Ya se sabe que el pintor y dibujante Manuel García Maya, dueño del zaragozano bar Bonanza con exposiciones periódicas, ha tenido un fuerte vínculo con lecturas de muy específicos poetas, novelistas y filósofos, clave para el desarrollo de su obra en algunas etapas, incluso retratos. A principios de septiembre de 2008, el pintor y diseñador gráfico Paco Rallo tuvo la idea de una exposición colectiva al año en el bar Bonanza, que tuviera como punto de partida los autores preferidos de García Maya. Desde un ángulo simbólico fui comisario de la exposición Homenaje a Kafka, que se inauguró el 16 de noviembre de 2008, con motivo del 125 aniversario de su nacimiento, siempre dentro de los artistas que han sido clientes del bar Bonanza.
Los artistas que participaron en esta primera exhibición colectiva son: Sergio Abraín, Pedro Bericat, Miguel Ángel Encuentra, José Luis Gamboa, Manuel García Maya, Luis Marco, Paco Rallo, José Vicente Royo, Pedro J. Sanz y Mariano Viejo. Diez pintores con una obra muy personal pero aquí unidos por la infinita personalidad del gran novelista.
Manuel García Maya participa con Retrato de Kafka, limón y acrílico sobre cartulina de 1980, que sirvió como sugestiva invitación con formato de marca páginas. Obra potente con predominio del amarillo limón y toques negros, que insiste en la deformación de la frente como rasgo singular y un rostro enigmático con poderosa mirada que penetra en el espectador. Todo se completa con la supresión de rasgos formales, como la insinuada nariz, la eliminación de las cejas sustituidas por manchas y sombras o los labios de sombrío gesto.
Mariano Viejo pinta como fondo el perfil de un castillo, clara alusión a la novela de Kafka El castillo, y en un primer plano el retrato del novelista, cuyo rostro se perfila sobre el cielo para resaltar su trascendencia universal, mientras que el sombrero se multiplica y vuela por doquier.
Cuatro pintores han coincidido con el insecto como tema primordial, tan vinculado con la novela de Kafka La metamorfosis. José Luis Gamboa pinta dos manos inundadas de cucarachas, como cuadro que se completa con dos cucarachas pintadas sobre la pared del bar Bonanza, en una especie de repulsiva invasión del ámbito circundante. Miguel Ángel Encuentra, sin embargo, pinta una cucaracha solitaria, negra radical y en un rincón, como si anunciara cualquier invasión de un espacio pictórico dividido en cuadrados, que tienen bellas texturas al servicio de una abstracción intrigante, etérea, inaprensible. Pedro J. Sanz, dentro de su habitual línea surrealista, pinta un fondo abstracto de raras evocaciones por su imprecisa definición, pues no se capta el ámbito por el que se mueve un fascinante insecto medio inventado. Resulta evidente su poderío, una especie de esqueleto como parte del cuerpo frágil y potente, hasta una especie de sierra en un costado capaz de cortar lo que sea. Agresividad acumulada con altas dosis imaginativas. Mientras, Paco Rallo combina lo conceptual, lo pictórico y lana de ovillo. Lo conceptual mediante el fragmento de un marco dorado en la esquina superior izquierda de la superficie pintada, con lo cual posa un marcado contraste visual; lo pictórico a través de una atractiva abstracción difusa con sugerencia espacial que pinta sobre el lienzo; y la lana de ovillo, en azul y blanco, que configura una especie de insecto.
Las cuatro restantes obras son muy distintas. La de Sergio Abraín es conceptual en estado puro. Se basa en una bolsa de plástico con agua hasta su mitad y en el interior un libro absurdo titulado Como rebajar la barriga en 30 días, que con el paso del tiempo se va empapando de agua y coloreándola, como idea capaz de alterar la realidad artística de la que se partió.
Pedro Bericat utiliza un material de goma como soporte con forma irregular, sobre el cual incorpora un texto de Kafka, fragmentos de periódicos, época sin definir, que reproduce figuras y un cigarrillo encendido con aspa roja para indicar la prohibición de fumar, no se sabe si como apoyo o como ironía ante un exagerado desvelo oficial por cuidarnos en asuntos privados. Menos prohibición y más investigación.
La obra de Luis Marco también se sale de la norma. Reproduce lo que, al parecer, es la cubierta de una novela de Kafka, de la que sólo se captan dos penetrantes ojos que miran con fijeza a un punto indeterminado. El resto de la composición está dividida en dos planos y en su centro pega una empanadilla con la superficie negra por la tinta del calamar. No olvidemos, al respecto, que Luis Marco trajo una bandeja con empanadillas iguales a la del cuadro, que se fueron comiendo tras la inauguración “oficial” y el correspondiente brindis con buen vino tinto.
José Vicente Royo, para concluir, pinta el cuadro con fondo abstracto monocolor, que se divide en cuatro exactos rectángulos. En uno de ellos, como contraste, pinta una atractiva figura femenina con boina y actitud de meditar, que altera de manera radical la dominante estructura abstracta, como si una intrigante y bella ventana fugaz abriera otro espacio a definir.


