Con la muestra monográfica sobre Zuloaga, la exposición sobre vídeo y fotografía de la familia Zubiaurre y la presentación de los Goyas de Zubieta, el Museo de Bellas Artes de Bilbao ha llevado a cabo en los últimos meses una fuerte apuesta por el patrimonio vinculado al País Vasco. Zuloaga no podía quedar fuera de esta selección, por lo que el museo ha decidido dedicarle por primera vez una gran exposición, un ambicioso proyecto que pretende abarcar todas las fases de su biografía artística, desde sus obras de juventud, hasta las realizadas poco antes de morir.
La selección de fondos permite al público comprender rápidamente el proceso evolutivo de Ignacio Zuloaga, desde las primeras obras de juventud inspiradas por el impresionismo francés, pasando luego por una fase cercana al simbolismo, relacionable con artistas europeos como Gauguin, hasta llegar a la pintura realista, una expresión más de las pulsiones noventayochistas que marcaron su producción. Un valor añadido es la rareza de estos cuadros, muchos de ellos pertenecientes a colecciones privadas y muy escasamente difundidos, por lo que la muestra constituye una buena oportunidad para conocerlos. También hay obras pertenecientes a museos de fuera de España, como el de la Hispanic Society de Nueva York, el Santa Barbara Museum of Art, el Musée d’Orsay o, centros nacionales como el MNAC o el Reina Sofía.
La exposición queda articulada en quince espacios, desde sus cuadros de juventud hasta el final de su vida, pasando por las ciudades que marcaron su plástica: París, Sevilla, Segovia, etc. También se dedican varios espacios a los géneros pictóricos abordados por el artista, fundamentalmente el retrato y el paisaje. Habitualmente, en sus retratos masculinos o femeninos también otorgaba un gran protagonismo al paisaje, por lo que ambos géneros siempre mantuvieron una ligazón en su obra. También son interesantes los retratos en los que representó a sus primas: Cándida, Esperanza y Teodora, hijas de su tío Daniel Zuloaga, con el que mantuvo una estrechísima relación, fundamental para comprender el arte de ambos. Sus primas fueron fuente de inspiración en numerosas ocasiones, en las que el pintor de Éibar las representó como majas goyescas. Otro espacio aparece destinado a explicar los vínculos de Zuloaga con la escuela pictórica española, otro aspecto fundamental para comprender las características de su arte, inspirado en Velázquez, El Greco y Goya.
La gran diversidad de instituciones que han realizado préstamos para esta exposición revela la amplia difusión de las obras de Zuloaga en colecciones de todo el mundo. Esta circunstancia se debe a la habilidad que demostró el artista para comercializar su obra en un mercado del arte internacional, muy potente en las primeras décadas del siglo XX. Es importante señalar que sus obras triunfaron antes en el extranjero, puesto que desde España fueron interpretadas como grotescas visiones de la España Negra, en un momento de grave crisis social e intelectual tras el Desastre del 98. Finalmente, el público y las instituciones acabaron por reconocer la gran valía de este artista, que acabó convirtiéndose en el retratista favorito de la alta sociedad española, tal y como se recoge en la parte final de esta muestra.
En esta última sección se muestra la evolución final de Zuloaga hacia un colorido más brillante y hacia un paisaje más descompuesto como se aprecia en sus vistas de Castilla, Navarra, Aragón o La Rioja. Interesante dentro de su producción de los años 30 es la titulada Casa del Obispo de Tarazona (h. 1930-1935) perteneciente a una colección particular. En ella demuestra cómo, a pesar del paso del tiempo y de su propia evolución estilística, su interés por la España rural y su búsqueda de la autenticidad no fueron abandonados nunca.
En esos años finales, Zuloaga demostró una deriva hacia el tradicionalismo propio de la posguerra, llegando a retratar al dictador Francisco Franco. Es en ese contexto donde debemos enmarcar su vista de Toledo con la explosión del Alcázar, un cuadro perteneciente a la Guerra Civil, contienda en la que Zuloaga tomó partido por el bando sublevado. En ocasiones ese pasaje de su biografía artística ha sido silenciado, por lo que ese cuadro ambientado en la guerra nos recuerda cuál fue la deriva artística final de un pintor tan célebre.
La muestra ha sido comisariada por Javier Novo González, conservador del Museo de Bellas Artes de Bilbao y por Mikel Lertxundi Galiana, comisario independiente. Vino acompañada de una serie de conferencias a propósito del pintor vasco y de un ciclo de cine coordinado por el director y guionista José Julián Bakedano, con adaptaciones cinematográficas de obras literarias de la época de Zuloaga: La tía Tula, de Unamuno; Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja;Sonatas (Las aventuras del marqués de Bradomín) de Valle-Inclán o La Laguna Negra, basada en un poema de Antonio Machado recogido en Campos de Castilla. Todas ellas contribuyen sin duda a la inmersión en esa España atávica retratada por el pintor de Éibar.


