Introducción
Riga se fundó en el año 1201, siendo uno de los mayores puertos de la Liga Hanseática, su posición estratégica explica su compleja historia. Su edad de oro coincidió con el primer despertar nacionalista letón a finales del siglo XIX, cuando su población se cuadriplicó hasta convertirse en el tercer centro industrial y cultural del Imperio Ruso. Este auge sin precedentes se puede apreciar a través de su abundante arquitectura modernista, pero también mediante la notable presencia de la danza en el espacio público local. Desde entonces, ha habido hasta tres despertares nacionalistas letones y en cada uno de ellos, ha surgido una novedad significativa en la danza: el Festival de la Danza y la Canción en la primera, el Ballet Nacional de Letonia tras su independencia en 1918, así como el Festival Internacional de Ballet del Báltico From the Classics to Avant-Garde tras la desintegración de la Unión Soviética. Todo ello, pone de manifiesto la importancia que tiene esta disciplina artística como elemento vertebrador de la sociedad letona.
En la actualidad, podemos apreciar cómo las danzas tradicionales o folclóricas se están institucionalizando —trasladándose de la esfera pública al teatro—, mientras que en el ballet está ocurriendo lo contrario deshaciéndose de sus raíces eurocentristas, que se remontan al siglo XV como parte de la propaganda imperialista (Akinleye, 2021). Este proceso de democratización de la danza para acercarla al gran público está en consonancia con la percepción del arte público como aquel que está hecho por los artistas con la participación y colaboración del pueblo (Remesar, 2002). No obstante, y para evitar la tautología de considerar a todo arte público, es preferible la locución arte en el espacio público (Lorente Lorente, 2015).
La danza en el espacio público
En la transición del siglo XIX al XX, un gran número de artistas ansiaban un arte nuevo. En 1898 se celebró el primer Congrès International de l´Art Public y, desde entonces,[1] se ha utilizado este término en la bibliografía artística (Lorente Lorente, 2015). No es baladí que se celebrase en Bruselas, ciudad de origen de la arquitectura modernista a través de las obras de Victor Horta y Henry van del Mende, que fueron clave para que “el movimiento belga adquiriera difusión europea, imponiéndose a las escuelas locales” (Benévolo, 1999: 339). En la década de 1890, el impacto de la segunda revolución industrial ocasionó dos innovaciones artísticas de suma importancia: la cinematografía y el art nouveau. Ambas estaban fascinadas por el movimiento, compartían objetivos y partían de las mismas premisas, en donde la Danza Serpentina de Loie Fuller fue una fuente de inspiración casi inagotable (Sembach, 2002).[2] El ansia de renovación de las ideas estéticas fue notable en la danza, que buscaba una alternativa a las formas canónicas del ballet clásico. Artistas como la propia Fuller, Ruth Saint Denis o Isadora Duncan—considerada como la creadora de la danza moderna— fueron pioneras en la búsqueda de nuevas vías. Renovaron por completo su estética con movimientos más naturales y libres, que solían interpretarse con los pies descalzos (Murga Castro, 2017: 19).[3] Comenzaron a bailar en espacios abiertos, pero también en otro tipo de entornos como los museos (Franko y Lepecki, 2014). En definitiva, trasladaron de nuevo la danza al espacio público acercando a creadores y espectadores entre sí para establecer un diálogo mutuo.
A partir de los años 60, diversas estrellas de la danza estadounidense, —entre ellas Simone Forti, Yvonne Rainer, Trisha Brown y Steven Paxton— empezaron a colaborar con museos como el MoMA. Esto se desarrolló principalmente en las décadas de 1960 y 1970 en Nueva York y, en 2006, se estableció el departamento de medios y performance (Fournié, 2006). Ha permitido incorporara numerosos artistas —como Marina Abramovic, Boris Charmatz, Xavier Le Roy o Jérôme Brel— en diferentes tipos de actuaciones en el espacio público neoyorquino, que se han reproducido desde entonces en numerosas ciudades. De hecho, en los últimos años hemos sido testigos de una presencia cada vez mayor de espectáculos de danza en los principales museos del mundo (Franko y Lepecki, 2014).[4] Los coreógrafos transforman el museo en un teatro efímero, en donde los espectadores forman parte de esta actuación única. Todo ello pone de manifiesto cómo “esta incursión en el espacio público permite desterritorializar el espacio de la danza y da lugar a nuevas formas de aprender el movimiento” (Fournié, 2006: 124). Asimismo, esto demuestra que la llegada de la postmodernidad permitirá obtener un arte verdaderamente público (Duque, 2001: 39), asentando este tipo de actuaciones.
El arte y el espacio público en Riga desde mediados del siglo XIX
En la segunda mitad del siglo XIX, Riga, la ciudad más grande y cosmopolita de las repúblicas bálticas con influencia rusa, alemana y sueca, estaba en pleno ascenso. Su edad de oro coincidió con el despertar nacionalista letón, impulsado para contrarrestar las políticas de rusificación (Stranga, 2008: 95).Su población se cuadriplicó hasta convertirse en el tercer centro industrial y cultural del Imperio Ruso.[5] Pese a estar políticamente dominados por los zares de San Petersburgo, los alemanes del Báltico eran quienes representaban la élite política, comercial y cultural.[6] Fue una época de expansión sin precedentes en su historia, que provocó que la población rural de los alrededores se mudase a la ciudad hasta alcanzar medio millón de habitantes en 1913. Todo ello se vio reflejado en la remodelación urbanística de la ciudad (Krastinš, 2006).
