Sentimientos del pintor Antonio Cásedas

El retorno de Antonio Cásedas con una exposición individual, sabido por muchos antes de inaugurar en la zaragozana galería Pilar Ginés el 12 de febrero de 2009, estaba rodeado de cierta expectación, pues no olvidemos el aroma de pintor visto como una lejanía imprecisa, sin una periodicidad expositiva concreta que avalara su anterior trayectoria. ¿Seguiría pintando? Enigma flotante resuelto. Dicho no olvidemos queda patente al recordar que su última exposición individual fue, salvo error, en 1994, justo en la zaragozana galería Moldurarte. Aunque, no obstante, es cierto que participó en alguna colectiva, como El sueño rojo de Buñuel, año 2000 en el Centro Buñuel de Calanda, o en Rareza de Artistas, año 2008 en el Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña. El catálogo de la actual exhibición tiene un excelente prólogo de Juan Ignacio Bernués Sanz, tan cargado de toque poético en el punto preciso.
En esta exposición presenta obras desde 1986 hasta 2009, lo cual significa una especie de sencilla retrospectiva, que recuerda su constante línea temática dentro de un hermoso simbolismo impregnado de sentimiento, aunque en ocasiones vibre cierto surrealismo como en el excepcional cuadro El silencio sonoro, de 1999. Sin olvidar una técnica impresionante, irreprochable, los tres ejes de su obra corresponden al paisaje, la figura femenina y el color. El paisaje se impregna de montañas, lagos y fragmentos de arquitectura cual deje que colabora al silencio de años pasados sin fondo, en una suerte de quietud generalizada para contribuir a cierta sensación flotante ajena a cualquier mirada. Soledad. Paisaje como ámbito jamás hostil, siempre virginal, sin violencia, cual paraíso etéreo capaz de acoger vidas femeninas sin fronteras temporales. A veces gusta por incorporar detalles sorprendentes, como un sombrero volando y una pirámide levitando.
Las figuras femeninas, una o varias por cuadro, transpiran en el acogedor paisaje como medio propicio. Sus vidas son quietas, detenidas, en actitudes distantes, y reflejan una belleza sublimada a través de lo femenino sin toques eróticos, con excepciones como en La llegada. Ausencia erótica por las elegantes vestimentas, aunque sea frecuente cierto tono mediante la sugerencia de los senos y de las extremidades inferiores, sin olvidar el intrigante desnudo de la figura en La muerte del gato. Los rostros son la belleza distante, inmutable, que marca territorios íntimos inaccesibles.
El color guarda vínculos afines a lo comentado, de ahí los tonos claros, aunque tenemos bastantes obras que aparentan corresponder al atardecer, motivo para el énfasis melancólico y un aire enigmático. En el cuadro La entrega de la Diosa, de 2001, uno de los mejores, predomina el cielo claro para el fondo con montañas nevadas, que contrasta con los oscuros para el tema principal, una figura femenina que sale de un edificio y avanza casi desnuda hacia un hermoso rostro femenino que emerge del agua, quizá de la vida, y sueña despierta enmarcado por lo que, al parecer, son las ruinas de un edificio. ¿Por qué se entrega? Espectacular.
Antonio Cásedas mantiene sin interrupción su personal tema con algunos rostros femeninos del pasado pictórico europeo, que en ambos casos nunca empaña la categoría de su obra. En alguna obra, muy pocas, debería de tener cuidado porque se aleja de la pintura para rozar un aire poco profundo, quizá emparentado con el comic por el uso del llamativo color. En la actualidad el arte válido está fuera de modas y sólo depende del resultado. El énfasis de otras técnicas, vídeo, ordenador o instalaciones, incluso la combinación de dispares técnicas, jamás implica que el resultado sea una obra de arte. Con frecuencia son simples fuegos artificiales. Lo pintado por Cásedas, en definitiva, es válido radical y corresponde a su íntimo vínculo con el gesto artístico.

Galería Pilar Ginés, Zaragoza (12-2 a 15-3-2009)

Número 6

Marzo 2009
Manuel PÉREZ-LIZANO
Miembro de AACA, AECA y AICA
Fecha de recepción: 25/2/09
Fecha de aceptación: 27/2/09
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