Pocas publicaciones técnicas tienen la capacidad de conquistar a un público general no especializado en la disciplina desde la que se ha redactado. Es el caso de Activar paisajes abandonados. El paisaje minero de La Carolina, de Miguel Ángel Antonio García, que ha sido galardonado con el Primer Premio de Humanidades en los “Premios Trabajo Fin de Grado 2020” de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Sevilla.
El trabajo despliega una exhaustiva investigación sobre las explotaciones de plomo de La Carolina (Jaén) desde los albores del s. XIX, los avatares de su desarrollo y la herencia que ha dejado en el territorio después del cese de la acción extractora en 1982.
Miguel Ángel Antonio García (La Carolina, 1996), ya fue distinguido en 2018 con otro primer premio: el Premio Internacional de Proyectos sobre Patrimonio Cultural para estudiantes de arquitectura AR&PA, por su proyecto Paisajes de sal. Escalas sensoriales, junto a dos compañeros de la Escuela de Arquitectura de Sevilla. Así pues, la huella resultante de la acción antrópica en el paisaje ha marcado desde muy pronto su interés investigador.
En el caso de su Trabajo de Fin de Grado, Miguel Ángel estructura la investigación en cinco grandes apartados que el autor denomina estratos: redes de conexión, arquitectura excavada como germen generador del paisaje, arquitectura emergente ligada a la explotación, espacios residuales y sociedad y vivienda.
A través de sus 290 páginas podemos seguir la evolución de las 13 minas que forman el conjunto de la explotación. Para ello, se poya en una gran profusión de datos y documentos gráficos, como planos y fotografías, hasta llegar a las conclusiones en las que se sugieren fórmulas de actuación vinculadas a la arquitectura, el arte contemporáneo y otras estrategias de intervención.
Pero lo que convierte en sugerente este análisis riguroso de todos los elementos de la explotación minera, es la experiencia vital de haber nacido y crecido en ese entorno, una vinculación que impregna todo el trabajo de investigación, lo humaniza y lo hace atractivo. Es aquí donde el autor introduce una dimensión emocional, articulando el relato en dos niveles de lectura. Por un lado, el discurso técnico del análisis de documentos, mediciones y elaboración de planimetrías y, por otro, la invitación que nos hace a caminar con él por el paisaje minero mientras nos traslada sus impresiones de lo que ve, siente e imagina.
Un discurso literario que nos remite inevitablemente a la experiencia del poeta italiano Petrarca cuando recoge en una carta datada en abril de 1336 sus reflexiones durante el ascenso al Mont Ventaux. El documento ha pasado a la historia como el primer texto que muestra un particular interés por el paisaje. Petrarca se convierte en un caminante que escala una montaña no por necesidad, sino por el simple hecho de contemplar lo que se divisa desde la cima. Una ascensión que el profesor Javier Maderuelo, catedrático de Arquitectura del Paisaje en la Universidad de Alcalá, describió en una memorable conferencia durante el curso de Arte y naturaleza. El paisaje, celebrado en Huesca en 1996.
Miguel Ángel incorpora su propio relato literario entrelazándolo con el texto científico. Para diferenciarlo, en la publicación recurre al cambio de color del texto y al icono de un caminante, que nos anuncia que durante unos breves párrafos vamos a sumergirnos en el paisaje dejándonos llevar por lo que vemos, lo que sentimos y lo que imaginamos que pudo ocurrir en cada uno de estos enclaves. Es así como entenderemos mejor la historia del lugar, su genius loci y las propuestas finales que nos propone.
Como Petrarca, ascenderemos a los cerros más altos desde los que se divisa toda la explotación, pero también descenderemos a las galerías más profundas donde se arrancaba el mineral. Miguel Ángel narra en primera persona su conmoción por el descubrimiento de los paisajes subterráneos: túneles, galerías entibadas, estalactitas, restos de máquinas y herramientas… y lo comparte con nosotros. Un paisaje oculto que tiene su correspondencia con el paisaje que emerge al exterior: chimeneas, cabrias, torres de electricidad…
Arquitectura emergente, arquitectura nómada, arquitecturas frágiles, a través de las cuales nos habla del carácter simbólico del hito y de su nueva significación en un contexto minero.
Una publicación tremendamente didáctica sobre la forma de extraer el mineral, en la que nada se da por sabido, de forma que cualquier profano en la materia puede entender el tratamiento, transformación y transporte, así como las construcciones e infraestructuras necesarias en todo el proceso junto a una completa relación de terminología minera.
El autor despliega un colosal trabajo de mediciones in situ para la elaboración de la planimetría tanto de la arquitectura emergente como de la excavada, así como de las construcciones residenciales, naves industriales, pozos y galerías subterráneas. Una descripción gráfica que nos ayuda a entender los cambios sufridos en el entorno minero, reconstruyendo detalladamente el estado original de las construcciones, cuando todo estaba en funcionamiento, en contraposición a su estado actual de ruina.
Toda la publicación está atravesada por el concepto de entropía de Robert Smithson y su dialéctica entre el site y el non-site. En el tramo final de la publicación, Miguel Ángel trae a colación algunos artistas que han intervenido en el territorio, relacionando su obra con la arquitectura como Nancy Holt, Christo & Jeanne Cloud o Gordon Matta-Clark. Son algunos referentes a los que el autor recurre para orientar sus propuestas de intervención en La Carolina, así como a experiencias específicas en escenarios mineros de nuestro país, como el proyecto Arte, industria y territorio, desarrollado en las minas de Ojos Negros (Teruel).
Desde la arquitectura, nos habla de otros ejemplos de intervención, como el parque elevado High Line, construido por Diller Scofidio + Renfro sobre las vías del antiguo tren de Manhattan, en una sección elevada de la East Side Line de la extinta compañía de ferrocarriles New York Central Railroad. De Europa cita como referentes los numerosos casos de reutilización de instalaciones industriales en desuso a lo largo de la Cuenca del Ruhr alemana, con el emblemático ejemplo de la mina Zollverein, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, o el VRM Lab en Villanueva del Río y Minas en Sevilla, dirigido por los profesores de la Escuela de Arquitectura de Sevilla Julián Sobrino y Enrique Larive.
En las conclusiones termina reivindicando el paisaje de La Carolina como seña de identidad del colectivo minero, cargado de historia y valores estéticos, así como el papel de la arquitectura como ciencia capaz de integrar a otras disciplinas para abordar el proceso de transformación del patrimonio minero. Para ello propone la creación de un Laboratorio del Paisaje, en el que confluyan la investigación, la difusión y la interpretación, estableciendo la sede de un laboratorio de intervenciones artísticas en el paisaje.
Hay que felicitar a su autor por tan valioso trabajo y agradecer a Fundación Caja Rural Jaén su sensibilidad e interés por la difusión del patrimonio industrial ubicado en el medio rural.
Una importante contribución bibliográfica que se incorpora al no muy extenso catálogo de publicaciones en las que arte, arquitectura y paisaje minero se imbrican entre sí para investigar y proponer fórmulas de intervención en el patrimonio industrial en desuso.


