Últimamente Alejandro Ratia está en estado de gracia, pues multiplica sus actividades y todas con éxito. No solo ha comisariado un proyecto con quince artistas actuales para reinterpretar las Pinturas Negras de Goya en el Campo de Belchite, sino que además culmina este año del 275 aniversario del nacimiento del genio aragonés con un estupendo texto para la exposición “Goya tras la cortinilla”, que podrá visitarse hasta el 19 de febrero en la galería Antonia Puyó. Hubiera podido ser una mera muestra colectiva con obras de los artistas de la galería sin ningún vínculo entre ellas, pero Patricia Rodrigo les lanzó la invitación con un condicionante, pues las propuestas habrían de estar inspiradas en los Caprichos goyescos y Alejandro ha sabido hilvanarlas todas ellas con una brillante redacción que bien merecería presentarse enmarcada en la sala, como una obra creativa más. Me temo que yo la leí ya de vuelta en mi casa, después de haber girado en el sentido opuesto a las agujas del reloj asombrado por los descubrimientos que me deparaba la visita. Lo primero que encontré fue una lata de fríjoles “Goya” que Ignacio Guelbenzu compró en una tienda latina y que, como hiciera Warhol con la sopa Campbell, él nos presenta junto a sus propias pinturas, a medio camino entre el Pop y la abstracción expresionista, en las que repite sistemáticamente el argumento iconográfico de las judías y la firma. También Víctor Solanas-Díaz me sorprendió con un object trouvé, en su caso la cabeza disecada de un macho cabrío, que nada tiene que ver con la producción que yo le conocía hasta ahora, pero quizá en adelante siga retornando a aquellos trabajos de taxidermista de su abuelo, que para él están llenos de recuerdos infantiles, en este caso con reminiscencias de aquelarres y brujas. Olalla Gómez Valdericeda ha recurrido igualmente a otro objeto, una silla, que al estar presentada junto a un letrero podría ser un guiño a Joseph Kosuth pero la ha colgado hacia abajo y acompañada de un rótulo goyesco, alusivo al Capricho 26 “Ya tienen asiento”, que nos interpela con ironía feminista. Más intervenidos están los objetos encontrados que presenta David Latorre pues no apila ladrillos a la manera de Carl Andre sino que, como en su exposición del año pasado, los ha roto cuidadosamente para escribir un mensaje de denuncia sobre la especulación urbanística. Al lado, muy apropiadamente, está la aportación de Cecilia de Val, que vuelve a jugar con detritus y retratos fotográficos, también con un sentido de admonición goyesca sobre las vanidades humanas. Por fin, culmina el recorrido otra reapropiación artística, pues Jorge Isla presenta un nostálgico muestrario de tarjetas telefónicas antiguas –en estas cosas veinte años son ya vetusta arqueología– que reproducían alegres cuadritos de género pintados por el joven Goya y protagonizados por bucólicos juegos infantiles. Quizá hubiera debido empezar por ahí y acabar con la lata de fríjoles pero, como suele decirse, el orden de los sumandos no altera la suma, cuyo resultado en este caso es muy positivo.


