Chema Peralta (Madrid, 1965) lleva varias décadas entregado al género del paisaje. Sus composiciones nos muestran grandes superficies de colores planos, con una paleta cromática suave y contenida, que representan escenarios del medio rural en los que predominan extensas llanuras con pequeñas edificaciones. No son paisajes al uso, ni en el sentido romántico del término ni en el plenairista.
En todos ellos predomina la horizontalidad y grandes espacios vacíos, con un resultado más cercano a la geometría de los constructivistas, que a la escenografía onírica de la pintura metafísica. Podríamos buscar conexiones con los paisajes de Diaz-Caneja, pero se nos cruzarían los paisajes sugeridos por las meticulosas paralelas de Eusebio Sempere. Podríamos emparentarlos con el silencio y la soledad de los escenarios de Giorgio de Chirico, pero sería difícil eludir la evocación del suprematismo de Malevich.
Peralta construye sus composiciones como paisajes del recuerdo, a veces partiendo de un elemento real al que va añadiéndole otros imaginados hasta conseguir el resultado que más le conmueve. Busca en sus paisajes una proporción armónica entre las construcciones y el paisaje que les sirve de soporte, hasta el punto de adaptar las medidas del lienzo a sus composiciones y no al revés, como es lo habitual.
En la obra de Peralta, el paisaje no se impone, se revela a través de una mirada íntima. Sus composiciones despliegan un mundo que, aunque parece evocar otros ya conocidos, solo a él le pertenece.
Son paisajes cargados de serenidad, llanuras interminables en las que el protagonismo descansa sobre los elementos arquitectónicos que apenas emergen de una rotunda horizontalidad. Una refinada intersección entre geometría y naturaleza.
Hay una reivindicación, tal vez inconsciente, de un paisaje originario y utópico, fruto de un exquisito respeto a la naturaleza buscando la mínima alteración provocada por la actividad humana.
En lugar de la iglesia con su espadaña o campanario, Peralta recurre a la mística sobriedad de la ermita; en contraposición a las naves industriales de la ganadería intensiva, elige la producción familiar de la majada o la paridera; lejos de las elevadas torres de agua para abastecer a la población, opta por aljibes y pequeños depósitos pegados al suelo.
No hay presencia humana, a pesar de que los paisajes están diseñados a su escala. Son paisajes detenidos, instantáneas que podemos registrar a través de la ventanilla del tren cuando viajamos por las monótonas tierras de Castilla o Aragón.
La presencia de elementos vegetales como árboles o arbustos es anecdótica. Sirve para suavizar lo geométrico sin que ninguno de ellos sobrepase las construcciones. Las nubes apenas contrastan con el cielo, cuya función es la de crear la atmósfera necesaria para que el cuadro respire. Ni siquiera las montañas, que a veces asoman discretamente en sus cuadros, emergen del horizonte más allá de lo necesario: en vez de altos montes y serranías, la escala topográfica de Peralta solo admite cerros o altozanos.
En las composiciones de Chema Peralta no hay estridencias, ni en el color ni en las formas, lo que acentúa el efecto balsámico de sus paisajes.
Podemos decir que estamos ante una pintura que abraza la tierra y que, en un momento en el que los incendios, las inundaciones o la invasión de las grandes infraestructuras de energías renovables están transformando nuestros paisajes, y la solastalgia ha dejado de ser un concepto filosófico para convertirse en una patología, la obra de Chema Peralta se erige como un manifiesto visual: una llamada a la cordura y a la acción, desde la serenidad y el sosiego, para reivindicar la armonía que siempre nos unió a la naturaleza.


