¿Hace cuánto no sientes el murmullo de la naturaleza? ¿Cuándo esta experiencia dejó de ser cotidiana? ¿Qué implica sentir la naturaleza? Estas son algunas preguntas que nos sugiere la exposición El Mundo es Bosque comisariada por Blanca Pérez Ferrer, responsable de proyectos europeos, exposiciones y residencias artísticasen ETOPIA Centro de Arte y Tecnología y, junto a la crítica de arte, gestora cultural, además de curadora Pilar Cruz (en el caso de la obra Sensowifi). Una muestra que estará vigente desde el 28 de septiembre de 2023 al 31 de enero de 2024 en el hall de entrada y salas de exposiciones 2 y 3 de ETOPIA Centro de Arte y Tecnología de Zaragoza.
Esta propuesta expositiva nos da la bienvenida mediante una imagen de un bosque pixelado, un cartel que sugiere la energía del bosque -a través del haz de luz que atraviesa este paisaje-. En Japón, un país en el que se le presta gran atención a los sentidos, esta percepción se conoce como komorebi: la luz solar filtrada entre las hojas de los árboles y el resultado de juegos de luces y sombras que se produce. Sin embargo, no se queda en algo únicamente visual, ya que se trata de uno de los conceptos para referirse al hanakotoba o lo que podríamos traducir como el lenguaje de las flores. Y, es que esta muestra tiene mucho de eso, de comunicar a través de una experiencia sensorial el valor de la naturaleza.
El Mundo es Bosque propone una reflexión sobre la relación de los conceptos bosque y ciudad, pero no concebidos como antagónicos, sino prestando atención a aquellos lugares en los que todavía encontramos vegetación como son: los bosques urbanos, de ribera, sotos y galachos rodean la ciudad de Zaragoza. Todos ellos, parte del mismo medio, puesto que todos conviven en un mismo ecosistema.
Así pues, siguiendo el recorrido de la luz, de arriba abajo, en la tercera planta encontramos la instalación de la artistaJulie Semoroz (Ginebra, 1984), quien trabaja sobre lo invisible e investiga la información, la comunicación no verbal y la frecuencia del sonido. En esta muestra, la autora suiza propone un espacio sonoro utópico en el que se nos plantea la posibilidad de fusionarnos con nuestro entorno a través de la tecnología, lo que nos permite tomar plena conciencia de la naturaleza (interna y externa).
En la segunda planta, encontramos a Ángeles Angulo (Murcia, 1972) y Román Torres (Asturias, 1978), AKA Rotor studio con unainstalación audiovisual que nos ofrece un entorno de otro planeta. Partiendo de información existente (bosques reales) tratan de recrear nuestro medio en otros lugares, acción de gran complejidad porque únicamente la Tierra posee las condiciones idóneas para el desarrollo de la biología que conocemos. Una obra que pone el foco de atención en la ecología y el respeto que debemos tener por la naturaleza, para evitar tener que crear un símil de ésta en el futuro.
Por último, el artista Enrique Radigales (Zaragoza, 1970) nos traslada al nivel de la tierra, y es que para poder experimentar su instalación debemos bajar físicamente unos centímetros para sentarnos, tumbarnos sobre la obra o descubrir los materiales que la integran: troncos, maderas, tierra, cables y sensores. Sensowifi, como bien explica la comisaria de este proyecto artístico Pilar Cruz, es una especie de instrumento musical que nos invita a sentir y escuchar el sonido de la naturaleza. Este banco-sensorial se activa al advertir nuestra presencia; las vibraciones que emitimos recorren la pieza y ésta nos responde con un mensaje sonoro que recuerda alclicking -sonido de la rotura de las paredes celulares de la flora al moverse-, manera en que las plantas informan de su ubicación, de la misma manera que nosotros hemos manifestado la nuestra ante esta obra.Asimismo, estos ruidos recuerdan a los crujidos de cortezas, ramas, hojas, sonidos cada vez menos presentes en las ciudades debido a la ausencia de vegetación y, que además, la contaminación acústica de estos espacios silencia. Así pues, esta obra genera un agradable murmullo, un diálogo, que nos conecta con la realidad a través de la tecnología, lo artificial.
Por otro lado, el mensaje que emite la pieza necesita de tiempo, algo a lo que la sociedad cada vez está menos acostumbrada. En la era de la inmediatez y la impaciencia, la duración máxima de atención ante una imagen es de 5 segundos. Frente a esto, la obra de Radigales nos obliga a detenernos -más allá de esos segundos que indican los estudios en relación a las tecnologías de comunicación e información-, e invita y a agudizar nuestros sentidos y, no solamente el más común el de la vista, sino que hace partícipe al oído. El resultado son ruidos que nos conectan, nos alientan, que nos proponen experimentar esta especie de organismo que nos recuerda nuestra condición humana como seres de un mismo medio, aquel del que partimos y no debemos descuidar.
ETOPIA se plantea como el lugar idóneo para desarrollar estos proyectos, pero esperemos que la tecnología sea aquello con lo que podemos contar y no lo imprescindible para poder continuar.


