Boldini y la pintura española decimonónica: relaciones e influencia

“El artista, como el literato, debe pertenecer a su tiempo: solo así pasarán sus obras a la posteridad”, afirmaba el filósofo y político francés Pierre Joseph Proudhon, así lo confirman las obras que pueden verse en la exposición El espíritu de una época. Boldini y la pintura española a finales del siglo XIX, que la Fundación Mapfre, acaba de inaugurar en su madrileña sala Recoletos. Las pinturas reunidas expresan un tiempo que “ya fue”, pero que sin embargo nos resulta tremendamente familiar. Durante su estancia en Florencia, entre 1864 y 1870, Giovanni Boldini frecuenta a la alta burguesía y la nobleza internacional. El espíritu teatral, unido al amor por lo exótico que encarnaba entonces Fortuny, lo lleva a enfrentarse con desenvoltura al pequeño cuadro de género,  no olvidemos que los pintores trataron, en gran medida, de responder a las necesidades del gusto burgués. La nueva clase en alza se deleita coleccionado obras que pueden verse en sus gabinetes, estudios o salones, y que reflejan una condición social y un poder adquisitivo recientemente alcanzado. Durante este período, Boldini trabaja junto con el grupo de los macchiaioli, un conjunto de artistas que practican una pintura de lo verdadero, lo real mediante pinceladas ágiles y sutiles, capaces de subvertir las reglas del género y de dotar a sus figuras de una frescura renovada y unas intensas cualidades expresivas. Son los años en los que Boldini emprende el fundamental camino de renovación de la pintura italiana, un camino repleto de renuncias y tribulaciones, soportadas en nombre de los nuevos principios estéticos y de los fuertes ideales patrióticos; un camino por el que Boldini se deja llevar a su pesar.

En la segunda mitad del siglo XIX, París sustituyó a la capital italiana y se convirtió en la cuna del arte moderno. El desarrollo económico y social de la capital francesa, sus salones literarios, artísticos e institucionales, la importancia de los coleccionistas y del comercio del arte, la atención que prestaba la prensa a los acontecimientos artísticos son algunas de las causas que determinaron su importancia creciente. La capital francesa es para Boldini un punto de llegada, el objetivo por alcanzar; es la capital mundial del lujo y la elegancia como trampolín para conseguir dinero y éxito. París iba señalando a un tiempo nuevos mitos (la moda y el chic), nuevas tipologías de individuos, nuevos estilos de vida, renovando radicalmente su imagen. La ciudad se refleja y reconoce en las pequeñas pinturas vibrantes de figuras y de movimiento que el ferrarés realiza con mano extraordinariamente hábil. Desde principios de los años 1880, Boldini retrata figuras femeninas de media figura, plenas de vida y color, con rostros que denotan un mayor cuidado por la caracterización que por la introspección psicológica. Estos aspectos de su producción demuestran cómo se refuerzan sus vínculos personales con la colonia española activa en París, en particular con Raimundo de Madrazo, Eduardo Zamacois, Joaquín Sorolla, o Mariano Fortuny. Pero ahí no acaba la relación entre el pintor italiano y nuestro país. En septiembre de 1889 Boldini emprendió un viaje a España en compañía de su amigo Edgar Degas. De la visita que ambos realizaron al Museo del Prado y de la admiración que les causaron las obras de Velázquez, dará buena cuenta el artista italiano en sus retratos velazqueños. A finales del año 1898, el pintor ferrarés retrataba en su taller del Boulevard Berthier a la infanta Eulalia de Borbón, hija menor de Isabel II. Este relevante retrato fue expuesto en diversas muestras del pintor, quien lo atesoró en vida. A pesar de ello, esta pieza clave de la relación entre el artista y España no fue reseñada por la prensa, por lo que gozó de escasa fortuna en nuestro país.

La imagen de las distintas clases sociales, y en concreto la de la clase burguesa dominante, adquiere durante el fin de siglo gran popularidad. El retrato, era un modo de reconocimiento social y, para el que lo encargaba, una manera de retratarse a sí mismo. Tanto era así que, si el pintor al que se le hacía el encargo alcanzaba gran notoriedad, su estilo y forma de vida podían llegar a ser similares a los de sus clientes. Todos estos artistas trataron de modernizar un género que, por su propia naturaleza, estaba íntimamente ligado al pasado y realizaron entre todos una galería de retratos, a medio camino entre la tradición y la innovación, que transmite de forma certera el espíritu de una época. En 1897, cuando Giovanni Boldini desembarca en Nueva York para exponer en la filial de la galería francesa Boussod et Valadon, en la Quinta Avenida, ya era conocido por su primera «manera francesa». Su extraordinaria capacidad para captar su época. Más que una capacidad es un don, una virtud congénita que Boldini supo manejar con astucia, acomodándola a sus necesidades vitales y elecciones estéticas que convirtieron sus retratos en extraordinarios, únicos e irrepetibles.

Fundación Mapfre, Madrid

Número 48

Septiembre 2019
José Antonio VAL LISA
Miembro de AACA, AECA y AICA
Fecha de recepción: 25/9/19
Fecha de aceptación: 28/9/19
image_pdfimage_print