Edimburgo en agosto es una ciudad con una programación cultural vibrante. Durante ese mes acoge su festival más célebre, el Fringe, dedicado a las artes escénicas en todas sus manifestaciones. Al mismo tiempo se celebran el Edinburgh International Festival y el Edinburgh Art Festival. Este segundo trae consigo la apertura de numerosas galerías y museos y una cuidada programación expositiva que pretende revitalizar numerosas áreas de la ciudad. Entre tanta actividad cultural, esta exposición dedicada a la Scottish Modern Arts Association pudo pasar injustamente desapercibida.
La muestra ocupó las salas de exposiciones del City Art Center y permitió descubrir un interesante conjunto pictórico, gráfico y escultórico de más de trescientas obras clave para comprender las derivas y tensiones del arte escocés de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. La exposición recupera la historia de la Scottish Modern Arts Association (SMAA), una institución fundada en 1907 con el objetivo de asegurar la adquisición y preservación de obras representativas del arte contemporáneo escocés y de enriquecer las colecciones públicas escocesas. Hay que tener en cuenta que Edimburgo contaba con potentes instituciones museísticas desde mediados del siglo XIX, véase la National Gallery of Scotland, fundada en 1859. Sin embargo, la exposición trata de mostrar el cierto desprecio que las instituciones británicas mostraron hacia el arte escocés, dificultando no solo su exhibición y su integración en las salas y museos londinenses sino también en las propias colecciones escocesas. Este fue el origen de un lugar común sobre el arte escocés que la historiografía artística ha arrastrado hasta nuestros días: “Art came to Scotland late”, existiendo historiadores que incluso cuestionan la existencia de una pintura escocesa medieval o renacentista. Este fue el campo de batalla de la SMAA, una lucha con desiguales resultados —debido sobre todo a los problemas económicos— tal y como revela la exposición del City Art Center a través de sus piezas donadas al ayuntamiento de la ciudad tras la disolución de la sociedad en los años 60.
La selección de obras nos revela cómo la pintura escocesa de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX participó de las tensiones propias del arte europeo de este periodo. La más evidente fue la dicotomía entre la adaptación a las soluciones y tendencias más comerciales de moda en los centros artísticos del continente, véase Roma y París y la búsqueda de asuntos y de una estética propiamente escocesa, poniendo de manifiesto a través del arte la importancia que el sentimiento nacionalista empezaba a cobrar en este territorio. Así, el espectador puede contemplar algunas obras enmarcadas en la corriente de la pintura de casacón o también artistas que participaron de tendencias como el japonismo. Es el caso de James Cadenhead en el retrato que hizo de su madre, titulado Lady with the Japanese screen and goldfish, que recuerda inevitablemente a la pintura de Whistler. Cadenhead fue alumno de Carolus Duran en París, donde pudo conocer bien la moda del japonismo.
Sin embargo, el interés de la muestra reside sobre todo en sus obras más explícitamente escocesas. A través de ellas comprobamos como estos artistas llevaron a cabo una recuperación de su historia, literatura y mitología, considerándose parte de una tradición transnacional que engloba a otras naciones británicas como la inglesa, la galesa, además de la Bretaña francesa o la cornisa cantábrica en España. Me refiero a la cultura celta y a toda la riqueza de su mitología artúrica. Así lo comprobamos en pinturas aquí expuestas como Tristán e Isolda de John Duncan (1912). Se trata probablemente de una de las representaciones más célticas de esta leyenda basada en el romance de Godofredo de Estrasburgo, también representada por otros artistas como John William Waterhause o el wagneriano español Rogelio de Egusquiza.
La identificación con otras naciones célticas europeas hizo que algunos de los artistas escoceses representasen escenas tradicionales de estos territorios. Fue el caso de Robert Hope, pintor de Edimburgo formado en la célebre Académie Julian de París. Representó un mercado de Bretaña en su pintura The Remnant Stall (1928). Su estética recuerda a la escuela de Pont Aven y a los pintores de la bande noire. Aquí es donde se empieza a constatar el vínculo que la pintura escocesa tuvo con modernas corrientes irradiadas desde Francia como el naturalismo y más adelante el simbolismo. Su influencia fue notable en un célebre grupo de artistas escoceses aquí representados, los Glasgow Boys o en la artista Josephine Hasswell Miller, aquí representada con su House of the Canal (1935), un moderno paisaje que parece una reinterpretación oscura y misteriosa de los arcádicos canales de Constable.
Por último, sorprende en mitad de estas obras tan escocesas contemplar la pintura hispanófila de Mary Cameron. Al final, el visitante advierte cómo a pesar del énfasis de ciertos rasgos locales, los pintores de todas las escuelas nacionales europeas de este periodo participaron de tendencias transnacionales propiciadas por su formación en el extranjero y sus viajes a otros países.


