En el apetecible y atractivo orden del Eixample de Barcelona, es un placer nada desdeñable acercarse a la Fundación Godia, que abrió al público las arcas de sus tesoros en la sede de la c/ Valencia, en 1999.
Entonces, desde el Paseo de Gracia -lugar donde todos solemos encontrarnos un día u otro (según me dijo Mario Soldati, en veraniega tertulia con Attilio Bertolucci, en Lerici)-, observaba la remodelación de los espacios que ocuparían, primero el Museo Egipcio y, más tarde, la Colección Godia. Reconozco que me sentía atraída por ambos acontecimientos y entusiasmada por la acertada ubicación de dichas colecciones.
Gracias a mi familia tengo la plena conciencia de lo que es el mecenazgo, a lo largo de los siglos, y adentrarme en el mundo de un coleccionista supone siempre una sorpresa y un curioso estupor al contemplar las piezas que se acumulan como mirabilia, Wunderkammern que, en el caso de la Fundación Godia abre sus puertas al gran público.
Desde mi primera visita, quedé satisfecha y complacida al notar las magníficas obras que componían la exposición, no numerosas, pero de gran calidad. A través de cada obra, intentaba analizar la personalidad de Francisco Godia Sales, su capacidad para captar y seleccionar las piezas. En el fondo, el deseo de poseer del coleccionista refleja el deseo de poseer la belleza, y suele mostrar (a posteriori) el gusto y las modas.
Si observamos históricamente el proceso, que viene de antiguo, dejando atrás los espacios que se reservaban en las casas para el "Anticuarium", en el que se colocaban piezas del pasado, ya en el s.XVII, después de los Gabinetes Científicos (Wunderkammern) renacentistas, se perfila el concepto de colección; hasta la Revolución Francesa, la historia de las colecciones demostraba su sentido, no solo de poder, sino también de conocimiento, aumentando el juego de obras, pasando por libros, restos arqueológicos, piezas religiosas, cuadros…
Por eso insisto en que el "furor collectionandi" de una persona consigue reflejar su pasión y sus intereses intelectuales en los objetos que posee. Resulta ser un juego apasionado. Las modalidades de coleccionar son diferentes. Pero estamos de acuerdo en que los objetos coleccionados dan placer, satisfacen el goce estético y además, ¿por qué no?, dan un status, un prestigio social.
Este preámbulo, a modo de introducción, sirve para presentarles el legado de Francisco Godia, hombre singular, apasionado, de gusto exquisito y, ¿cómo no?, coleccionista de arte. Su colección es una de las más importantes de España, y recoge desde piezas medievales del s. XII, a cerámicas y pintura moderna.
A mediados del 2008 la sede de la Fundación Godia se trasladará a la antigua casa Garriga i Nogués (en actual remodelación). La última exposición que se podrá admirar en la calle Valencia, es la de Miquel Barceló.
La Fundación presenta 46 obras procedentes de colecciones privadas de Barcelona. Esta elección tiene varias peculiaridades, ya que muestra obras inéditas, de carácter más íntimo del que nos tiene acostumbrados, y, además, es la primera exposición que la Fundación Godia dedica a un artista vivo.
El comisario, Enrique Juncosa, director del Irish Museum of Modern Art de Dublín, ha optado por mostrar las piezas exaltando su calidad sobre una secuencia más o menos cronológica.
Obviamente, podemos ver muchas obras de su época catalana, incluso el cuadro que se utilizó para la invitación en la galería Trece, “Brega de cans”(1981). Piezas de su paso por la 7ª Documenta de Kassel (’82), de su estancia en Viena, en Nápoles y, cómo no, lo que para mí supuso un encantador turning point : el viaje a Mali. A partir de entonces (1988), los guijarros serán un constante “capricho” reconocible para la imagen como barceloniano.
Una vez más en Africa, a mitad de los ’90, Barceló afrontó las primeras cerámicas. En aquella época se fraguó lo que a principios de 2007 se vería plasmado en la catedral de Palma, los paneles sobre el tema del milagro de los panes y los peces. La metamorfosis de la arcilla, material que, como dice Miquel, “no es clásico, es ancestral”.
El periodo que transcurrió trabajando en sus estudios de Barcelona, de 1974 a 1981, se ve culminado por el éxito que obtuvo al presentar su obra en la galería Trece de la ciudad. Despega ya como artista internacional: Kassel, Nápoles, Paris, Zürich … y Nueva York: 1986, la Leo Castelli Gallery.
En la época en la que parecía reiterativa y casi obsoleta la abstracción y el arte conceptual, distinguí, por instinto, en el panorama internacional, la obra del mallorquín. Seguí su trayectoria con interés, hasta llegar a cierta “comunión” con sus cuadernos de Mali; supuso para mí el vórtice desde el que Barceló esparciría su energía hacia una evolución natural.
Las dos veces que estuve más cerca de sus lienzos, después de su paso por la Biennale de Venecia, fueron en Nueva York, cuando Leo Castelli ya estaba enfermo, y Barceló expuso casi como homenaje al que fue su gran impulsor; y en 1998, cuando el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), le dedicó la última gran exposición retrospectiva.
Contemplar ahora en la Fundación Godia algunas obras que nunca antes habían sido expuestas, produce un cosquilleo de emoción; sobre todo porque descubres las piezas que diferentes coleccionistas eligieron con gusto y, tal vez con preclara intuición del éxito y reconocimiento que Miquel Barceló obtendría con el paso del tiempo.
A sus cincuenta años, este artista incansable, taciturno, inmerso en su creatividad casi como cuando empezó, está a punto de cerrar el círculo. Un nombre en la historia del arte contemporáneo, otro artista español, icono internacional.
Todo esto, y más, merece ser visitado con la discreta emoción del que descubre una personal colección (de "colligere": elegir y recoger), que inevitablemente se une al sentido de eternidad.
Y, ahora, permítanme acabar citando a Mario Praz: "un objeto debería poseer al menos uno de estos cuatro requisitos: rareza, belleza, interés histórico y lo que los ingleses llaman association value".


