Durante el período estival, el Museo Guggenheim ha rendido homenaje a los locos años veinte. Esta década de progreso y cambio vertiginoso produjo una abundante riqueza artística y cultural, pero también auspició el resurgir de los nacionalismos, cuyas consecuencias en los años treinta serían catastróficas. Esta muestra, organizada conjuntamente con la Kunsthaus Zürich, ha sido comisariada en Bilbao por la conservadora Petra Joos y diseñada por Calixto Beito —director artístico del Teatro Arriaga—. Su relato expositivo hace un amplio recorrido desde el trauma de la Primera Guerra Mundial hasta las nuevos enfoques de la danza moderna, sin olvidarse tampoco del impacto de movimientos como la Bauhaus, el Dadaísmo o la Nueva Objetividad. Para ello, se han seleccionado trescientas obras de los grandes protagonistas del momento en Berlín, París, Viena o Zúrich, además de incluir a otros artistas contemporáneos para conectar con la situación actual. Un siglo después conviene mirar al pasado y conocer mejor qué supuso esta época tan intensa, cuyos logros todavía siguen muy presentes en nuestra sociedad. Pero, ¿qué fueron realmente los locos años veinte? ¿y qué representaron para las generaciones venideras?
Estas preguntas son el hilo conductor de la exposición, dividida en torno a siete salas. Nada más entrar, el espacio “Dejando atrás el trauma” sumerge al espectador en una sociedad profundamente afectada por el mayor conflicto que había vivido la humanidad, pero también por los estragos que estaba causando desde 1918 la denominada gripe española. La mirada de Léger nos muestra un panorama desolador, en donde la sociedad estaba ansiosa de vivir y de superar este aciago período. La sala titulada “Nuevos roles, nuevos modelos” nos presenta los profundos cambios sociales que experimentaron, especialmente, las mujeres. Novelas como La Garzona reflejan esta adquisición de nuevas libertades. Por otro lado, el auge del automóvil, las recién implantadas cadenas de montaje y el surgimiento de la radio impulsaron “Nuevos modos de ver”. Este espacio se centra en el cine y la fotografía, dos disciplinas en auge que plasmó audazmente Moholy-Nagyen la exposición Film und Foto.
Pero si algo caracterizaba a los locos años veinte eran el desenfreno de sus fiestas y bailes nocturnos, que se celebraban en París —ya sea en Montmartre o Montparnasse—, así como en Berlín. La gran protagonista de la sala “Deseo” no es otra que Joséphine Baker. La diosa de ébano cautivó al público parisino con su exotismo y sensualidad hasta convertirse en su primera estrella de color. A su vez, el espectador puede visualizar extractos de La edad de oro de Buñuel o sumergirse en el cabaret berlinés Schall und Rauch. A continuación, la danza ocupa un lugar preponderante a través del espacio “Nuevas nociones sobre el cuerpo”, que explora las formas introducidas por Rudolf von Laban y su discípula Mary Wigman —los impulsores de la danza expresionista alemana—. El visitante puede apreciar este cambio de paradigma a través de Palucca-Tanz, una de las ilustraciones que creó Kandinsky en su largo camino hacia la abstracción.
No cabe duda de que los productos gestados tanto en la moda como en la arquitectura han alimentado sustancialmente nuestro imaginario. En la sala titulada “La revolución de la moda”, el público puede contemplar la transformación del aspecto físico de los hombres —cabello engominado y traje informal— y de las mujeres —pelo a lo garçon acompañado de vestidos más reducidos, cómo se aprecia en el icónico Petite robe noire de Coco Chanel—. Pese a que esta prenda fuese creada hacia 1927, todavía sigue siendo sinónimo de elegancia. Por último, el espacio “Trabajo, ocio, diseño y arquitectura” muestra las nuevas construcciones y diseños de la época capitaneadas por la Bauhaus. Para ello, se pueden visualizar bocetos de Le Corbusier, así como diferentes modelos de la icónica silla Wassily. Asimismo, se pone de manifiesto cómo la reducción de la jornada laboral abrió un amplio abanico de posibilidades para la incipiente sociedad de consumo.
En definitiva, esta exposición no solo ofrece un recorrido pormenorizadode los locos años veinte, sino que también nos permite reflexionar acerca de la situación actual. Si bien es cierto que hay similitudes más que evidentes —ambas iniciadas con una crisis sanitaria e inmersas en un momento socio-político de gran volatilidad—, tampoco hay que establecer paralelismos precipitados que nos evoquen a cometer los mismos errores. Nuestra sociedad no tiene que superar el trauma de una guerra, sino que ha de “lograr el equilibrio entre cuerpo, mente y sociedad”, cómo se expresa en la muestra. Sin caer en los excesos de hace un siglo, hemos de aprovechar esta retrospectiva para afrontar un futuro más alentador, los felices años veinte del siglo XXI.