Desde el año 1856 —tras la destrucción de las murallas de la ciudadela— se empezaron a construir amplios bulevares, avenidas y jardines alrededor del centro histórico (Krastinš y Strautmanis, 2004). Se siguieron estrictas medidas en su desarrollo que dotaron a la ciudad de una homogeneidad arquitectónica similar a la de otras capitales europeas como París —el centro artístico-cultural internacional— o Barcelona.[7] En 1876, se estableció el departamento de jardines de Riga, contando con el joven arquitecto paisajista alemán Georg Kuphaldt al frente.[8] Su primer proyecto fue la reconstrucción de la vegetación de Bastejkalns —uno de los seis baluartes de la extinta muralla y, actualmente, uno de los parques más importantes— (Pīra-Rezovska y Tooma, 2017). Desde entonces, este enclave ha estado en constante transformación, reflejando el pasado y futuro de Riga, la transformación de Letonia de nación a estado, así como el mestizaje artístico-cultural a lo largo de su historia. Se ha convertido en el centro neurálgico de la ciudad, destacando la importancia de las interrelaciones del arte con el desarrollo urbano y social de barrios artísticos.
En 1968, se inició una campaña de reconstrucción de los parques y se prestó especial atención a Bastejkalns, arreglando la cascada, los senderoso las terrazas montañosas (Spārītis, 2007). Asimismo, diversas obras de escultores letones —que habían formado parte de otras exposiciones— se exhibieron de forma permanente en este espacio. Una de ellas, es la escultura decorativa Miera deja (Danza de la paz en letón) [fig. 1] de Pārsla Zaļkalne inaugurada en 1970 (Rigas Piemineklu Agentūra, 2021).[9] Esta escultura, realizada en aluminio fundido, tiene una altura de prácticamente dos metros. Muestra a tres jóvenes estilizadas bailando en círculo, que, aunque nos recuerdan al motivo del lienzo La Danse (1910) de Henri Matisse, presentan un dinamismo mucho mayor al introducir formas provenientes de la danza clásica. Mientras la joven situada a derecha ejecuta un battement tendu en avant con su pierna derecha, la que está situada a su izquierda hace este mismo movimiento en arrière. Asimismo, Zaļkalne sitúa a la tercera joven a modo de partenaire de ambas para completar la sensación circular y, con ello, crear un espacio esférico imaginado en su interior. Esta obra está expuesta sobre un plinto, lo que permite al observador apreciar mejor este efecto óptico. También hay que destacarsu cincelado inspirado en las características formas del escultor sueco Carl Milles. Además, podemos apreciar una clara referencia a las Cárites griegas —mas conocidas como las tres Gracias—. Esta pieza se creó como una obra de arte no conflictiva de la era soviética, en donde cualquier acto de una mujer tenía que ocultarse con “una solución de un tema socialmente importante” (Spārītis, 2007: 163).Paradójicamente, sufrió las consecuencias de las Barricadas de 1991 previas a la recuperación de la independencia de Letonia. De hecho, si se observa de cerca se llegan a apreciar los agujeros de bala causados por las ametralladoras soviéticas en esta elegante escultura decorativa letona.
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Fig. 1. Pārsla Zaļkalne. La escultura Danza de la paz en la actualidad, (Agencia de monumentos de Riga) |
Fig. 2. Jiri Ojaver y Jān Tomik. El monumento en honor a Maris Liepa en la actualidad, (The Boris and Inara Teterev Foundation) |
Décadas después, tras haberse asentado la democracia en Letonia, se creó un monumento al legendario bailarín letón Maris Liepa [fig. 2]. Se inauguró el 5 de septiembre de 2013 —con motivo del centésimo quincuagésimo aniversario de la Ópera Nacional de Letonia— y fue un regalo de los conocidos filántropos Boris e Ināra Teterev. Sus creadores fueron los profesores de la Academia de las Artes de Estonia Jiri Ojaver y Jān Tomik —considerado el artista báltico más relevante en la actualidad—, quienes esculpieron esta obra por invitación de su conservadora, la historiadora del arte letona Helēna Demakova (Rigas Piemineklu Agentūra, 2021). Desde que se firmó el proyecto en agosto de 2010,[10] se tardaron casi dos años en concluir esta pieza debido a su gran tamaño —prácticamente cinco metros de altura— y su complejidad técnica, que la convierten en “la obra de arte al aire libre en Riga más importante desde que Letonia recuperó su independencia” (Teterevu Fonds, 2021). Esta escultura está realizada en acero inoxidable sobre una base de granito. Los artistas reprodujeron la inconfundible postura —attitude derrière— de Liepa, proveniente del ballet Espartaco.[11] Esta pieza está cargada de simbolismo. En primer lugar por su emplazamiento, situada a los pies de la Ópera Nacional de Letonia, se encuentra junto al puente que atraviesa el canal de Riga y que une la Ópera con la Universidad de Letonia. En segundo lugar por la posición de sus brazos y su mirada, en donde se aprecia como el izquierdo señala a la fuente situada en el canal, mientras que el derecho apunta directamente al cielo y su cabeza, ligeramente ladeada, dirige la mirada hacia la Ópera. Además, la escultura se apoya sobre un soporte de acero inoxidable, elevándola de tal manera que parece que estuviese volando sobre el canal. Pero a su vez, el pie izquierdo está fusionado al soporte representando las raíces que le seguirán uniendo para siempre a su ciudad natal. Con ello, sus creadores aspiraban no solo a conmemorar el éxito de su hijo pródigo, sino también a convertirlo en un símbolo para los futuros logros del ballet letón (Rigas Piemineklu Agentūra, 2021).
