Tras los duros meses de confinamiento, la galería Cristina Marín ha abierto de nuevo sus puertas con una apuesta fuerte, pues vuelve a ofrecernos una exposición monográfica de Víctor Mira, uno de sus artistas favoritos. El éxito parece seguro, pues hay precios para todos los bolsillos en un florilegio variado para todos los gustos, con todo tipo de obras icónicas datadas en la etapa triunfal del artista, pues hay algunas de la década de los ochenta pero sobre todo están bien representados los noventa y los pocos años del nuevo milenio anteriores a su muerte en 2003. La pièce de résistance es un enorme cuadro de casi 4 metros de largo titulado Noche de San Juan, muy apropiadamente escogido para protagonizar –fragmentariamente– el cartel de la exposición, pues su tema viene muy a cuento para las fechas en que se ha inaugurado la muestra. También su carácter festivo casa bien con el tono optimista con el que se aborda esta importante selección de pinturas, estampas, esculturas y objetos; porque si a un lado de la entrada han colocado ese enorme lienzo tan colorista, presidido por una evocación de las manos rojas y negras de las pinturas rupestres, al otro lado nos recibe otra iconografía típica de aquellas cuevas prehistóricas: un ciervo de joven cornamenta con la boca abierta de la que, en vez del sonoro bramido de la berrea, emana un rastro como de babas conducente a un gran corazón, de ahí su título socarrón, Aliento enamorado. Esta especie de fábula se conjuga muy bien con el gran tríptico vecino, Caperucita Roja, en el que el argumento del famoso cuento se resume en tres escenas donde tanto el lobo como la muchacha y un elenco de figurantes parecen muy cercanos al registro estilístico postmoderno de la corriente Die Neuen Wilden. Igualmente estaba muy en sintonía con esa estética neoexpresionista alemana la serie “Antihéroes”, estupendamente representada aquí con una pintura-collage en la que Víctor Mira pegó telas, tierra, una cuchara de madera, unas gafas u otros objetos, pero también pertenecen a esa misma serie dos hermosos paneles pintados de filiación surrealista colocados sobre una mesa. A partir de ahí vamos encontrando el repertorio más conocido de este artista de persistente melancólica neofiguración, siempre repleta de citas culturales: los estilitas, los comedores de patatas, las montañas, la muerte, las cruces, etc. De hecho, en el muro cabecero del espacio interior de la galería se ha colgado uno de sus cuadros más célebres, por las importantes exposiciones en las que ha figurado pero también por su tema: Teorema del arquitecto. Y en la sala interior se han dispuesto las obras sombrías de la serie “Bach Cantata”, muy características de su poética más intimista y fuliginosa. No es mal colofón para un homenaje siempre oportuno a este malogrado artista aragonés que alcanzó gran proyección internacional y que en su tierra siempre estamos encantados de redescubrir.


