El pasado 18 de septiembre tuvo lugar en la galería Aragonesa del Arte la multitudinaria inauguración de uno de los artistas aragoneses más populares y queridos entre los amantes del arte y los propios artistas. Su personalidad afable y socarrona se trasluce a través de sus obras, que tienen mucho de divertido juego humorístico, pero a la vez reclaman profundo análisis intelectual. Hermosas princesas, caballeros montando elegantemente sus corceles, enturbantados personajes inescrutables, seres mágicos y otros habituales protagonistas de la iconografía de Natalio Bayo, acompañados esta vez de una buena caterva de figuras orientales, se nos presentan con mil colores y texturas en las paredes blancas de esta nueva galería. Aunque esa filiación goyesca y surrealista se combina esta vez, como el título de la exposición indica, con una muy postmoderna afición por las citas histórico artísticas, pues a menudo las composiciones remedan cuadros famosos: Natalio ha “cazado” imágenes en el arte clásico y en el repertorio de grandes maestros como Durero, Rafael, Ticiano, Bronzino, Utamaro, Manet, Picasso, Dalí, etc. Ahora bien, esta captura no sólo se nos ofrece como una metáfora, sino también en sentido literal, pues en muchas de estas obras ha pegado papeles antiguos, que a veces son auténticas piezas de coleccionista y a menudo se trata de dibujos suyos de juventud, ejercicios de estilo en los que copiaba a sus artistas más admirados. Por eso, esta exposición tiene un doble interés añadido, pues por una parte nos confirma la ya tantas veces demostrada habilidad de Natalio Bayo para el collage —técnica que protagoniza mayoritariamente la muestra, con una maestría en la combinación y superposición de materiales que impresionará a cualquier observador minucioso—, mientras por otro lado nos muestra su más íntimo santuario de imágenes, sus más personales preferencias artísticas. No es de extrañar que el propio autor se haya autorretratado en algunas piezas, pues toda la exposición es en sí misma un espejo en donde lo vemos reflejado. También, como no podía ser de otra manera, el mundo cultural que le rodea aparece aludido directa o indirectamente, y a mí me ha interesado particularmente un collage titulado “La gran fortuna de Zaragoza”, en el que una alegoría desnuda de esta diosa alada aparece, tiesa como una sota de copas, dominando el orbe por encima de una entremezclada visión alegórica del recinto de la Expo 2008 —el Puente del Tercer Milenio, los telecabinas, el Pabellón Puente, el Iceberg, etc—. Parece una reinterpretación no sólo de la iconografía de la Fortuna, sino también de la Inmaculada … o de aquellas antiguas estampitas con una vista de Zaragoza presidida por la Virgen del Pilar desde el cielo. Últimamente, son muchos los artistas que están reinterpretando los tópicos de Zaragoza para presentarla como una ciudad en irrevocable modernización —en esta misma galería hubo antes una exposición con obras de Ignacio Fortún de este cariz, que se comentan aquí en otra reseña—. Quizás, por fin, en 2008 ha llegado la hora de Zaragoza, pero no estoy seguro de que nuestros artistas, que desde luego son uno de nuestros mayores tesoros, se hayan sentido muy bien tratados en este año triunfal zaragozano. Incluido uno de nuestros pintores más queridos y populares, que en esta obra parece hacernos sonreir y a la vez nos da mucho que pensar: tienen de tiempo hasta el 15 de noviembre para dejarse sorprender por esta caza mayor de estrambóticos personajes, cargados a un tiempo de fantasía y erudición.