La danza en el espacio público de Riga y su relación con la identidad nacional letona
La danza, la música, la naturaleza y la libertad son los cuatro elementos esenciales de la sociedad letona. El origen del pueblo letón se remonta casi cinco milenios,[12] pese a que el estado de Letonia sea uno de los países europeos más jóvenes tras conseguir su independencia en 1918 (Stranga, 2008). Es bien sabido que el arte y las creencias de un pueblo juegan un papel crucial en su desarrollo socio-cultural. A lo largo de la historia, todas las civilizaciones han creado símbolos mediante los cuales poder interactuar con sus antepasados (Eliade, 1979). En la actualidad, no cabe duda de que su mayor icono —a modo de tótem—es Brīvības Piemineklis (Monumento a la Libertad en letón) [fig. 3],[13] considerado el centro emocional y espiritual de toda la nación, incluyendo la extensa diáspora letona.[14] Esta estatua de grandes dimensiones —cuarenta y dos metros de altura—, está hecha en granito, travertino y cobre (Caune, 2002). Sus esculturas y bajorrelieves muestran diversos episodios de la historia de esta nación, haciendo especial hincapié en los soldados caídos durante la Guerra de la Liberación,[15] mientras que en su pedestal reza la siguiente inscripción: por la patria y por la libertad. Asimismo, este monumento es el punto inicial de la calle Brīvības, cuyos doce kilómetros de longitud la convierten en la columna vertebral urbana de Riga.[16]
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Fig. 3. Kārlis Zāle. El Monumento a la libertad (1935) durante el desfile del último Festival de la Danza y la Canción. 2018, (Centro Nacional de la Cultura en Letonia) |
Fig. 4. Elaboración propia. Plano del centro de Riga, Bastejklans y su figura totémica imaginada. 2021, (Google Maps) |
Si ahondamos en esta metáfora totémica —tomando al cuerpo humano como un referente—, nos permite establecer una conexión directa entre danza, urbanismo y arte público, contemplando “la coherencia de la obra desdeel punto de vista escenográfico y coreográfico” (Remesar, 2002: 38). De este modo, podríamos llegar a apreciar una figura humana en el centro de Riga, partiendo de que el Monumento a la Libertad es su corazón. Así, el parque Bastejkalns se convertiría en sus pulmones a través del triángulo de la libertad de movimiento [fig. 4]—formado por su apreciado icono junto a los otros dos monumentos dedicados a la danza enunciados anteriormente—, que le provee del aire necesario para seguir afrontando su ardua historia. Mientras que hacia el oeste cruza el río Daugava a través de su cuello, el puente de piedra,[17] que nos lleva hasta el recién estrenado edificio de la Biblioteca Nacional de Letonia —también conocido como Gaismas pils (castillo de la luz en letón)—,[18] que representa un continuo fluir de ideas e historias. Y, por último, desde su columna en la calle Brīvības se bifurcan sus diversas extremidades surgidas desde la segunda mitad del siglo XIX, en donde este ensanche modernista representa su transición hacia la vida adulta como ciudad. De hecho, en esta época empezó a formarse la identidad nacional letona. Desde entonces, ha habido hasta tres despertares nacionalistas letones y, en cada uno de ellos, ha surgido una novedad importante en el campo de la danza: el Festival de la Danza y la Canción en la primera, el Ballet Nacional de Letonia tras su independencia en 1918, así como el Festival Internacional de Ballet del Báltico From the Classics to Avant-Gardetras la desintegración de la Unión Soviética. Todo ello pone de manifiesto la importancia que tiene esta disciplina artística en la sociedad letona.
– El primer despertar nacionalista letón y el Festival de la Danza y la Canción de Letonia
Entre los años 1850 y 1880, los jóvenes intelectuales, conocidos como nuevos letones(jaunlatvieši),[19] iniciaron un movimiento literario-cultural con tintes políticos significativos. El despertar nacionalista letón surgió en 1856 tras la publicación de Dziesmiņas, latviešu valodai pārtulkotas (Canciones traducidas al letón) del escritor Juris Alunāns —considerada como la primera traducción importante de poesía clásica extranjera en este idioma (Stranga, 2008)—, así como la creación del periódico en letón más popular denominado Mājas Viesis.[20] No obstante, fue Krišjānis Valdemārs quién se convirtió en su líder espiritual desde la Universidad de Tartu, al organizar diversas reuniones —siendo todavía estudiante— y animando a sus compañeros a estudiar el folclore letón. Bajo su influencia, Krišjānis Barons comenzó a coleccionar desde 1878 las dainas —canciones populares de tradición oral que captan la esencia del pueblo letón—. En 1894, se público la primera edición de Latvju dainas contando con más de 12.800 composiciones. Mientras que en 1915, su opus magna alcanzó un total de 217.996 canciones en ocho volúmenes (Cimdina, 2006). Actualmente, los originales de las composiciones recopiladas de Barons se encuentran en la Biblioteca Nacional de Letonia y han sido incorporadas en el Programa Memoria del Mundo (UNESCO, 2001).
