El libro catálogo de la exposición Goya y el mundo moderno no sólo nos ofrece un recuerdo perenne de las piezas que hemos tenido ocasión de admirar en dicha muestra, sino también las claves para comprenderla mejor a través de las argumentaciones escritas por ambos comisarios y por ilustres ensayistas invitados. Para todos resultaba bien evidente la delimitación de algunas secciones de la exposición, como la dedicada a los retratos o la de la vida cotidiana, pero no era tan obvia la distinción entre los “disparates” y lo “grotesco”, o entre la “violencia” y el “grito”, que en el libro son capítulos mejor diferenciados, no sólo gracias a los muy bien articulados textos respectivos sobre cada capítulo escritos por los comisarios, sino además porque la ficha catalográfica de cada obra con su respectiva ilustración aparece aquí clasificada en su lugar correspondiente. No era siempre así en la exposición, pues por motivos de disponibilidad espacial, o por cambios ulteriores de criterio, en las salas del Museo de Zaragoza a menudo aparecían en otras secciones algunas piezas que en el catálogo vienen más apropiadamente clasificadas. Estos cambios de última hora a veces funcionaron bien como guiños o enlaces visuales con lo ya visitado o apunto de ser visto, cuando había materiales de otras secciones incluidos en la precedente o en la posterior; pero confundían la claridad del ordenamiento cuando incluso aparecían trastocadas cosas de secciones muy diferentes y que hasta pertenecían a pisos distintos del museo, como ocurría con un bronce y un dibujo de Picasso que figuraban en las salas del “grito”, pero en el libro sí aparecen apropiadamente en la sección de retratos, mientras que para llenar su hueco se colocó en esa sección inicial el dibujo de Géricault sobre una ejecución capital en Italia, que en el libro se incluye de forma más pertinente en el capítulo dedicado a la violencia.
Otra de las ventajas del discurso escrito sobre el expositivo es el nivel de información que se transmite, ya que la experiencia en el museo debe privilegiar el encuentro personal con las obras, mientras que cuando vamos leyendo cómodamente sentados podemos concentrarnos más en las explicaciones que, apoyadas en excelentes reproducciones, este libro nos ofrece. En este sentido, hay que reconocer que la publicación es didácticamente mucho más exitosa que la muestra, no sólo porque aquí sí se nos ofrecen datos biográficos de todos los artistas, sino que además se entra en detalles explicativos sobre bastantes piezas. Con todo, no deja de haber muchas que ni siquiera se mencionan en los textos. Y eso que entre ellas hay algunas de sumo interés, pues de la misma manera que los comisarios nos explican muy bien la obsesión de Víctor Hugo con Torquemada en sus comentarios sobre algunos dibujos del poeta grabados por su cuñado Paul Chenay (p. 168, notas 2 y 3), bien podrían haberle dedicado alguna glosa a otro de ellos que constituye un impresionante testimonio de arte políticamente engagé, dedicado al ajusticiamiento del líder antiesclavista norteamericano John Brown, pero incluso aparece inexactamente catalogado como obra exclusiva del grabador, a pesar de estar firmado y fechado por Víctor Hugo, que fue el autor del dibujo (p. 295, nº 162 cat.). De la misma forma, mientras se comenta en el texto el Autorretrato en Zaragoza de R. B. Kitaj, no dedican algunas palabras a su gran cuadro goyesco-manetiano titulado The Killer-Critic Assassinated by his Widower, Even, juego de palabras que alude al título en inglés de una de las más conocidas obras de Duchamp, pero que en la ficha catalográfica aparece mal traducido como La Crítica Asesina asesinada por su viudo, Even (p. 378, nº 248 de cat.) con lo que se da a entender que un señor llamado Even está disparando contra la crítica, perdiéndose por completo también el sentido de ajuste de cuentas homosexual de este interesantísimo cuadro.
Hablando de críticos, en sus reseñas los colegas de los medios de comunicación aragoneses han lamentado que en una exposición financiada por el Gobierno de Aragón e Ibercaja haya tan pocos artistas aragoneses representados. Honran a los comisarios los homenajes que rinden a nuestro paisano Antonio Saura, tanto en los contenidos de la exposición como en las páginas del libro —que va dedicado a él— y yo diría que hasta en el diseño negro y blanco de la instalación museográfica, cartelería y folletos. Pero es verdad que podían haber traído menos ejemplos centroeuropeos e incluir alguno del aragonés-alemán Victor Mira —al menos en el texto del libro sí lo mencionan, aunque no reproduzcan obras suyas—; de la misma manera que para ejemplificar el arte “goyesco” decimonónico en vez de algunas obras menores de Fortuny hubieran podido recurrir a la acuarela de su cuadro La Vicaría conservada en el Museo de Zaragoza, u otras piezas de alguno de sus seguidores aragoneses como Máximo Juderías. Más aún brillan por su ausencia grandes maestros del siglo XIX y XX, sobre todo Ignacio Zuloaga, pintor que tanto hizo en Aragón en honor de Goya, y que en una publicación con objetiva vocación histórico-artística habría podido figurar como un hito de la reivindicación moderna del genio de Fuendetodos. Pero toda exposición siempre responde al punto de vista subjetivo y gustos del comisario, cosa no menos evidente aquí que en la anterior macroexposición sobre Goya e Italia. Aunque es cierto que en aquella sí se esforzó Sureda en poner en valor bastantes de los fondos del Museo de Zaragoza, mientras que en esta otra, salvo en el caso de Goya, no han echado mano de sus ricas colecciones, perdiéndose una ocasión para darlas a conocer al numeroso público foráneo que ha venido a visitar la exposición o lea el libro catálogo.
Un libro que, sin duda alguna, está destinado a ser citado siempre como un hito de referencia comparable al que sentó Fred Licht con el titulado Goya. Tradición y modernidad, o el propio Valeriano Bozal con Goya y el gusto moderno. Sobre todo por los excelentes textos de los comisarios o de otros reputados historiadores del arte como Jaime Brihuega o Werner Hofmann; pero también por el exquisito artículo del escritor Antonio Muñoz Molina, que es hermosísimo y erudito a la vez, una verdadera joya de antología.


