En el artículo La fábula del elefante del Museo de Ciencias Naturales, publicado en 1991 en la Revista de Occidente, Agustín Valle Garagorri, profesor de Historia del Arte, recoge la historia de un elefante de grandes dimensiones que el duque de Alba cazó en Sudán en 1913.
El aristócrata, una vez arrancados los colmillos para su colección, hizo que desollaran al animal y enviaran su piel al Museo de Ciencias Naturales de Madrid para su naturalización y posterior exhibición. El taxidermista del museo, que no había visto un elefante en su vida, se enfrentó al reto de construir aquel animal partiendo de su piel y de algunas fotos que le entregó el señor duque posando con su trofeo una vez abatido.
Se trataba de realizar el proceso contrario al de un sastre: partir de un traje ya hecho para confeccionar al cliente que lo llevaría puesto. Para ello, comenzó dibujando la silueta del proboscídeo sobre la pared, como si de su sombra se tratara, y a partir de ella, aplicando una proyección ortogonal, fue construyendo un armazón de madera que luego cubriría con escayola, modelándola hasta que finalmente se ajustara como un guante a la piel del animal.
Valle Garagorri utiliza esta historia como una fábula para acercarnos al significado del arte y sus procesos. Considera aquella silueta en la pared como la verdadera sombra del arte que espera agazapada para abalanzarse sobre un cuerpo, nunca miméticamente al revés. La utiliza como una metáfora de las dificultades de los artistas, como las del escultor-taxidermista, para encontrar, por ejemplo, un lenguaje propio con el que poder contar los problemas que afectan a su generación.
En ese trance se encontraba Rosa Torres (Valencia, 1948), cuando inició su camino en solitario después de dos años trabajando con el Equipo Crónica. Rosa buscaba distanciarse de la pintura social que practicaba aquel prolífico grupo en plena dictadura franquista consciente de que, como sostenía Adorno, las obras políticamente más profundas son las que, aunque parezca extraño, guardan un absoluto silencio sobre la política. Ese es el caso de Rosa Torres: su compromiso con el arte y con la lucha por la democracia han avanzado siempre íntimamente ligados.
Entre 1972 y 1973, desarrolla una serie de obras que tiene como protagonistas a distintos animales completamente mimetizados con el fondo de la composición. Rinocerontes, jabalíes, serpientes o leopardos, esperan agazapados en la tela a ser descubiertos por el espectador para abalanzarse sobre él, compartiendo el goce estético de la pintura. Al igual que el taxidermista, Rosa construye sus animales partiendo de su piel, de sus manchas o sus texturas que les sirven de camuflaje, pero, en este caso, es el espectador quien ha de terminar de construir al animal aislándolo del fondo en el que se camufla.
Rosa exige a quien se acerque a estas pinturas que profundice en el cuadro, que, más allá de mirar, vislumbre lo representado observando insistentemente, aunque al final lo que veamos nos afecte o no nos guste. Es la hipótesis de trabajo de Didi-Huberman, desplegar una reflexión sobre el aura de la aparición que tiene que ver con las manchas de color como manchas de dolor.
Con estas obras arrancan las dos exposiciones que Rosa Torres mantiene abiertas en la actualidad. En Madrid, en la Galería Fernández Braso y en Rubielos de Mora (Teruel) en el Museo Salvador Victoria. Un recorrido por cinco décadas de práctica artística de una artista que hace ya muchos años que encontró su personalísimo lenguaje.
Formada en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, pasó su adolescencia en Llodio (Álava), donde su padre, el escultor y pintor Luis Torres Pastor (Rubielos de Mora, 1913-2004), ejercía de catedrático de Dibujo. Fue allí donde Rosa comenzó a interesarse por el color. Como ella misma explica: “… en el norte, los colores suben de tono. En los días grises se aprecian mejor los colores por contraste. Sin embargo, la intensa luz del Mediterráneo los quema”.
La naturaleza es una constante en su obra, tomada como excusa para desarrollar su singular programa estético. Pero también dedica su atención a recrear referencias de la historia de la pintura y determinados movimientos pictóricos, como el arte cinético de Sempere; el pop de artistas como Warhol, Lichtenstein o el Equipo Crónica; el impresionismo, recreando obras de Manet, Cézanne o Van Gogh, así como alusiones a la mitología clásica: Venus, Leda y el cisne o Acis y Galatea.
Podemos hablar de sus composiciones como deconstrucciones en las que el color se presenta fragmentado y descompuesto en formas geométricas, muchas de ellas resueltas con un grueso trazo en zigzag. Intensos colores planos, aislados para evitar deliberadamente el contacto entre ellos, reduciendo la interacción que se genera entre las superficies contiguas, tal como Josef Albers analizó en su célebre ensayo La interacción del color.
El otro protagonista son los trazos negros que ahondan, junto con el fondo blanco, en ese aislamiento de los colores. Trazos rectos, que contribuyen a definir el dibujo de lo representado, o curvos, que imprimen un notable dinamismo a las composiciones, especialmente a las figuras humanas, siempre monocromas, en las que se comportan prácticamente como líneas cinéticas.
El tratamiento del color raya lo iconoclasta, distanciándose de los colores originales del motivo representado. En algunas de estas composiciones podemos hablar de colores imposibles, como el intenso color rojo del mar de la serie Sicilia; el inquietante amarillo del cielo de Montaña con enebros; el seductor fondo malva de Camino con chopos o el añil hipersaturado de Mar y rocas, fechado en este 2022.
Se desmarca así de la filiación paisajista. Rosa Torres no es una plenairista que necesite trabajar in situ para plasmar lo que su ojo ve, sino que traslada a su taller lo que su mirada vislumbra.
Una concepción de la pintura que la ha deparado importantes exposiciones como la Bienal de Venecia de 1982, el Spanish Institute de Nueva York, el Parlamento Europeo de Bruselas, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el IVAM, la galería Tres Punts de Barcelona y una larga trayectoria expositiva en la que hay que destacar muy especialmente la Galería SEN de Madrid, en la que presentó su primera individual en 1973, estableciendo desde entonces una fructífera relación fruto de la confianza que su directora, Eugenia Niño, depositó en la pintora desde que supo vislumbrar en los cuadros de Rosa el potencial artístico que nos esperaba agazapado en la sombra.