No cabe duda de que uno de los pilares fundamentales para el asentamiento y expansión de la identidad nacional letona fue elFestival de la Danza y la Canción, en donde se interpretan a capella muchas de las canciones recopiladas por este folklorista. Desde 1873,[21] se viene celebrando cada cinco años en diferentes entornos urbanos de Riga y, en su última edición, en 2018, llegó a congregar a medio millón de personas entre sus distintos eventos (LNCC, 2018: 60).[22] Desde sus inicios, ha sido una herramienta socio-cultural —pero también política— de gran valor, cuya misión principal es la de “mantener unido al pueblo letón a través de sus tradiciones culturales, fortaleciendo la unidad e identidad nacional” (LNCC, 2018: 53). En sus orígenes, sirvió para convertir Letonia en una nación; tras su independencia, para celebrar “lo letón”; durante la ocupación soviética fue clave para sobrevivir y tras recuperar su libertad en 1990, ha sido un símbolo para reforzar la unidad.
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Fig. 5. Vil Muhametshin. La ceremonia de clausura del último Festival de la Danza y la Canción. 2018, (Centro Nacional de la Cultura en Letonia) |
Fig. 6. Jānis Romanovskis. El gran concierto de baile del último Festival de la Danza y la Canción. 2018, (Centro Nacional de la Cultura en Letonia) |
La abrumadora y ascendente popularidad de este evento ha supuesto todo un desafío para la infraestructura pública de Riga, pero también un revulsivo para su desarrollo, contribuyendo a la expansión sin precedentes de la capital báltica en la segunda mitad del siglo XIX. Inicialmente, la plaza Esplanāde —muy cercana al Monumento de la Libertad— acogió al festival desde 1888,[23] a excepción de 1938 que se celebró en el parque de la Victoria en la margen izquierda (LNCC, 2018: 16). Sin embargo, a partir de 1950 se construyó un anfiteatroal aire libre específicamente para ello [fig. 5] en un bosque urbano en el barrio de Me?aparks.[24] Esta es una de las primeras ciudad-jardín que surgieron en el mundo (Krastinš, 2006),[25] una utopía moderna que surgió a comienzos del siglo XX en numerosas capitales europeas (Lorente Lorente, 2014: 8).
Entre los eventos más destacados del festival hay que resaltar tres. En el desfile inicial, todos los participantes —representando cada una de las cinco regiones letonas— caminan durante cinco largas horas por la calle Brīvības, mientras el público les aplaude y anima [fig. 4]. En el gran concierto de baile, que se celebra en el estadio multifuncional Daugava, más de quince mil bailarines folclóricos de todas las edades crean un espectacular caleidoscopio de formas geométricas —provenientes de sus antiguas deidades paganas—para narrar una historia [fig. 6].[26] Y por último, la asombrosa ceremonia de clausura aglutina a veinte mil cantantes frente a un público de treinta y cinco mil personas, que celebran su pequeño lugar en el mundo a través del legado de Barons. Todo ello, ha hecho que este festival forme parte del Patrimonio Oral e Intangible de la UNESCO desde 2003. Además, como prueba de la importancia que tiene la música y la danza en el pueblo letón, hay que resaltar que la diáspora letona sigue formando “coros ygrupos de baile alrededordel mundo como un mediode mantener suidentidad cultural y sentirse más cerca de su casa” (LNCC, 2018: 23).
– El segundo despertar nacionalista letón y el Ballet Nacional de Letonia
En 1886, la fundación del periódico Dienas Lapa dio comienzo a un nuevo despertar nacionalista letón denominado Jaunā strāva,[27] que terminaría en la Revolución rusa de 1905.[28] Este movimiento no fue sino una reacción a la política de rusificación desarrollada desde 1885 por el régimen zarista en todas las provincias bálticas. Todo ello, provocaría el cierre temporal de la Universidad de Tartu, “la cuna espiritual de la nación letona” (Stranga, 2008: 95) y la prohibición de la enseñanza del idioma letón en las escuelas. Sin embargo, esto no detuvo a los jaunstrāvnieki en su empeño por crear una nación independiente a partir de la autonomía cultural que habían conseguido. El poeta y oficial Andrejs Pumpurs publicó Lacplesis en 1888, una obra esencial en el imaginario letón que narra el conflicto contra los cruzados alemanes en el siglo XIII, convirtiéndose en un “ejemplo del movimiento romántico-nacionalista” (Cimdina, 2006: 218). Y sobre todo, el poeta y candidato al Premio Nobel Rainis, quien además de ser coeditor de Dienas Lapa entre 1891 y 1896,[29]se convirtió en el dramaturgo letón más destacado (Stranga, 2008) y la figura literaria de este movimiento social y político de izquierdas en busca de su libertad.[30]
Este auge de la identidad nacional de la “comunidad imaginada” local (Anderson, 1993) se vio reflejado en su arquitectura modernista nacionalista romántica. En la capital báltica, se llegaron a edificar ochocientas construcciones art nouveau entre 1899 y 1914, lo que supone aproximadamente un tercio del total de sus edificios céntricos (Krastinš, 2006: 395). A principios del siglo XX, la denominada París del Norte —por el escritor británico Graham Greene—, se encontraba en su mayor esplendor como muestran sus heterogéneos y exuberantes inmuebles. Este estilo, también conocido como norteño, tuvo un papel esencial en el art nouveau local, reflejando el intento de crear una arquitectura específicamente letona. Pese a que floreció durante un período relativamente corto —entre 1905 y 1911— se construyeron alrededor de doscientos cincuenta edificios (Krastinš y Strautmanis, 2004: 15).[31] Sus arquitectos se basaron en el arte popular, los ornamentos etnográficos letones y su arquitectura vernácula. Además, insistieron en que fueran materiales de construcción naturales.
