De entre los artistas que se decantan por la pintura como medio plástico, los hay que siguen apostando por la tradición y la tríada configurada por los géneros del paisaje, la figura y el bodegón; también los que confían en las directrices contemporáneas de la pintura expandida o monocromática, y por último, los que se mantienen en equilibrio entre ambas aptitudes, apreciando la herencia de la historia del arte en sus diferentes fases desde el interés por las tendencias más actuales y radicales en el uso del color. En este último grupo parece encontrarse el onubense Pablo Merchante (Bollullos Par del Condado, 1979), quien desde el pasado 24 de octubre expone su muestra individual Goza cuello, cabello, en la galería sevillana Di Art Gallery.
Si bien hasta hace algunos años su pintura se desarrollaba en torno a la identidad del individuo desde una óptica borrosa en la creación de sus rostros, en la actualidad por el contrario son los rasgos de la cabeza los que insuflan a las pinturas la esencia más descriptiva y sensual de sus modelos. Mientras que en sus obras de 2015 para la muestra colectiva Podría ser cualquiera de nosotros, los sujetos eran construidos como partes del propio escenario urbano, obras recientes como D. Gordon II o That´s swaggy consiguen en cambio estimular nuestra percepción a través de algunos detalles precisos que se vuelven aún más sugerentes en un contexto de formas y colores disueltos. Merchante parece de esta manera perseguir el propósito de Frenhofer en La obra maestra desconocida, tratando de reproducir la belleza de un detalle vivo y rescatado entre la maraña de pentimentos y gestos superpuestos.
La evolución de las obras sitúa al joven artista en un estado de gran expectación, ya que para los que seguimos su trayectoria, puede tomar a su antojo las aportaciones de maestros de la pintura figurativa sin dejar de atender a las puertas abiertas por Tuymans, Miki Leal, Newman, Ángela de la Cruz o Miguel Ángel Tornero. La estrategia que sigue le lleva al fragmento como canalizador de sus intereses, la autorreferencia de la propia pintura, permitiéndole trabajar la figuración desde la materialidad del pigmento, la inclusión del texto y la ruptura de las formas estudiadas en la realidad. Así se advierte en obras como Pink in the deep u Oasis Horror, donde los tonos rojizos y verdosos son potenciados por los espacios inmaculados de la tela que divide la imagen, reivindicando finalmente la autonomía de la pintura como realidad misma. Sus préstamos son en ocasiones indiscriminados, aproximándose en obras como La moldava al retrato que pintó Picasso de su mujer Olga sentada en un sillón, o en Fragmento, un pequeño lienzo en el que parece haberse atendido al efecto en exceso del flash en la fotografía.


