Para quienes aún no lo hayan leído, les parecerá que un libro publicado por el Ayuntamiento de Astorga y protagonizado a dúo por el poeta astorgano Leopoldo Panero y el pintor leonés Vela Zanetti, bien puede ser un estudio localista sobre cuestiones muy concretas de poco interés para los que ni somos de allí ni tenemos especial afición por la “poesía arraigada” del uno o la pintura muralista del otro. Pero, como bien indica su título, este libro ofrece mucho más de lo que eso, pues si bien su culminación es un capítulo basado en la correspondencia epistolar entre ambos, antes de llegar a él hay abundantes páginas que amplían el contexto de estudio a la situación nacional e internacional en los años cincuenta. Miguel Cabañas es un estudioso concienzudo y muy trabajador, que se ha documentado en muchos archivos, entrevistas personales o fuentes secundarias para realizar este grueso volumen (381 páginas, con amplias notas al pie de letra pequeña muy apretada).
Para empezar, nos ofrece en el capítulo inicial una nueva reflexión sobre uno de sus temas de investigación favoritos, las Bienales Hispanoamericanas de Arte, con las que el régimen franquista quiso dar una imagen de normalización cultural y proyectar su influencia en Hispanoamérica, que era objetivo prioritario para la diplomacia de Franco. Luego hay dos capítulos consecutivos dedicados respectivamente a la carrera de Leopoldo Panero como diplomático y gestor cultural en la España de Franco, y a la trayectoria artística, política y personal de Vela Zanetti en el exilio, hasta su vuelta a España. Tras ellos, viene el mentado capítulo final donde se narran las vicisitudes de la amistad entre ambos, hasta la temprana muerte del primero en 1962. Así pues, se va trenzando un amplísimo registro de informaciones en torno a ellos dos, que precisamente vivieron en 1951 el decisivo despegue de sus carreras respectivas, el uno con la primera Bienal y el otro con sus murales de la ONU en Nueva York. De ahí el título justificadísimo del libro, pues efectivamente su autor hace aquí un repaso amplísimo a la política cultural y la situación del arte español en toda la década de los cincuenta con excusa de abordar esta relación entre un funcionario del régimen franquista muy abierto ideológicamente y un exiliado que nunca fue partidario de una ruptura radical con España.
Al leer este volumen uno admira por una parte cómo Panero siempre se distinguió por su aperturismo hacia los que tenían otras ideologías, hasta el punto de que llegó a estar expedientado por reunirse en el extranjero demasiado fraternalmente con españoles republicanos exiliados —por lo visto, debido a una delación de su “amigo” Luis González Robles, que así pudo medrar mejor en el Ministerio de Exteriores—; por otra parte, uno sufre con todos los pormenores que se nos dan sobre los sinsabores y dialécticas que arrostró José Vela desterrado en la República Dominicana del generalísimo Trujillo y sobre todo en México, donde dominaban la situación muralistas enemigos en la línea de Rivera, Orozco y Siqueiros, pero sobre todo le trataban con inquina ciertos exiliados españoles muy radicales.
Miguel Cabañas consigue hacérnoslos en todo momento apreciables por sus actos y como personas; aunque gracias a unas notas al pie nos enteramos por testimonios de terceros de que Panero era altanero y algo despreciativo en sus conversaciones sobre arte con los interlocutores que no estuvieran al día —si bien, al final de su vida también él se quedó un poco descabalgado de las novedades artísticas—. También sobre muchos otros personajes ofrece este estudio sus novedosas luces y sombras, siendo muy de lamentar que no haya un índice onomástico al final para facilitar a los interesados en ellos la consultas de las páginas correspondientes. Tampoco hay un índice de ilustraciones, que son numerosísimas y siempre muy bien colocadas en paralelo a lo que se va explicando en cada página; pero al lector curioso le hubiera resultado útil poder localizar más fácilmente las de su interés o saber más detalles sobre ellas que lo que los magros pies de foto indican —todas son en blanco y negro o, mejor dicho, en colores sepias, que a mí no me gustan mucho pero dan un aire de postal antigua quizá buscado por el diseñador, quien desde luego ha acertado plenamente con el tipo de letra escogido para el texto—.
Con todo, más allá de la erudición, la capacidad de trabajo y el estilo ameno de Cabañas, su más trascendental aportación quizá sea la que reivindica en la introducción y en el propio título. La denominación Edad de Plata, ideada por José María Jover y difundida por José Carlos Mainer, con la que se designa al esplendor cultural español del primer tercio del siglo XX, este libro propone ampliarla a todo el siglo, habida cuenta de los triunfos de nuestra escena artística no sólo desde la democracia a hoy, sino también en plena postguerra, tanto en lo que se refiere a los artistas activos en España como a los españoles del exilio. Esta reivindicación que hace Miguel Cabañas de nuestro "Siglo de Plata" y de lo que en su bisagra, los años cincuenta, tantísimo de bueno había en un bando y otro, e incluso sus alabanzas a quienes supieron ir destensando el enfrentamiento entre las dos Españas, parece además toda una lección cívica ahora que pronto vamos a conmemorar el setenta aniversario del exilio del 39. No caigamos en los revanchismos radicales o ajustes de cuentas retroactivos, veamos las cosas apasionadamente pero con distanciamiento de historiadores pues la Guerra Civil acabó hace ya muchos años.


