Los protagonistas de esta instalación son dos aviones rusos que combatieron junto a la Republica contra el golpe de estado fascista. Dos reproducciones a escala natural llevadas a cabo por el director del Centro de Aviación Histórica José Ramón Bellaubí.
Nada más entrar, una alfombra roja te conduce desde la puerta de entrada hacia un bombardero Túpolev SB-2 (Katiuska) que cuelga del techo del museo con el morro a un metro escaso del suelo. Pero no te conduce hacia el éxito o la fama, sino al sacrificio, que es el motivo de la instalación. Y no es una alfombra, sino un fragmento de la Crucifixión de San Pedro, una tabla gótica del siglo XIV del maestro Pere Serra, ampliada a escala monumental, cuyos fragmentos se reparten por la sala. El recibimiento ya es por sí solo impactante.
El Túpolev nos obliga a levantar la mirada y apreciar la belleza de la arquitectura de la Sala Oval del Palau Nacional donde se ubica la instalación, un edificio de estilo clásico construido por los arquitectos Eugenio Cendoya y Enric Catá para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. En la bóveda de la sala descubrimos la discreta y eficaz estructura metálica diseñada para soportar la aeronave que, sin quererlo, pasa a formar también parte de la instalación.
En el suelo, a escasos metros del bombardero, como si estuviera listo para despegar, descansa un caza Polikárpov I-16, (Mosca) invitándonos a entrar en su carlinga.
El sacrificio de San Pedro, crucificado boca abajo, tiene su correlato en el de los pilotos que dieron su vida defendiendo la Democracia. Y esta es la pregunta que nos lanza Francesc Torres: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar en defensa de nuestros ideales? Durante la Guerra Civil más de un centenar de pilotos voluntarios soviéticos fallecieron en combate junto a los aviadores españoles.
Completan la instalación algunos bidones de combustible y varios olivos en recuerdo de los 9.000 que talaron para construir el aeródromo militar de La Sénia (otro sacrificio), desde donde operaron los aviones, y algunas imágenes del campo de aviación. Entre ellas las de dos pilotos: Francisco Gómez Torres, que murió a los mandos de su Katiuska, y la de Leocadio Mendiola que sobrevivió a la guerra después de infligir serias pérdidas entre los aviones de la Legión Condor y el bombardeo del acorazado Deutschland en Palma de Mallorca.
El artista rinde así un homenaje a los pilotos republicanos, tanto españoles como rusos, que “lucharon por una causa justa, pero como perdedores fueron los grandes olvidados”. Una puesta en escena del sacrificio, que refleja una constante del trabajo de Francesc Torres: la necesidad de vincular el arte con otros ámbitos de nuestra existencia. “Todo lo importante tiende a relacionarse con otras cosas importantes de otros ámbitos. Y esto, últimamente, no sucede. El arte actual está haciendo continuas referencias a sí mismo, sin relacionarse con otros ámbitos. Los parámetros en los que encuadrábamos el arte se están quedando pequeños. De ahí la necesidad de enfocar un aspecto puntual para que se proyecte, ampliado, en otros ámbitos del entorno de la pieza, fuera de ella”.
Y como síntesis del espíritu de su instalación, concluye: “Para que la vida sea importante es necesario que seamos mortales; esta es la medida universal de todo.”


