No cabría encontrar mejor complemento para un hermoso día otoñal disfrutando de los paisajes prepirenáicos y de una excelente comida en el restaurante El Churrón que la visita al “Museo del Dibujo Julio Gavín” en el Castillo de Larrés, donde ha expuesto el serrablés Santiago Arranz desde agosto a diciembre una doble selección de dibujos titulada “Alejamiento y cercanía: Dibujos 1985-2008”.
No se trata de una retrospectiva propiamente dicha, donde se nos presente paso a paso la evolución estilística de este artista en esos veintitrés años, sino que se ha concebido como una confrontación bipartita entre dos secciones. Por un lado, en la sala de exposiciones temporales situada nada más franquear la entrada del museo, el visitante se encuentra con obras muy características del lenguaje propio que Arranz se ha construido en los últimos quince años: pocos artistas han sabido sacarle tanto partido estético a la abstracción geométrica como él, pues más allá de la pura estética decorativista sabe conjugar ese repertorio formal con profundos simbolismos, letras del alfabeto u otras referencias filosóficas e icónicas, como esas llaves dentadas que constituyen el leit motiv común de su serie de grandes composiciones de gouache y aluminio sobre papel realizadas en 2008, o las flores, hojas, caballos, pájaros, figuras u otros motivos geometrizados y simplificados hasta la abstracción que realizó en 2006 y 2008. Pero para mí la gran sorpresa de la exposición fue visitar la otra sala contigua, situada en un lateral, donde cuelgan enmarcadas las hojitas de un cuaderno de dibujo realizado en 1985-1987, en un estilo de figuración manierista muy de aquella época, tan postmoderna por sus continuas citas histórico-artísticas —recuérdese que Santiago Arranz es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona— en las que son reconocibles el Sardanápalo de Delacroix los caballitos de Marc, los paisajes metafísicos o surrealistas, las figuras voladoras de Chagall, y sobre todo los homenajes al palacio y jardines de Fontainebleau, donde por entonces residía gracias a una beca de la Diputación Provincial de Zaragoza, fruto de la cual fue la serie pictórica titulada “Fontainebleau”, para la cual le sirvieron estos dibujos como bocetos preparatorios.
Es lástima que en el exquisito catálogo de esta exposición no se reproduzcan algunas de esas pinturas, y más triste todavía que no podamos aquí ilustrar esta reseña con imágenes de algunos de esos hermosos dibujos, pues su reproducción está sujeta a derechos de pago. Pero es de esperar que un día no muy lejano tengamos ocasión de conocer en profundidad toda esta riqueza y variedad de inspiración en una amplia retrospectiva y/o monografía sobre su trayectoria, para la cual sirve de aperitivo esta deliciosa exposición de título tan apropiado, pues efectivamente al visitarla nuestra mirada recorre, como si contemplásemos la actividad dibujística de Santiago Arranz a través de un zoom de cámara, un viraje de alejamiento hacia lo que era su estilo hace veinte años, contrastado con un acercamiento a lo que ahora mismo es su lenguaje y repertorio tan idiosincrásico.


