pop y luego neorromántica de esas primeras décadas de trabajo en común, ahora se ha obviado aquella parte de la carrera del protagonista, quizá para darle mayor unidad al resultado; aunque precisamente lo que más reciente teníamos en la memoria y en la retina eran los trabajos de los últimos años, mientras que aquellos ya más alejados en el tiempo son probablemente los más necesitados de renovadas presentaciones e interpretaciones ante el público actual. Con todo, la página 177 del catálogo recoge algunas fotos de aquellas obras de juventud y tanto la reseña biográfica como la bibliografía o el listado de exposiciones incluyen referencias a aquella primera época. Muy de agradecer, por lo inusual, es que el catálogo también incluya imágenes de obras artísticas de algunos pintores que influyeron en Vicente, o que él consideraba sus favoritos, pues de esta manera nos ofrecen una panorámica muy completa de su “cultura visual”. Pero, sobre todo, mi enhorabuena por ese exquisito florilegio de poemas del artista, seleccionados por su buen amigo el poeta Ángel Guinda, que son el broche de oro para un catálogo muy hermoso y una exitosa exposición que permanecerá largo tiempo en nuestra memoria.