La desaparición del Imperio Ruso tras la Revolución de 1917 y la Primera Guerra Mundial dibujaron un panorama completamente nuevo en Europa. Todo ello, unido a un auge de la identidad nacional de la “comunidad imaginada” letona (Anderson, 1993), favoreció la independencia de este país en 1918.[32] Riga afianzó unas sólidas infraestructuras culturales, entre ellas la Biblioteca Nacional de Letonia, el Museo Nacional de Arte de Letonia (ambos fundados en 1919) y, sobre todo, la Ópera Nacional de Letonia, un edificio majestuoso situado junto al canal de Riga —en el vértice sur del triángulo de la libertad de movimiento, el pulmón señalado anteriormente— en el parque Bastejkalns [fig. 4]. Este edificio, inaugurado en 1863,[33] fue construidoapenas siete años después del inicio de la profunda remodelación urbanística de la ciudadpor el arquitecto Ludwig Bohnstedt (Bite, 2002: 537), para los poderosos alemanes del Báltico. Prueba de ello es que inicialmente este teatro se fundó bajo el nombre de Stadt-Theater in Riga y, desde entonces, la Casa Blanca letona ha sido testigo de los múltiples vaivenes sociales, culturales, históricos y políticos que ha sufrido Riga.[34] Pese a que inicialmente representase “un castillo para la cultura espiritual de la nación alemana” (Sparitis, 2000: 229), rápidamente supuso también un hito para la historia del ballet letón. En las décadas siguientes, diversos maestros de ballet extranjeros se sucedieron uno tras otro hasta tal punto que el ballet “eclipsó a todas las artes escénicas” (Tivums, 2000: 262) suscitando que en 1922 se fundase el Ballet Nacional de Letonia.
Esta compañía estuvo estrechamente vinculada con la política cultural de este país para conseguir su reconocimiento de iure internacional en 1921 (Gerharde-Upeniece, 2008) y, después, para establecerse como una potencia cultural en la Europa de entreguerras. En apenas veinte años hubo hasta seis maestros de ballet diferentes que contribuyeron, en mayor o menor medida, al reconocimiento internacional del ballet letón a través de sus producciones en Riga, pero también con sus giras internacionales. Alexandra Feodorova-Fokin —solista del Ballet Mariinski y cuñada de Mijaíl Fokin— tomó las riendas en 1925 y fue la primera directora en organizar actuaciones fuera de la Ópera de Riga. En 1930, un grupo reducido de solistas bailaron en el recién inaugurado Palais des beaux-arts —un espacio multidisciplinar art déco diseñado por Victor Horta— en Bruselas,[35] así como en el teatro local de Amberes (Balina, 2014: 79).[36] En 1934, Osvalds Lēmanis se convertiría en su director, coreografiando su propia versión de El mercader de Venecia —la tragicomedia de William Shakespeare publicada en 1600—, que estrenaría ese mismo año en la ciudad de los canales en una actuación al aire libre (Balina, 2014: 79), siendo la primera incursión del Ballet Nacional de Letonia en el espacio público europeo.
Sin embargo, el contexto socio-político se estaba oscureciendo y Europa se estaba dirigiendo otra vez hacia el abismo de la guerra. En el mismo año que Lēmanis tomó las riendas del ballet letón, Karlis Ulmanis ejecutó un golpe de estado, alineándose con el resto de totalitarismos europeos y poniendo fin a la próspera etapa democrática en Letonia (Braslina, 2008). Fue el comienzo del aislamiento internacional para este territorio que vería con horror la ocupación de las tropas soviéticas en 1940.[37] La I República de Letonia apenas duró veinte años, su independencia se vio truncada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que daría lugar a medio siglo de represiónsoviética —como consecuencia de las cláusulas del Pacto Ribbentrop-Molotov—. Paradójicamente, bajo esta represión el Ballet Nacional de Letonia se consolidó con una renovada influencia rusa.[38]
– El tercer despertar nacionalista letón yel festival internacional From the Classics to Avant-Garde
La década de los ochenta trajo aires de cambio a los países bálticos. Tras largas décadas de silencio por parte de la comunidad internacional, en 1983 el Parlamento europeo hizo una resolución sobre la situación de Estonia, Letonia y Lituania (Cimdina, 2006). Mientras que laUnión Soviética, capitaneada por Mijaíl Gorbachov, introdujo la reforma de la Perestroika en 1985, lo que supuso una mayor apertura y libertades para sus ciudadanos. Al año siguiente, el debilitado régimen soviético estaba planeando la construcción de una central hidroeléctrica en el río Daugava, así como tres líneas de metro. Esto podría haber ocasionado una destrucción considerable del patrimonio artístico y natural letón, y la prensa local instó a sus ciudadanos a protestar. En este contexto, “el arte se convirtió en un arma poderosa de resistencia no violenta al gobierno comunista cuando se hizo la llamada a la independencia” (Martin y Anttila, 2017: 9), en el tercer despertar nacionalista letón conocido como la Revolución cantante.
Una vez más, los cuatro elementos esenciales de la sociedad letona —la danza, la música, la naturaleza y la libertad— resurgieron desde lo más profundo de sus ciudadanos, avivados por décadas de aversión hacia el régimen soviético. Pese a que se considera que la colocación de flores en el Monumento a la Libertad el 14 de junio de 1987 fue el comienzo de dicho despertar.[39] Dos años antes en el XIX Festival de la Danza y la Canción, se había interpretado la conocida canción Gaismas pils de Jāzeps Vītols, que habla del renacimiento de una nación letona libre (LNCC, 2018: 19). Pese a la censura de las autoridades soviéticas, esta actuación llegó a retransmitirse por televisión, incentivando un nuevo despertar nacionalista (LNCC, 2018). Y el 23 de agosto de 1989 —exactamente cincuenta años después de la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop—, los ciudadanos estonios, letones y lituanos formaron una cadena humana de casi dos millones de personas a lo largo de 670 kilómetros que pedían al mundo su libertad. La Cadena Báltica fue una loable demostración de unidad, que desencadenaría la restauración de su independencia en 1990 y su posterior reconocimiento internacional al año siguiente, tras la disolución de la Unión Soviética (Cimdina, 2006).
