Eduardo Chillida (1924-2002) ha sido uno de los escultores de mayor reconocimiento en la historia del arte español del siglo XX. De origen vasco, su continua experimentación con la materia, el espacio y la forma dio como resultado en una manera única de entender la obra. Sus creaciones adquieren unos rasgos exclusivos, inherentes al autor y a su forma de expresarse. Las aproximaciones bibliográficas y expositivas a su trayectoria son numerosas, aportando la muestra actual de la Lonja una convivencia especial entre las distintas vías de actuación del artista. Un acercamiento que busca conocer mejor el particular ecosistema del creador vasco, un lenguaje donde adquieren un gran protagonismo la fuerza y la espiritualidad.
Con motivo del centenario del nacimiento del artista, Fundación Ibercaja presenta en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza, Chillida Leku y la Fundación Eduardo Chillida-Pilar Belzunce, “Eduardo Chillida. Soñar el espacio”. Su comisaria es Alicia Vallina y en ella se recogen 120 obras del escultor, desde esculturas de pequeño y gran formato hasta obra gráfica, dibujos y retratos. Una selección que transmite los principios más arraigados al espíritu creativo del escultor. La propia Vallina señala al respecto: Chillida amaba el País Vasco, era un hombre honrado, un librepensador, con gran sentido de la dignidad y profundos valores, un amante de la paz, siempre abierto al mundo con enorme sencillez y humanidad.
La exposición se organiza en distintos apartados, comenzando con el dedicado a los retratos. Se reflexiona acerca de la búsqueda de la verdad interior más allá de la mera apariencia, incluso aplicada al autor, quien también practicó el autorretrato. La mayor parte de las obras destinadas a esta temática fueron realizadas en carboncillo, tinta o lápiz. También tienen su espacio los collages, investigaciones donde de nuevo experimentó en torno el espacio y el uso de las luces y las sombras. Adquiere un especial protagonismo la reivindicación que se hace de sus dibujos, una parte esencial de su pensamiento plástico, con un lenguaje único, íntimo e intuitivo. Lo mismo sucede con la parte escultórica, incluyendo los bocetos de las obras, construcciones que dialogan con el entorno realizadas en diversos materiales, como el alabastro, la madera, el hierro forjado, el hormigón armado o el acero corten. Junto a los retratos, la parte más figurativa del recorrido llega al final de la muestra, donde se recogen las representaciones de manos, realizadas en su mayoría en lápiz o carboncillo. Se dedica una sección concreta a su serie Gravitaciones (1895). Piezas compuestas por recortes superpuestos suspendidos por hilos en los que emplea sobre todo los colores blanco y negro.
El planteamiento de la propuesta es correcto y permite al visitante gravitar entre las obras y los discursos de un artista único, con una filosofía que invita a la reflexión y al autoconocimiento. Un proyecto expositivo cómodo y cercano a todo tipo de público, lo que facilita la difusión de la obra del escultor vasco.


