El modelo negro, de Géricault a Matisse es el título de la fuerte apuesta expositiva del Museo de Orsay para esta primavera-verano de 2019. Es difícil pasear por la capital francesa estos días y no ver publicidad o portadas de revista dedicadas a esta muestra que ha recibido gran atención mediática. No es para menos, pues alberga la ambiciosa intención de arrojar luz sobre una cuestión no suficientemente tratada por la historiografía artística ni por los discursos museísticos: el papel de los modelos de raza negra en la Historia del Arte contemporáneo. Cronológicamente, el recorrido expositivo arranca en la Revolución Francesa, llegando hasta la Europa de entreguerras, siglo y medio en el que Francia vivió los avances del abolicionismo, al mismo tiempo que fueron gestándose potentes contradicciones sociales que han llegado hasta hoy.
La muestra presta atención a las fechas históricas de esta lucha por los derechos de las personas de raza negra. Fundamentales las de 1794 —cuando en pleno contexto termidoriano la esclavitud fue prohibida en las colonias, siendo repuesta por Napoleón en 1804— o la abolición definitiva en la II República en 1848. Esta no supuso el fin de la discriminación ni de la animalización de las personas de otras razas, llegándose a inaugurar un zoo humano en París en 1877.
La llegada de población negra a la metrópoli tuvo su reflejo en el arte francés. En realidad, fue un camino de ida y vuelta, pues también numerosos artistas procedentes de la Francia continental viajaron a las colonias, representando a la población autóctona en sus obras. Así, generalmente el objetivo de los artistas era retratar lo exótico, cayendo en numerosas ocasiones en el tipismo. Esta época quedó ilustrada a partir de las obras de artistas como María Guillemine Benoist, que denotan sensibilidad y admiración en la captación de la belleza negra, o las dramáticas representaciones de Géricault, quien erigió en héroe a un negro en su célebre Balsa de la Medusa.
En estos tiempos seguían vigentes las teorías de la gradación racial, según las cuales los rasgos físicos determinaban las capacidades de cada grupo étnico. Sin embargo, a lo largo del XIX fueron apareciendo artistas que se apartaron progresivamente de las visiones más estereotipadas, preocupándose por reflejar el ideal de belleza negra. Creadores como el escultor Charles Cordier lanzaron alegatos en contra de esa visión racista, luchando contra el monopolio europeo de la belleza, proclamando una idea de belleza universal. Así puede apreciarse en los bronces de este artista expuestos en Orsay.
La muestra avanza cronológicamente, llegando hasta el siglo XX, enseñando los espectáculos desenfadados de Josephine Baker y los avances del movimiento de la Négresse de los años 30, cuando alcanzó su plenitud la toma de conciencia por parte de la población negra en la lucha por sus derechos. Es interesante el paralelismo que se propone con el movimiento de la Harlem Renaissance que revitalizó la cultura afroamericana en EE.UU.
El mayor valor de esta propuesta es la nueva visión que aporta sobre determinados aspectos de la Historia del Arte. La investigación que ha acompañado a la muestra ha permitido descubrir el nombre de algunos de los modelos representados, así sucede con el retrato de Madéleine, que anteriormente tenía la despectiva denominación de Portrait d’une Négresse. Algunos llegarían a ser modelos profesionales para la École des Beaux-Arts, como Joseph, descubierto por Géricault cuando pintaba suBalsa de la Medusa. Por otra parte, la exposición propone una nueva lectura de una obra tan emblemática como la Olympia de Manet. La investigación del equipo de comisarios de la muestra ha permitido saber que el nombre de la modelo negra era Laure, la cual aparece en más cuadros del artista.
En países como Francia, que basaron su poderío económico y político contemporáneo en el colonialismo, exposiciones como esta resultan necesarias para reflexionar sobre el papel de las personas de otras razas en la construcción de las fórmulas sociales y culturales actuales. Reivindicar su contribución cultural, económica, o como en este caso, artística, es necesario frente a los discursos políticos xenófobos que han triunfado en los últimos años y que niegan estas aportaciones. La Historia del Arte francés no sería la misma sin esas transferencias culturales, del mismo modo que Francia no podría haber alcanzado su papel de liderazgo en la política europea del XIX sin el apoyo de las colonias.
Por todos esos aspectos, la exposición resulta necesaria y espero que no sea la única de este tipo. Discursos como el de esta muestra son necesarios también en Gran Bretaña, Alemania o incluso España. El único aspecto que convendría revisar es la extensión de la misma, quizás con una cantidad menor de obras a exponer o con una cronología más acotada, el discurso hubiera sido más claro.