Tras la caída del telón de acero, los estados bálticos postsoviéticos —Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Alemania del Este—no lo tuvieron nada fácil para reintegrarse (Martin y Anttila, 2017: 9) en un mundo tan polarizado, como consecuencia de la Guerra Fría. No obstante, la cultura fue un bálsamo para curar sus heridas y reunificar a sus ciudadanos en torno a los eventos culturales que afloraron en el espacio público, facilitando un entorno de reconciliación. En la cultura letona han surgido diversas propuestas en el campo de la danza, en donde “ciertas personas comenzaron a desempeñar su papel en la forma contemporánea de pensar para bailar” (Balode y Gerbutavičiūte, 2015: 211). Entre estas propuestas,[40] hay que resaltar el Festival Internacional de Ballet del Báltico —IBBF por sus siglas en inglés— por aunar la rica herencia de ballet, la pasión por la danza folclórica, así como la pujante danza contemporánea, bajo su eslogan From classics to avant-garde, en diversos entornos del espacio público local.Este festival se celebra cada mes de abril desde 1996 con motivo delDía Internacional de la Danza y, actualmente, “es el evento de ballet más importante del norte de Europa” (Balina, 2018: 778). Su directora artística Lita Beiris —antigua bailarina principal y directora del Ballet Nacional de Letonia— buscaba crear un festival que sirviera como puente entre diferentes culturas y generaciones para desarrollar una mayor cooperación entre los estados bálticos postsoviéticos (Gundega, 2016). Para ello, no solo se programan actuaciones, sino que también hay exposiciones, desfiles de moda o conciertos relacionados con la danza.Entre todos estos eventos, su icónica inauguración anual en el centro comercial de la estación internacional de trenes local [fig. 7], se ha convertido en uno de los preferidos por los rigueses. Esta actuación sin ánimo de lucro es una ceremonia de apertura bulliciosa, alegre y “ciertamente democrática, cuando el fragor diario de la estación de tren se ve reemplazado por algo inesperado y sorprendentemente conmovedor” (Balina, 2018: 778).
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Fig. 7. Evija Trifanova. Bailarines del Ballet Nacional de Letonia interpretando un fragmento del ballet Don Quijote en la estación de trenes de Riga durante el Festival Internacional de Ballet del Báltico. 2013, (Agencia LETA) |
Conforme han ido sucediéndose las diversas ediciones, la oferta de espectáculos ha ido expandiéndose gradualmente hasta dar cabida a un amplio abanico de formas y estilos: desde danzas contemporáneas experimentales, el resurgimiento de numerosos espectáculos de flamenco, así como compañías de ballet estadounidenses (Gundega, 2016).Actualmente, el IBBF se ha convertido en un enclave cultural fundamental de Riga. Con la llegada de la primavera y, tras el largo invierno letón, el público local aguarda ansioso las actuaciones de nuevos artistas procedentes de los lugares más dispares del mundo —hasta ahora procedentes de Japón, Francia, Alemania, Estados Unidos, Rusia, Finlandia, Noruega, Italia o España— (Balina, 2018: 779), que sitúan cada año a la capital báltica en el epicentro de la danza internacional. En 2020, se iban a celebrar sus bodas de plata —en donde tenía previsto participar como bailarín—, pero la pandemia lo suspendió todo a última hora y, la edición de este año, tampoco ha podido celebrarse. Esperemos que, en 2022, con la celebración del centenario del Ballet Nacional de Letonia, se pueda retomar también este festival para seguir demostrando la diversidad de la danza multicultural del siglo XXI (Gundega, 2006).
Conclusiones
La danza siempre ha estado presente en el espacio público y, en el caso de Riga, la danza es además uno de los elementos esenciales de la sociedad letona junto a la música, la naturaleza y la libertad. Todos ellos están presentes en Bastejkalns, parque céntrico donde se encuentrauno de los seis baluartes de la extinta muralla de la ciudadela derribada en 1856 (Pīra-Rezovska y Tooma, 2017) en la profunda remodelación urbanística de la ciudad (Krastinš, 2006). Fue una época de expansión sin precedentes en su historia. Su población se cuadriplicó hasta alcanzar más de medio millón de habitantes en 1913, convirtiéndose en el tercer centro industrial y cultural del Imperio Ruso. En esta época empezó a formarse la identidad nacional letona. Desde entonces, ha habido hasta tres despertares nacionalistas letones y, en cada uno de ellos, ha surgido una institución importante en el campo de la danza.
