La A6 cuando disipa la niebla

¿Cabe la posibilidad de que en pleno siglo XXI, concretamente en 2023, un artista produzca una obra pictórica plenamente contemporánea sin renunciar de manera explicita a la tradición? La exposición de Alejandro Pastor, titulada La A6 cuando disipa la niebla expuesta en la galería Bea Villamarín en Gijón se sitúa exactamente en ese lugar incómodo, una pintura que no niega el presente, pero que tampoco se desprende de los recursos históricos que la tradición ofrece.

Es una muestra compuesta de unas quince piezas, en las cuales el artista emplea una técnica mixta sobre lienzo, con formatos variados que van desde dimensiones pequeñas (30 x 40 cm) hasta otras más amplias (97 x 195 cm). Dentro de su técnica mixta hablamos de óleo, sprays, lápices de colores y pasteles al óleo.

En una primera aproximación a la obra, es probable que al espectador le vengan a la mente referencias como El jardín de las delicias de El Bosco o determinados paisajes de la tradición flamenca, especialmente los de Joaquín Patinir. Sin embargo, si se intenta ir un paso más allá y profundizar en la imagen, comienzan a aparecer ciertas concomitancias con el universo surrealista.

Los paisajes oníricos y deliberadamente planos en los que Alejandro Pastor sitúa sus escenas remiten a imaginarios próximos a artistas como Leonora Carrington o Salvador Dalí, y también a otros más contemporáneos como David Hockney o Edward Hopper. En el caso de Hopper, esta relación se hace especialmente evidente en la manera de construir una atmósfera de soledad, una sensación que, de forma más o menos explícita, también atraviesa la obra de Pastor.

No obstante, la referencia a El jardín de las delicias va más allá de las similitudes compositivas o paisajísticas. Existe un nexo temático que resulta especialmente significativo. En el tríptico de El Bosco, las distintas escenas quedan articuladas en torno a la idea del pecado, profundamente ligada a una visión religiosa del mundo. En la obra de Alejandro Pastor aparece un componente sexual que, en otro contexto histórico, podría haber sido leído desde ese mismo prisma del pecado, pero que aquí se presenta como un elemento normalizado dentro de la experiencia contemporánea.

La representación reiterada de la homosexualidad no tiene una intención provocadora o de transgresión moral, sino que se entiende como el deseo de aceptar estas sexualidades como normativas, desplazando el peso simbólico del pecado hacia una reflexión más amplia sobre el deseo, la identidad y una sensibilidad, acorde con nuestra realidad social actual.

Los jardines y paisajes que aparecen en sus cuadros funcionan como telones de fondo, espacios escenográficos que enmarcan la acción. Sin embargo, estos entornos no son el verdadero protagonista de la obra, sino que sirven para reforzar la presencia y el protagonismo de las figuras.

Estas figuras humanas están claramente adaptadas al mundo contemporáneo. En ellas se normalizan aspectos que en otros momentos históricos resultaban problemáticos o incómodos, como la desnudez, la diversidad corporal o la sexualidad.

Además, cada una de las obras de Alejandro Pastor parece construirse a partir de una multiplicidad de escenas autónomas. Podríamos entender cada cuadro como un conjunto de pequeñas narraciones independientes que conviven en un mismo espacio pictórico. De hecho, estas escenas podrían aislarse, recortarse e incluso integrarse en otros cuadros del artista sin que se percibiera una ruptura visual o conceptual. Esto refuerza la idea de un universo coherente y reconocible, en el que las figuras y las situaciones se repiten, se desplazan y dialogan entre sí dentro de un mismo lenguaje plástico.

Si examinamos a los personajes que aparecen en las obras, observamos que algunos se repiten de manera recurrente: un mago, un fantasma, un esqueleto o incluso un macho cabrío. Estas figuras reaparecen a lo largo de las distintas piezas, lo que permite establecer una conexión entre ellas y entender que la narración no reside tanto en cada obra de forma aislada como en el sentido que adquieren en su conjunto.

En el caso del macho cabrío, resulta especialmente significativo su valor simbólico. Tradicionalmente asociado a lo instintivo, lo sexual y la lujuria, este elemento atraviesa muchas de las obras de Alejandro Pastor y remite, además, a una genealogía iconográfica concreta, como la presente en ciertas pinturas de Goya, donde el macho cabrío aparece como figura central en escenas de aquelarre. Sin embargo, mientras que en Goya estos rituales están vinculados a lo demoníaco y a una imaginería del miedo, en la obra de Pastor los rituales adquieren un carácter distinto. No se trata de ceremonias de conjuro o de expulsión del mal, sino de rituales asociados a la alegría, a la celebración y a la comunidad. La celebración como gesto último, casi necesario, para atravesar las vicisitudes, los temores y las inquietudes que atraviesa el ser humano.

Los vicios humanos salen a la luz: la fragilidad, los temores, la convivencia con los demás, así como con nuestro propio mundo interior, la soledad o la tentación. Frente a todo ello emerge con fuerza la nostalgia, entendida como la evocación de momentos alegres, familiares e íntimos, y el enorme deseo de volver a habitar en ese recuerdo y en ese paraíso perdido en el que alguna vez fuimos felices. El fin último de esta muestra es entender cómo la celebración y la reunión con el prójimo siempre podrán combatir el dolor.

Y respondiendo a la pregunta inicial, solamente recordar la cita de Eugenio D´Ors “Todo lo que no es tradición, es plagio”.

Exposición de Alexander Grahovsky en la galería Bea Villamarín de Gijón, del 29 de agosto al 18 de octubre de 2025

Número 73

Diciembre 2025
Lucía ESPINOSA PIQUERO
Alumna del Grado en Historia del Arte de la Universidad de Oviedo
Fecha de recepción: 17/12/2025
Fecha de aceptación: 19/12/2025
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