Creo que una de las funciones más valiosas que puede tener una exposición —al margen de la más vinculada al deleite que pueda suscitar su visita—, es la génesis de discursos alternativos en la historia del arte, la presentación de potenciales lecturas capaces de abrir nuevas líneas de exploración, tanto a la comunidad académica como al público en general. Las exposiciones inspiradas por temas literarios no son un fenómeno nuevo; sin ir más lejos, en este año en el que hemos celebrado el centenario del nacimiento de Carmen Martín Gaite, hemos visto cómo su figura ha inspirado muestras en Madrid, Salamanca y León. Y, sobre la literatura española, ya cuentan con una larga tradición las exposiciones sobre clásicos como El Quijote o La Celestina. Sin embargo, poder disfrutar en Madrid de una exposición dedicada a Marcel Proust y sus nexos con las artes no es tan común. En Francia ya se habían consagrado algunas exposiciones al escritor, una de ellas en el Musée Carnavalet, bajo el título Le Paris de Marcel Proust y otra en el Musée d’Art et Histoire du Judaïsme, titulada Marcel Proust, du côté de la mère, en la que se abordaba la cuestión del judaísmo a través de Proust.
La exposición que presentó la pasada primavera el Museo Thyssen Bornemisza explora fundamentalmente dos aspectos: el ambiente parisino en el que Proust vivió y trabajó y el gusto artístico del propio escritor, quien mostró a través de su obra literaria sus preferencias estéticas. Esta exposición permite apreciar las obras artísticas que le inspiraron para adentrarnos en sus novelas a través de la experiencia estética.
Proust y las artes demuestra una lectura detenida de la obra del escritor, especialmente de su novela editada en siete partes, entre 1913 y 1927, En busca del tiempo perdido. En esta obra, las referencias al arte no son complementarias o circunstanciales, actúan como un catalizador de las descripciones, se convierten en un instrumento del que Proust se vale para caracterizar personajes y situaciones. Estas reflejan el conocimiento artístico de Proust, el de un intelectual francés de la alta burguesía con una refinada sensibilidad hacia la pintura, la arquitectura, la música y la literatura. Proust bebe del ambiente esteticista parisino de finales del siglo XIX, en el que el Impresionismo ya es una corriente pictórica plenamente aceptada que convive con la revalorización ecléctica de estilos del pasado, especialmente de la pintura italiana medieval y renacentista, de la pintura barroca de los Países Bajos y del arte francés del siglo XVIII. Precisamente este último fue reivindicado como una muestra del bon goût francés en los palacetes de los barrios más exclusivos de París, los que frecuentaba Proust.
La muestra pone en valor la primera novela de Proust, Los placeres y los días (1896), a la que se consagra la primera sala. Sus páginas son un muestrario del gusto estético de Proust y de su interés por las artes, fruto, en parte, de numerosas visitas al Museo del Louvre. En esta primera sala, además de un retrato fotográfico de Proust a los quince años, hecho por Nadar, puede contemplarse el único retrato pictórico que se conserva del escritor, obra de Jacques-Émile Blanche en 1892, conservado en el Musée d’Orsay. Es la imagen con la que conocemos a Proust, la que ilustra las portadas de los manuales de literatura franceses. La sala también ofrece la posibilidad de contemplar pinturas de flores de Fantin-Latour —cuyas naturalezas muertas beben, con gran sensibilidad, de la tradición pictórica anterior—, junto a obras de Chardin. La segunda sala, dedicada a la capital francesa, presenta algunos viejos conocidos como la vista de la calle Saint Honoré de Pissarro de la colección Thyssen, junto a obras de pintores cuya relevancia está siendo reclamada hoy en día, véase Raimundo de Madrazo, al que precisamente la Fundación Mapfre consagra en este momento una exposición comisariada por Amaya Alzaga. La tercera sala se encuentra dedicada a Por la parte de Swann, la primera parte de En busca del tiempo perdido. La figura del coleccionista Charles Swann inspira este espacio en que pueden contemplarse obras como Diana y sus ninfas de Vermeer, sobre el que Swann prepara un estudio, o fotografías de la capilla Scrovegni de Giotto, también mencionadas en la novela. La parte de Guermantes es el título de la cuarta sala, en la que se reivindica el papel de los y las estetas parisinos de finales del siglo XIX que consagraron su vida al arte, la literatura y al placer más epicúreo, como fue Robert de Montesquieu, inspirador de Au rebours de Huysmans, la Biblia del movimiento decadentista, o la condesa de Noailles, retratada por Zuloaga. A Venecia y a Ruskin se dedican las siguientes salas, explicando el interés que despertó en Proust la ciudad italiana y la lectura del teórica británico que tanto reivindicó el arte medieval. La penúltima sala, con el nombre de una estación balnearia costera ficticia, Balbec, recrea el ambiente de las playas de la Normandía, sede del veraneo de las élites parisinas. Y el último espacio, bajo el poético nombre de El tiempo recobrado, presenta simbólicamente los estragos del paso del tiempo y sus efectos físicos y morales, con el interés de reservar a este espacio final dos autorretratos de Rembrandt.
Toda esta mezcolanza de obras, que ya por separado tendrían un gran interés, se subordinan al discurso literario incluso en las cartelas de la exposición, que hacen continuas referencias a la literatura de Proust, por si cupiese alguna duda de quién es el verdadero protagonista de la muestra.


