Más allá de las apariencias: Los mundos pictóricos de Georges Ward

Entre los pasados días 6 de octubre a 26 de noviembre, la Sala Francisco de Goya de la UNED ha mostrado al público de Barbastro (Huesca) una selección pictórica del artista Georges Ward (Zaragoza, 1971). Dicha muestra, con título “Gardens”, es la misma que, con ligeras variaciones, ha pasado anteriormente por Calatayud y Ejea de los Caballeros (Zaragoza) donde, como en la ciudad del Vero, ha cosechado un notable éxito de público.

Bajo un barniz de supuesto “cientificismo” y apariencias de objetividad “didáctica”, el zaragozano plantea en sus obras una representación de la Naturaleza que, a primera vista, destaca por un tratamiento plástico de larga y paciente realización técnica, muy riguroso en su resolución, que bien podría ser calificada de “preciosista”, con todas los riesgos que pudieran derivarse de ello, para bien o para mal. Sin embargo, tal carácter formal está plenamente justificado en este caso, ya que sirve a Ward para mantener en sus obras un tono y una personalidad claramente ambiguas, pues todo su mundo pictórico se sostiene en un entramado de fuertes aspiraciones espirituales, en un trasfondo simbólico que nutre de un sentido trascendente a los sujetos representados más allá de las limitaciones de lo físico, que anhela traspasar el mero “mundo de las apariencias”.

En las composiciones de Ward, resueltas usualmente mediante técnica de acrílico sobre madera, cada motivo fielmente representado del natural -ya sean flores, pájaros, plantas diversas, insectos y arácnidos, etc, etc- alcanza una justa posición y un rango de presencia suficiente a nivel compositivo, integrándose en paisajes y panoramas donde la fuerza de lo “genérico” nunca es capaz de anular el inmenso valor de lo “individual”, sin que la potencia de lo coral inhiba la personalidad intransferible y particular de cada voz única, la capacidad de cada ser para enunciar con orgullo su enigma insondable. Este parece ser un mundo especial donde, como dijera el poeta Gérard de Nerval, “Cada flor es un alma que florece en la naturaleza”.

No exenta por tanto de un fuerte carácter creativo, la reflexión filosófica y estética de este artista surge de una concepción espiritualista del arte y de la vida bastante infrecuente hoy en día en nuestro deshumanizado mundo. Esta se sustancia plásticamente, de forma usual, en base a una combinación entre primeros planos y entornos generales supuestamente entresacados del mundo natural, ambientes reales o imaginarios, más o menos exóticos o cercanos, vividos o idealizados… Salvando lo más aparente, la pintura de Ward demuestra ser también fuertemente recreativa y juega con determinados recursos técnicos y estéticos provenientes de la Historia del Arte universal: técnicas clásicas como la veladura en seco o el “esfumatto”, influencias estéticas provenientes del arte de los dioramas -por ejemplo, de los museos de Ciencias Naturales, como el American Museum of Natural History de New York-, o del paisajismo practicado por artistas muy particulares, como el estadounidense Martin Johnson Heade (1819-1904), así como, también, de otros maestros o escuelas que, por la razón que fuere, se convierten en motivos de su interés: influencias tan heterogéneas como las de Pieter Brueghel (1526-1569) , los bodegones florales de la Escuela Napolitana, los motivos recurrentes de la estética de lo “Sublime” o los hallazgos y aportaciones de ciertos ilustradores expedicionarios como José Celestino Mutis (1732-1808), entre muchas otras posibles.

La naturaleza es recreada por Ward como un “Canto a la Creación”, observada como un rousseauniano “libro abierto para todos los ojos”, en el que cada uno de los seres cumple un papel, en el que todo parece ordenado según un plan superior premeditado. Las raigambres botánicas, entomológicas, geomorfológicas, las apariencias de un universo físico “observado” bajo un punto de vista eminentemente “positivista” en lo formal, se rinden y diluyen ante el influjo de lo espiritual en lo estético y afirman la primacía en sus contenidos de un concepto eminentemente idealista del mundo y de sus estructuras. Es debido a ello, tal vez, que en estos sugestivos planteamientos plásticos la pulsión hacia el crecimiento y a la ocupación espacial propias de todo lo vital queda restringida y regulada en todo momento a nivel de representación por ese orden supremo que lo reajusta todo, que parece trascenderlo todo, dentro de un concepto de “Belleza Inmutable” como origen de toda posibilidad de lo bello.

El orden es la forma en que se expresa la fuerza superior y Ward se afana por aplicar en sus pinturas los principios de la sección aurea, por estructurar las composiciones en base a geometrías ocultas con fuerte apoyo en armonías de carácter “lógico”. La ordenación y el equilibrio que se mantienen a todos los niveles, se traslucen también con fuerza al ámbito de lo expositivo, resultando de ello un espectáculo visual proporcionado y armónico, muy atractivo en sala. El artista ofrece una selección de algunas de sus series en forma de tondos con composiciones centralizadas (Rosas del mundo 2008, Aenigma 2017, Life 2020) o formatos ovalados como los que predominan en “Oval Lanscapes”. Pero también está abierto a otras derivas compositivas diversas: lo cuadrangular predomina en las series más antiguas de entre las presentadas (“Corteza de olmo”, 2008, “La morada de la reina”, 2011). Algunas composiciones muestran un interés por inspirarse y recrear el entorno natural más cercano en piezas que tienden a formatos muy panorámicos y extensos. Así en la serie “Paraísos de Aragón” (“Contemplando el rodeno”, 2010, “Paraíso de Monegrillo II”, 2009), en donde la imponente soledad de los Monegros aragoneses se anima con presencias que expresan la idea una intensa e inesperada vida siempre dispuesta a abrirse paso a pesar de todas las dificultades.

Es en sus últimas obras donde el artista plantea con mayor claridad estos objetivos de fuerte carácter espiritualista, formulados dentro de la poética espacial de los “Cuatro Elementos”, como se sabe campo abonado para la expresión del simbolismo más genuino. “La Naturaleza es el arte de Dios”, proclamó Dante Alighieri (1265-1321). Y es en el ilustre literato universal, precisamente, y en su “Divina Comedia” en quien fija su atención para la realización de estas últimas series -“Infierno” (6 composiciones, 2021-2022)-, recreando ciertas revisiones históricas del paisajismo romántico, como la de Thomas Cole (1801-1848) -de forma muy explícita su “Expulsión, luna y luz de fuego”, de 1828- y, en general, poniendo en juego fórmulas propias del Paisajismo “histórico” (Nicolás Poussin, 1594-1665) o del Simbolismo romántico (Arnold Böcklin, 1827-1901). Este revisionismo creativo parece ser una buena vía de futuro.  

Algunos dibujos -“Memoria de Ibiza” (2015) o una pequeña muestra de formatos escultóricos (“Aenigma”, 2018) completan una exhibición sin duda atractiva e interesante a todos los niveles. 

Sala Francisco de Goya de la UNED, Barbastro (Huesca)

Número 61

Diciembre 2022
Juan Ignacio BERNUÉS SANZ
Doctor europeo en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza, miembro de AACA y AECA
Fecha de recepción: 16/12/21
Fecha de aceptación: 17/12/21
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