De la luna al manicomio

Final y comienzo de temporada en la galería La Casa Amarilla con dos exposiciones colectivas en el que las que la mujer se erige en sujeto –con una mayoría de artistas convocadas–, y objeto –de estudio, reflexión y análisis–. La influencia de la luna sobre la cabeza de las mujeres, reunió la obra de cinco artistas: Louisa Holecz, Sandra Moneny, Charo Pradas, Sara Quintero –ya presente con la galería en la última edición de la feria madrileña Drawing Room– y Marina Vargas. Cinco mujeres bajo la influencia del satélite, como las que danzan en círculo con medias lunas provistas de un ojo sobre sus cabezas en el grabado anónimo francés de mediados del siglo XVII del que parte el proyecto. Mucho antes, hacia el 2000 a. C., recuerda Chus Tudelilla en la hoja de sala, desaparecieron las historias sobre la Luna, las primeras registradas, y con ellas las de la Diosa. Se impuso el Sol y, con él, Dios; en masculino.

La muestra arranca con, La Luna, una de las grandes cartas del tarot pintadas por la artista Marina Vargas para la exposición Las líneas del destino del Museo ABC de Madrid. Junto a esta, los materiales que inspiraron la composición final. En  Huerco III, de Charo Pradas, resuena la forma de los astros, si bien no flotan en el vacío sino que nadan en fluidos. Sangre. El propio título alude a tristeza, llanto, oscuridad y muerte. Las inagotables posibilidades que ofrece el vidrio como material caracterizan la obra de Sandra Moneny. Lunas negras, una lluvia de lágrimas, cuencos receptores y vainas de semillas. Estas últimas, de una delicada organicidad transparente, anuncian vida. Balance de opuestos. A ambos lados, dos grandes lienzos pintados por Luisa Holecz, en los que las imágenes originales de bosques se transforman en un entramado de minuciosos trazos que desafían nuestra percepción en un juego de enfoques y desenfoques, planitud y profundidad. Otra obra de esta misma serie pudo verse este verano en la exposición que reunía las obras presentadas a la XXX edición del premio Santa Isabel de Portugal. Destacaba poderosamente sobre el resto, aunque el jurado no supiera verlo. Sandra Quintero, por último, interviene con sus dibujos sobre tres grabados antiguos de manera tan sutil que apenas permite diferenciar dónde comienza su trabajo. Incorpora las mareas al grabado que da título al proyecto, cerrando una tríada con las mujeres y la luna; y rinde homenaje a otras dos “lunáticas”: Enheduanna, primera escritora conocida, sacerdotisa de Nannar, dios mesopotámico de la Luna, y la partera alemana Justine Siegemund, autora de un influyente manual de obstetricia publicado en 1690.

La tradicional asociación entre la luna y la locura parece vehicular la transición al siguiente proyecto presentado en la galería, Viaje al manicomio. En una coherencia programática, fruto de una estricta labor de comisariado, que es seña de identidad de este espacio. “Recuperar los nombres y las voces de algunas de las mujeres creadoras que por ser consideradas locas fueron silenciadas o expulsadas del cuerpo social y político establecido”, es uno de los objetivos del proyecto. Se cita a Leonora Carrington, Alejandra Pizarnik, Lucia Joyce, Unica Zürn, Zelda Fitzgerald, Yayoi Kusama, Elsa von Freytag-Loringhoven, Anne Sexton, Sylvia Plath, Camille Claudel o Dora Maar. Y el listado queda lejos de agotarse. Todas ellas fueron diagnosticadas y tratadas, en ocasiones a la fuerza y sin motivo que lo justificase. Vivieron encierros, aislamiento y se vieron eclipsadas mientras sus compañeros masculinos eran tratados simplemente como excéntricos, cuando no como genios. Algunas solo encontraron una salida en el suicidio.

Leonora Carrington, nos cuenta la hoja de sala, compartió con André Breton su miedo a perder la cabeza. “Desafía y vencerás”, le aconsejó este. No siempre era así, como él bien sabía. Léona Delcourt, su Nadja, de la que apenas nos han llegado algunos dibujos y cartas, fue arrestada por la policía tras sufrir una crisis de ansiedad en 1927 e internada en un psiquiátrico por depresión, tristeza e inquietud. Allí murió en 1941, probablemente por la epidemia de tifus que agravó la desnutrición crónica que sufrían los pacientes mentales como consecuencia del exterminio por hambre decretado por el gobierno de Vichy.

Repiten en este nuevo proyecto Pradas, con unos dibujos automáticos de ascendencia surrealista; Quintero, que en esta ocasión rinde homenaje con sus dibujos a Carrington, cercada por el agua, el poder masculino y las hienas; Holecz, que desafía a fijar la mirada sobre la superficie de su lienzo Cloto, en alusión a la famosa escultura de Claudel y sus largos años de internamiento; y Moneny, con dibujos de flores utilizadas para aplacar los miedos que rememoran una experiencia personal. Como también son íntimos los mensajes contenidos en las obras de Carmen Calvo, Premio Nacional de Artes Plásticas en 2013, “La pintura la volverá loca” y “Ausente”; y el desafiante autorretrato La mirada, de Mary Sales. Ambas colaboran por primera vez con la galería. Marta L. Lázaro dedica su vídeo a la poesía de Dora Maar, mientras que la performer María Gimeno trata en el suyo de mantener el equilibrio. Sin éxito.

Cada uno de los ensamblajes de Nacho Bolea presenta pequeñas variantes que aluden a la personalidad de las creadoras en que se inspiran, mientras que Fernando Martín Godoy retrata el desdoblamiento de género que acometió la Baronesa dadá, von Freytag-Loringhoven, con sus pioneras performance. Almalé y Bondía crean laberintos en mitad de la naturaleza. Quedar atrapada en uno no es algo accidental, hay un diseño, una compleja red de estructuras –sociales, culturales, políticas– pensadas para dificultar la salida.

Chechu Álava reúne de nuevo a dos poetas que compartieron tiempo y fatal desenlace: Anne Sexton y Sylvia Plath. Esta última narró a través de la protagonista de La campana de cristal sus propias vivencias:

El doctor Gordon me estaba colocando una placa de metal a cada lado de la cabeza. Las sujetó en su sitio con la hebilla de una correa que se me incrustaba en la frente, y me dio un alambre para que mordiera.

Cerré los ojos.

Se produjo un breve silencio, como cuando se contiene el aliento.

Entonces algo se inclinó y se apoderó de mí y me sacudió como si fuera el fin del mundo. Vi-i-i-i-i, chillaba, a través de un aire crepitante de luz azul y con cada relámpago un gran estremecimiento me vapuleaba hasta que pensé que se me romperían los huesos y que la savia se iba a derramar de mí como de una planta partida en dos.

Me pregunté que cosa tan terrible había hecho.

Galería La Casa Amarilla, Zaragoza

Número 48

Septiembre 2019
Alberto CASTÁN CHOCARRO
Miembro de AACA y AECA
Fecha de recepción: 26/9/19
Fecha de aceptación: 29/9/19
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