El Festival de la Danza y la Canción se viene celebrando cada cinco años en diferentes entornos urbanos de Riga desde 1873. Fue una herramienta socio-cultural y política para convertir Letonia en una nación. Tras su independencia ha sido utilizado para celebrar “lo letón”, durante la ocupación soviética para sobrevivir y, tras recuperar su libertad, para fomentar la unidad (LNCC, 2018: 53).Sin embargo, no solo enfatiza la nación letona, sino que es una oda a la humanidad en sí misma. Uno no necesita ser letón para comprender y admirar el valioso legado de las dainas de Krišjānis Barons, cuyas 217.996 canciones han sido incorporadas en el Programa Memoria del Mundo (UNESCO, 2001). Este festival pone de manifiesto cómo, en contraposición a lo que pasó en la Alemania nazi, la cultura está por encima de cualquier régimen totalitario. Y, qué mejor símbolo y alegato al mundo, que celebrarlo sobre el mismo terreno en donde se levantó un campo de concentración en las horas mas oscuras de la humanidad.
El segundo despertar nacionalista letón, denominado Jaunā strāva, se vio reflejado en la arquitectura modernista nacionalista romántica. En la capital báltica, se llegaron a edificar ochocientas construcciones art nouveau entre 1899 y 1914 (Krastinš y Strautmanis, 2004). Como consecuencia surgió el Ballet Nacional de Letonia, que estuvo estrechamente vinculado con la política cultural de este país para conseguir su reconocimiento de iure internacional en 1921 (Gerharde-Upeniece, 2008) y, después, para establecerse como una potencia cultural en la Europa de entreguerras. En apenas veinte años, hubo hasta seis maestros de ballet diferentes que contribuyeron al reconocimiento internacional del ballet letón a través de sus producciones y sus giras internacionales, entre ellas el recién inaugurado Palais des beaux-artsen Bruselas y una actuación al aire libre en Venecia (Balina, 2014: 79), siendo su primera incursión en el espacio público europeo. Desafortunadamente, la I República de Letonia duró tan solo dos décadas, su independencia se vio truncada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Riga fue ocupada tres veces, primero por los soviéticos, después por los nazis hasta que en 1944 fue reconquistada de nuevo por los soviéticos. Pese a que el ballet letón se había alzado como un estandarte de “lo letón”, paradójicamente la compañía se consolidó durante la República Socialista Soviética de Letonia.
Finalmente, el tercer despertar nacionalista letón, conocido como la Revolución cantante, fue la chispa que pondría fin a medio siglo de represiónsoviética. Una vez más, la cultura báltica fue más poderosa que cualquier régimen totalitario ensalzado su pequeño gran lugar en el mundo, en donde surgió la admirable Cadena Báltica. Tras la caída del telón de acero, surgieron diversas propuestas en el campo de la danza para reunificar a la sociedad letona. Entre ellas, el Festival Internacional de Ballet del Báltico que se ha alzado como “el evento de ballet más importante del norte de Europa” (Balina, 2018: 778).Desde su creación en 1996, ha aunado la rica herencia de ballet, la pasión por la danza folclórica, así como la pujante danza contemporánea letona bajo su eslogan From classics to avant-garde. Este festival surgió como un puente entre diferentes culturas y generaciones para desarrollar una mayor cooperación entre los territorios postsoviéticos(Gundega, 2016). Entre su amplio abanico de eventos, destaca su ceremonia de apertura en el centro comercial de la estación internacional de trenes local. Esta ceremonia se ha convertido en uno de los eventos preferidos por los espectadores por su carácter democratizador de la danza, acercándola al gran público.
En definitiva, la danza en Riga, aunque siempre ha estado presente en su espacio público, se ha convertido en un elemento primordial de su identidad nacional. No deja de ser llamativo que las danzas tradicionales se estén institucionalizando, mientras que en el ballet esté ocurriendo lo contrario. Una perspectiva escenográfica y coreográfica de la ciudad (Remesar, 2002) nos permitiría coreografiar y dar forma a Riga a través del movimiento incesante de su urbanismo, creaciones de arte en el espacio público e integrando a sus propios ciudadanos. Partiendo de que el Monumento a la Libertad es su corazón, el parque Bastejkalnssería sus pulmones —a través del triángulo de la libertad de movimiento—, proporcionandoel aire necesario para seguir afrontando su ardua historia. Pase lo que pase, la danza siempre perdurará en Riga.
[1] Hubo otros cinco congresos más que motivaron la creación del Institut International de l´Art Public en 1905.
[2] Esta danza, también conocida como Danse Serpentine, fue intepretada por Fuller entre 1891 y 1915 en escenarios de todo el mundo, dejando boquiabierto al público por los deslumbrantes colores y brillos que mostraba mediante las novedades técnicas mas punteras.
[3] Duncan se inspiró en la antigüedad clásica, lo que podría explicar una posible influencia del ágora, y por consiguiente de la noción de espacio público de la Antigua Grecia,en su obra.
[4] Entre ellos, hay destacar MOVE: Choreographing Youen la Hayward Gallery londinense, Danser sa Vie en el Centre Georges Pompidou en París o Dancing Around the Bride del Museo de Arte de Filadelfia.
[5] Pese a que en términos demográficos era la quinta ciudad después de Moscú, San Petersburgo, Kiev y Varsovia.
[6] Estuvieron presentes tanto en el actual territorio de Estonia como de Letonia. Su influencia se mantuvo durante casi siete siglos, desde que Riga y Tallinn eran importantes capitales de la Liga Hanseática en el siglo XIV hasta el estallido de la Gran guerra.
[7] Se construyeron cientos de inmuebles siguiendo un trazado en damero y la gran mayoría eran obras art nouveau.
[8] Se llegó a convertir en uno de los más influyentes por sus trabajos realizados en todo el Imperio Ruso hasta 1914.
[9]Actualmente es propiedad de la Agencia de monumentos de Riga. Fue restaurada en 2010.
