Pinturas de Emilio González Sainz

El pasado día 24 de septiembre el artista cántabro Emilio González Sainz presentó nueva exposición en la sala “Francisco de Goya” de la UNED de Barbastro (Huesca). Con el título de “Paisajes del nuevo limbo”, resulta un conjunto muy unitario de pinturas –óleos sobre soportes diversos de tamaños medianos y pequeños– resueltas con un lenguaje expresivo muy particular e identificable.

Nacido en Torrelavega en 1961, licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco y considerado como uno de los artistas cántabros más interesantes de los últimos años, González Sainz exhibe en la capital del Somontano un total de 38 pinturas realizadas entre 2016 y 2019. Se trata de una muestra que, en realidad, remite a alguna de las primeras exposiciones realizadas por el pintor a principios de los 90, muy especialmente a la titulada precisamente “Limbo”. Son paisajes –si así pudieran denominarse– muy preciosistas y jugosos por la cantidad y variedad de sus detalles figurativos que construyen un mundo muy personal a medio camino entre lo cotidiano y lo maravilloso, entre lo experimentado y lo soñado. El artista retoma y recrea, sin complejos y con resultados magníficos, un conjunto de afinidades electivas de la historia de la pintura, en un proceso al servicio del desarrollo de una estética fuertemente integradora que se ve potenciada y enriquecida sutilmente, a nivel compositivo y formal, por múltiples juegos de contraposición dialéctica.

Las atmósferas verdinosas o gris azuladas que normalmente protagonizan las atractivas composiciones del artista nos sitúan en un espacio liminar y ambiguo, un tiempo crepuscular entre el día y la noche propicio a los cambios y a las transformaciones, a la irrupción de lo extraño y lo “maravilloso” en alas de lo onírico. Son atmósferas líquidas y algo inestables que saben también trasladar al espectador esa inequívoca sensación de melancolía característica de lo “norteño”, esa emoción contenida y sosegada propia de los paisajes neblinosos y húmedos de la campiña próxima a la cornisa cantábrica, ámbito vital y creativo del artista desde hace años.

Las sugerencias del paisaje “real” vislumbrado por el artista en sus paseos diarios, es decir, ciertos aspectos autobiográficos, se conforman como base esencial de una pintura de cualidades supuestamente narrativas o descriptivas. Aunque, en realidad, la narración o las diversas narraciones superpuestas trufadas de suculentos detalles que plantean estos cuadros no son más que un pretexto, un vehículo que permite a González Sainz disfrutar con fruición de la práctica pictórica tanto como sondear aquello que se sitúa más allá de la apariencia sensible de los fenómenos, de la fisicidad tangible, y tiende a buscar –al modo en que el Surrealismo histórico ya reivindicara– una idea de infinitud, a expresar la consciencia de ese enigma que son, para él como para muchos de nosotros, el mundo y la existencia humana…

Estas búsquedas e intenciones se ponen de mayor relevancia en algunas de sus obras más recientes: sus escenas, además de permanecer abiertas a múltiples interpretaciones por parte del espectador –al que siempre “exigen” un papel activo para ser “completadas”– recurren a la elipsis y se pueblan de fragmentos que sugieren la mágica plasmación de “la parte por el todo”, o de figuras semiocultas por un vacío activo, como si una porción de aire se hubiera vuelto inexplicablemente opaca. También, como bien señala en su texto del catálogo editado al efecto el profesor Francisco Javier San Martín, “ha profundizado ahora el pintor en la representación simultánea de diferentes puntos de vista que provocan en el espectador cierta desorientación narrativa y que potencia el carácter abstracto de los cuadros”.

A nivel creativo, González Sainz prefiere mantenerse en ese “limbo” que da sentido al título de la exposición, entendido este como un espacio híbrido y revelador que le permite ser él mismo con más claridad, con toda la energía, según él mismo ha explicado en alguna ocasión: “Y así van saliendo estos cuadros. Son cuadros de la Tierra y del Cielo. Del Limbo. No sé de dónde. Pero lo que sé es que soy yo. Lo que sale en los cuadros soy yo. Siempre soy yo. No sé por qué lo sé pero lo sé”.

En efecto, el artista sabe construir en su pintura un universo pictórico fragmentario y cambiante y, a la vez, extrañamente unitario, como suspendido “entre el cielo y la tierra”. Una nueva realidad tan resbaladiza, huidiza y espiritual, como concreta, material y plenamente inmersa en el desarrollo prosaico de la vida. Es por ello que sus figuraciones parecen levitar y desplazarse en lo aéreo, al tiempo que se mantienen detenidas como imantadas por lo telúrico, alargarse en la estricta observancia de amplios horizontes que todo lo determinan, sugerir ligereza o levedad en sus apariencias cercanas a lo fantasmal mientras, extrañamente, concretan sus formas o definen sus contornos hasta el punto de transformarse a veces en meras siluetas planas de concisa expresión. Este tipo de dicotomías son fundamentales en los trabajos del cántabro: entre lo vertical y lo horizontal, entre lo pesado y lo ligero, entre lo simple y lo complejo, entre lo reconocible-lógico y lo disruptivo, entre la transparencia de lo aéreo y la saturación, nitidez y volumetría de algunos de los elementos representados. Su resolución es magistral en cuanto que todo queda integrado conformando un universo sereno, apacible, sin fracturas ni contradicciones..

Como se ha señalado, González Sainz potencia aún más la fuerza de esta poética espacial hondamente lírica poniendo en juego todo un elenco de querencias personales en el terreno de la cultura. Sus formulaciones pictóricas integran y combinan ciertas demostraciones de admiración hacia determinadas estéticas o artistas que no pasan desapercibidas al espectador más o menos avezado. Esa es precisamente su finalidad y su sentido: reformularse y confluir, con gran sensibilidad, en una nueva realidad pictórica presidida por la simultaneidad de tiempos y espacios que es, tanto territorio común abierto a lo emocional y a lo reflexivo, como espacio de intimidad y autoconocimiento del propio artista.

Así, con toda naturalidad y absoluta libertad, Emilio González Sainz trae al plano de representación, reformula y combina con recursos procedentes de su propia imaginación ciertos ecos de las vanguardias abstractas, peculiaridades del bodegón cubista, detalles de raigambre quattrocentista, guiños más que evidentes a la Pintura “metafísica”, al Surrealismo histórico o a la pintura “Naif”, acentos de la escuela paisajística vasca, resonancias de Miró, El Bosco, Giorgio de Chirico, Morandi, Marx Ernst, Paul Delvaux, Georges Braque, Juan Gris, Caspar David Friedrich, Rousseau “El Aduanero”, Pieter Brueghel el Viejo o Claudio de Lorena, entre otras muchas posibilidades.

Sin duda la de Barbastro es una magnífica exposición que se completa con la edición al efecto de un buen catálogo editado con la colaboración de la Galería Siboney de Santander y el apoyo del Gobierno de Cantabria con un magnífico texto del profesor Francisco Javier San Martín que, a partir de una narración clara y reflexiva, nos invita a internarnos en la pintura de este artista que sigue apostando por la pintura como disciplina preferente en una renovación que consigue grandes logros y se demuestra absolutamente vigente.

Sala Francisco de Goya, UNED de Barbastro

Número 52

Septiembre 2020
Juan Ignacio BERNUÉS SANZ
Doctor Europeo en Historia del Arte, Miembro de AACA y AECA
Fecha de recepción: 29/9/20
Fecha de aceptación: 29/9/20
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