“Pintor de almas” no es un título afortunado, salvo quizás por su alusión a la célebre canción de tuna según la cual “Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena, con los ojos de misterio y el alma llena de pena”. A lo mejor no es mala estrategia por parte de los responsables de Ibercaja, que tanto saben de marketing, aprovechar el tirón publicitario de los tópicos, y en ese caso bien se podría haber potenciado aún más esa referencia, pues no faltan en esta exposición las pinturas usadas para los carteles de Explosivos Rio Tinto y el célebre cuadro de La Fuensanta, inmortalizado en el billete de cien pesetas de los años cincuenta. Lo raro es que, en vez del sustantivo genérico “almas”, no se haya usado también la palabra “mujeres”, ahora más de moda que nunca en la vida social o cultural, y desde luego muy apropiado para designar esta muestra antológica, pues todas las obras están protagonizadas por féminas. En un caso, Huerta de Córdoba, su presencia es un tanto anecdótica, pues se trata de un paisaje de la primera etapa del artista, pintado hacia 1895, cuando todavía practicaba una pintura luminista relacionable con Fortuny y Sorolla. A partir de su viaje a Italia en 1908 dio un vuelco su trayectoria, por el influjo de la cultura renacentista y muy especialmente Leonardo, que se convirtió en su referente obsesivo. Resulta tentador vincular con la Gioconda el Retrato de niña dedicado a Carmen Otero, pintado hacia 1913 tanto por la enigmática expresión de la muchacha, como por la composición, una ovalada cara vista de frente sobre un busto en tres cuartos ante un paisaje que va virando al fondo hacia un sfumato azul, en un alarde de perspectiva aérea. Pero más allá de los rasgos formales, la herencia leonardesca penetró en Julio Romero de Torres en forma de arcano platonismo, que derivó en una pintura mental, cargada de silencio y hermetismo, plasmados con inconfundible estilo propio, difuminando las siluetas con oscuros cromatismos de colores pardos, ocres y grises. No es extraño que, frente a muchos críticos adversos, entre sus más destacados valedores figurasen algunos intelectuales, sobre todo Valle Inclán o Manuel Machado, como bien destacan los textos con citas suyas que presiden los muros de este montaje; aunque se echa de menos algunos paneles explicativos que hubieran comunicado qué idea-fuerza ha querido trasladarnos la comisaria de la exposición, Marisa Oropesa. Ella hace mucho hincapié en los vínculos con el Simbolismo y sus mujeres fatales, de ahí que haya escogido dar especial visibilidad al cuadro Jugando al monte o Humo y azar, cuyas dos protagonistas son dos modernas perversas, la fumadora y la jugadora de cartas, aunque a mí lo que más me gusta de esa obra es el paisaje metafísico del fondo presidido por dos monumentos clásicos. Tan contrapuesta dialéctica entre tradición y modernidad no es exclusiva de este ejemplo de extraordinaria largura, más de 242 cm, pues bien podría considerarse un factor común a todas las piezas presentadas, que también comparten otra característica aún más digna de ser señalada: son todas ellas propiedad privada (los marcos decorativos dicen mucho del gusto moderno o tradicional de los propietarios). Hay algún otro caso más, no menos hermoso, donde el pintor transforma también en sublime alegoría alguna de sus modelos favoritas, como en el titulado Tristeza andaluza, de 1927, cuya protagonista nos mira de frente, apoyándose indolente en el mástil de una guitarra ante un palacete nazarí, o en La mantilla, de 1929-30, metonímica alusión a la herencia tradicional a través de la negra prenda de blonda y de las arquitecturas religiosas del fondo. Son artificiosas escenografías como de telón pintado, que recuerdan las telas pintadas usadas entonces en los estudios de los fotógrafos, y también están emparentadas con las composiciones bipolares típicas de muchos retratos de Zuloaga en las que el personaje posa ante un épico fondo paisajístico. Pero mientras el vasco sabía complacer a sus clientes de la alta sociedad, representándoles muy apuestos, parece que Julio Romero de Torres mostró menos interés por sacar favorecidos a sus ricos encargantes: alguna señorona o el hijo inmortalizado junto a ella resultan más bien poco agraciados e incluso antipáticos. ¡Si era así su alma, resultaría a la postre un acierto total el título de esta exposición!