[10] Entre todas sus partes involucradas: el Ministerio de Cultura de la República de Letonia, el Ayuntamiento de Riga, los mecenas y el hijo del artista, Andris Liepa.
[11] Le catapultó a la fama en plena Guerra Fría, convertiéndole en un icono del ballet soviético.
[12] El grupo étnico letón es el pueblo báltico nativo de Letonia. Los primeros vestigios datan del III milenio A.C. Letonia siempre ha sido un territorio geoestratégico siendo disputado por las grandes potencias de su alrededor, así como un importante enclave comercial, formando parte de la Ruta del Ámbar durante el Imperio Romano o de la Liga Hanseática en el siglo XIII.
[13] Durante la Unión Soviética, se intentó derribar en varias ocasiones, aunque nunca se consiguió.
[14] Actualmente, hay casi 400.000 letones exiliados como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y la posterior ocupación soviética. Si tenemos en cuenta que Letonia tiene poco menos de dos millones de habitantes, y que un 25% de ellos pertenecen a la etnia rusa —que llegó como consecuencia de las políticas de rusificación soviética—, es una cifra realmente elevada.
[15] Un conflicto entre alemanes y soviéticos que luchaban por controlar la recién independizada Letonia,mientras que los letones se defendían de sus opresores. Tuvo lugar recién terminada la Gran Guerra.
[16] Ha tenido muchos otros nombres dependiendo de si la ciudad estuviera bajo dominación alemana —Große Sandstraße y Alexanderstraße— o rusa —Ļeņina iela y Aleksandrovskaya ulitsa—.
[17] Anteriormente conocido como Puente de Octubre hasta 1992, en referencia a la Revolución bolchevique de 1917.
[18] En referencia a todo el conocimiento perdido durante sus innumerables guerras e invasiones y que desde su inauguración en 2014, se pretende poner en valor toda la literatura, historia y sabiduría de este pueblo milenario a través de los más de cuatro millones de volúmenes con los que cuenta.
[19] Este movimiento se inspiró en el grupo Joven Alemania (Junges Deutschland en alemán), surgido a comienzos del siglo XIX bajo el liderazgo del conocido poeta y ensayista Heinrich Heine.
[20] Su tirada se mantuvo hasta el año 1910 y contrarrestaba la opinión del diario Latviešu Avīzes, afín a los poderosos alemanes del báltico.
[21] Aunque el festival de danza se incluyó a partir de la edición de 1948.
[22] Además, es uno de los eventos corales y de baile más grandes del mundo.
[23] En las dos primeras ediciones, el festival se celebró en el interior del céntrico edificio de la Sociedad Letona en Riga.
[24] Durante la Segunda Guerra Mundial, el campo de concentración nazi Kaiserwald estuvo situado aquí.
[25] En 1901, con motivo del 700º aniversario de la ciudad de Riga, se decidió hacer de este entorno un parque público. Al año siguiente, se iniciaron las obras y en 1908 ya estaban las primeras villas. Como curiosidad, las calles llevan nombre de las ciudades miembro de la Liga Hanseática.
[26] En la última edición, se interpretó la historia de Letonia desde que estuvo habitada por las tribus bálticas hasta su independencia.
[27] En español se traduciría como la nueva corriente y sus participantes jaunstrāvnieki como los recién llegados.
[28] Dos décadas después, el cineasta soviético nacido en Riga, Sergei Eisenstein plasmaría el descontento del pueblo de Odesa hacia sus dirigentes en el Acorazado Potemkin (1925).
[29] Este diario fue clausurado por la censura del Imperio Ruso en 1905, debido a su ideología socialdemócrata.
[30] Tras asistir en 1893 al congreso de la Segunda Internacional en Zurich, trajo consigo las obras de Karl Marx, Friedrich Engels y Karl Kautsky, que se convertirían en la semilla del Partido Socialdemócrata de Letonia.
[31] Una tercera parte del conjunto de la arquitectura modernista de Riga.
[32] El 18 de noviembre se proclamó la República de Letonia sobre el escenario del teatro ruso denominado Rīgas pilsētas Otraisteātris(actualmente denominado Teatro Nacional de Letonia).
[33] Justo diez años antes que el primer Festival de la Danza y la Canción.
[34] Ha modificado su apelativo hasta en veintiún ocasiones.
[35] En estas actuaciones bailaron Helena Tangijeva-Birzniece, Melanija Lence, Natalija Cveiberga, Ei?ensLešcevskis y Osvalds Lēmanis.
[36] Pese a que no se conoce con exactitud, podría tratarse tanto de la Vlamse Ópera (inaugurada en 1907) o del teatro Bourla (inaugurado en 1834).
[37] Paradójicamente, la Unión Soviética había sido el primer estado en reconocer a Letonia como estado en 1920, renunciando a toda pretensión sobre este territorio. Dos décadas después, incumplió su palabra.
[38] En este aspecto, es de gran relevancia conocer las publicaciones acerca del ballet letón bajo la represión soviética (entre ellas los volúmenes de Tihonovs o Voskresenska), en donde se puede apreciar una visión muy sesgada de su historia potenciando la influencia rusa de ideología comunista y omitiendo todas aquellas contribuciones provenientes de los Ballets Russes de Diaghilev.
[39] Al año siguiente, surgieron los movimientos políticos Frente Popular y el Movimiento de Independencia Nacional de Letonia.
[40] Hay que resaltar también el festival Fouetté (1990-1991), el festival internacional Ballet Stars in Jurmala o el festival internacional de danza contemporánea Time to Dance (ambos desde 1998).









